El buen amor en la pareja. Entrevista a Joan Garriga

«Para el buen amor ayuda mucho el haber resuelto herencias familiares problemáticas, dinámicas, lealtades ocultas que dificultan el camino hacia el futuro».  

JOAN GARRIGA

Entrevista realizada por Patricia Berzosa y Mónica Fernández. 

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Patricia Berzosa y Mónica Fernández (en adelante «Caminante»).- ¿Es la pareja un buen lugar donde encontrar la felicidad?

Joan Garriga (en adelante J.G.)– Digamos que es un buen lugar para que, si se dan algunas condiciones, uno pueda experimentarse feliz. Pero buscar la felicidad en la pareja o buscarla en el dinero o buscarla en la fama o buscarla en el conocimiento parece un poco falaz… No parece que la felicidad esté aquí o allí, en ningún lado o zanahoria concreta. Algunas personas que experimentan una cierta felicidad estable la describen más bien como un estado interior, fruto de saber estar con ellas mismas, de saber abrazarse con todo lo que la vida les trae. Fruto de una búsqueda y de un encuentro con el ser esencial que reside en cada uno, como una vibración, una nota, un aroma. Hay una plenitud que es independiente de si tenemos o no pareja y de cómo nos va en pareja, así que no es la mejor apuesta buscar la felicidad en la pareja y tampoco sería muy adecuado acusar de nuestras desgracias a la pareja. Aunque claro, somos mamíferos, y como tales necesitamos contacto, relaciones, vínculos, y pertenencia. El aislamiento no es mamífero, ni natural. Es importante que sepamos y podamos estar solos, pero la ausencia de vínculos o de amores significativos no resulta tan rico. La pareja se puede experimentar como un camino grato, de desarrollo, de creatividad y apertura a la vida, a veces de plenitud y de encuentro, de intimidad y de hondura en la sexualidad. Cuando se reúnen algunos ingredientes como estos, nos experimentamos felices o colmados, o regocijados si se quiere, y logramos incluir los momentos complicados y difíciles que ocasionan los desencuentros en la pareja o algunos retos de crecimiento o de la vida. En sí misma la pareja no está pensada para que automáticamente dé la felicidad. Una pareja está pensada para crear vida, para compartir, para un camino de compañía e incluso de crecimiento, para la intimidad y a veces insisto nos experimentamos felices en ella, sí.

Caminante.- Rescato esto que mencionas de crear vida, porque si bien la pareja no está pensada para darnos la felicidad, sí que es la puerta de entrada de la vida.

J.G.- La pareja es el principio de la vida y por tanto un asunto espiritual. Viene dirigida por el poder creativo o sabiduría de la naturaleza, por lo menos como encuentro sexual. La pareja es un asunto que se adapta a la cultura de cada época, pero es impulsada por la fuerza grande de la naturaleza que es la sexualidad. Somos consecuencia y fruto de los grandes movimientos del espíritu que nos toma a su servicio para que la vida prospere. La pareja en cierto modo está al servicio de la vida porque la pareja es la fábrica, es la fuente creativa. Todos venimos invariablemente del encuentro entre un hombre y una mujer, o del encuentro de dos células de hombre y mujer. La sexualidad actúa. Si luego se convirtieron en una pareja que se acompañaron o no, convivieron o no, criaron juntos a un hijo o no, es otro asunto. Pero la sexualidad y la pareja son el principio de la vida, la fuente de la vida y el cuidado de la vida para muchas personas, sin duda.

Caminante.- Junto a la sexualidad, otro de los pilares fundamentales de la pareja es la igualdad.

J.G.- Igualdad de rango, sí. No tienen por qué parecerse el uno al otro en la pareja, ayuda la diversidad, incluso muchas veces es mejor que haya diversos tonos, diversas formas, que sean relativamente complementarios y no tan similares. Pero es muy importante la igualdad de rango. Esto quiere decir: ni mejor ni peor, ni por arriba ni por abajo, ni por delante ni por detrás, si no lado a lado como iguales. A veces esta igualdad de rango no es tan sencilla de cumplir. Algunas personas activan esquemas de relación en la pareja donde se sienten mejor tomando una posición de superioridad o de inferioridad, por ejemplo dando mucho y teniendo al otro en deuda, menoscabándolo o empequeñeciéndolo un poco. O poniéndose en dependiente y demandante, como una panza grande que jamás está saciada, que sin duda pertenece al guión y la trama infantil de la persona, lo cual obliga al otro a dar y dar y al mismo tiempo sentir que nunca es suficiente. Hay que cuidar siempre en la pareja que se dé el equilibrio para que los dos sean iguales de rango, igualmente dignos y que uno no se sienta con demasiados derechos sobre el otro, o con demasiadas deudas. Cuando experimentamos derechos sobre el otro es porque le dimos mucho y está en deuda; o experimentamos deuda porque el otro nos dio mucho y no podemos compensarlo. Entonces se activa un movimiento de incomodidad en el pecho, en el cuerpo, que hace que ya no nos sintamos tan fluidos, ni podamos mirar claramente a los ojos de la otra persona. Deudores y acreedores ya no se miran confiadamente a los ojos, y experimentan el deseo de aliviar su tensión yéndose. Por esto alguno que dieron mucho quedan sorprendidos cuando su pareja se va. No entienden porque, con lo mucho que dieron, sin percibir que fue precisamente por esto. Algunos encuentran mayor seguridad en el control que en el amor, y en ocasiones dar mucho es una forma de control. Pero debemos saber que la pareja es un encuentro entre igualmente adultos, y no funciona cuando la pareja es un encuentro entre un adulto y un niño, o entre dos niños donde uno juega el papel de sobreadulto y e otro de dependiente y empequeñecido.

Caminante.- ¿Se da muy a menudo esto de que en la pareja haya una relación de dos niños en lugar de dos adultos?

J.G.- Quizá pueda sorprender al lector, pero yo diría que esto es muy habitual. Habitualmente trabajo acompañando personas a encarar sus problemas y tránsitos existenciales como psicólogo y psicoterapeuta, usando distintas herramientas de terapia humanista, la terapia gestalt y del abordaje sistémico. En constelaciones familiares me ha tocado trabajar con muchas personas sus temáticas de la pareja y lo que uno observa es que mirando las profundidades, dentro de todos nosotros sigue activo este niño que fuimos o esta niña que fuimos. Y lo que yo veo en mi practica de ayuda es que lo que nos faculta para encontrar un buen lugar interior para ser pareja al lado de otra persona, tiene que ver con la historia con nuestros padres, con habernos despedido de la infancia y con haber tomado aquello que nuestros padres tenían para darnos. Esto lo explico con claridad en mi libro «¿Dónde están las monedas. Sanar el vínculo entre hijos y padres». Ayuda haber curado aquellas heridas que nos lastimaron o que fueron difíciles o traumáticas, haber soltado aquellos anhelos de lo que no pudo ser. Es todo un proceso de tomar y ponerse en paz con aquello que viene de los padres, lo cual nos catapulta hacia el lugar adulto y nos permite ponernos ante otra persona como adultos, dejando atrás vanas esperanzas, vanas exigencias, expectativas ilimitadas, rencores y sobre todo posiciones que luego en la pareja generan mucha dificultad y mucho sufrimiento. Me refiero a posiciones manipulativas que conllevan juegos psicológicos con resultado de sufrimiento. Por ejemplo cuando vamos a la pareja y estamos en una posición de víctimas, o de vengativos, de arrogantes, de salvadores, de narcisistas, de grandilocuentes, de rígidos, o de irresponsables, y mil etcéteras. Lo que descubrimos es que estas posiciones son mantenidas por un niño que hizo este aprendizaje respecto a los padres y que aún en la pareja se mantiene esperando que algunas heridas puedan ser compensadas. En lugar de arreglarse uno y limpiar su propia casa, espero que la pareja sea el detergente que por fin lo volverá a uno digno. Por eso a veces las crisis de pareja son maravillosas oportunidades para que nos podamos ver a nosotros mismos ante un espejo agrandado y podamos tener la posibilidad de curar, de trabajar, de soltar algunos defectos, herencias o exigencias que son tiránicas de este niño interior que quedó lastimado, demasiado exigido o no respetado en su momento.

Caminante.- ¿Cómo es este “tomar a los padres” para poder tener un buen amor en nuestra pareja?

J.G.- En el trabajo con constelaciones encontramos asuntos de dinámicas familiares, a veces muy complejas, que desvelan nuestro lugar de niños y nuestro amor sacrificial. Imagínate un hijo que vivió una dinámica con los padres en la que la madre por ejemplo a menudo estaba triste, o deprimida, o no quería vivir. Luego descubrimos un hecho importante como que a lo mejor la madre perdió a su padre cuando era muy niña y se ha quedado siempre con esta pena y con esta fragilidad y con el deseo casi invisible de reencontrar al padre o ir con él a la muerte. El padre y la madre se quieren en origen, pero la madre tiene esta energía pesada de muerte, y el padre se aleja paulatinamente de la madre o se enoja. Entonces el hijo toma una posición salvadora. Mi madre no está bien, mi madre está triste, mi madre está enferma, mi madre tiene problemas y yo por amor a mi madre me elevo por encima de ella y tomo una posición salvadora. Pues ya tenemos fabricado un hijo que luego se prepara para ir a la pareja especializándose también en una posición salvadora. ¿Qué sería para este hijo tomar a los padres? Sería respetar que los padres son grandes, que le dieron lo mejor, que para un hijo no es posible llevar sobre sus espaldas el sufrimiento de los padres, que a un hijo no le corresponde tomar el lugar del abuelo que murió y pretender de esta manera calentar el corazón de la madre, o ponerse en el lugar del padre como la pareja invisible de la madre o tratar de conciliar las diferencias y conflictos entre sus padres. El hijo de grande tendrá que mirar claramente toda esta telaraña de los hechos, de las dinámicas que hubo con los padres y poder asentir a ello ya que así fue, estar de acuerdo en la manera que fue, desenmascarar su propia participación en ello, y salirse de este lugar de sacrificio y de implicación.

Esto es un caso ficticio en que el hombre se pone de salvador, pero siguiendo con la ficción entonces es muy posible que se encuentre una pareja que en su familia de origen los padres discutían mucho o bien estaban ensimismados el uno con el otro. Y toda la energía fluía entre el padre y la madre; y la hija siempre sintió que no le llegaba algo crucial que era una atención, un amor y un cuidado… Con ello se especializó en sentirse víctima, en ir por la vida con el mensaje de que me falta algo, tenía que haber recibido más, no me dieron lo suficiente. Entonces estas dos personas se encuentran y forman una pareja. Ella juega al juego de la víctima que espera que el otro le salve y el salvador juega el juego del salvador que necesita una víctima para poder confirmar su posición de salvador. Esta pareja va a establecer danzas de relación que tendrán su lado positivo al principio, por tratarse de una zona conocida, pero que invariablemente les crearán problemas en le futuro, y tendrán que aprender otras danzas de relación que no sean la de la víctima y el salvador. Tendrán que revisar lo que pasó con sus padres y llegar a poder sentir y decir adentro: “me distéis lo suficiente, lo tomo tal como pudo ser y así lo agradezco y sigo mi camino a mi propia manera». Un ejercicio que todos necesitamos hacer de adultos es estar de acuerdo con lo que fue posible aunque fuera duro y difícil, abrir nuestro corazón a lo que sí recibimos tal como nos llego. De esta manera nos hacemos más grandes, más plenos, y tomando a nuestros padres el camino hacia la pareja es mucho más sencillo. No hay tanta turbulencia emocional ni hay tanta exigencia y expectativa.​

Caminante.- Joan, después de tantos años trabajando sobre asuntos de pareja, ¿dónde crees que reside nuestro infortunio en temas amorosos?

J.G.- En realidad el infortunio siempre vive dentro de uno mismo, y lo llevamos a la pareja y a otras cosas y ámbitos de la vida. El infortunio empieza cuando nos oponemos a la realidad tal y como es, o mejor dicho, tal y como ha sido. Todo malestar hunde sus raíces en la oposición, o sea cuando sistemáticamente estamos en contra de las cosas tal y como se manifiestan. Si quieres, empieza en el desamor a uno mismo y en la idea de que algo esencial falla en uno y debe ser cambiado. Lo decía Buda: «Sufrimiento es estar lejos de lo que quiero, o cerca de lo que no quiero». Y seguramente el bienestar tiene que ver con acabar queriendo las cosas que han sido, tanto si nos gustaron como si nos hubiera gustado que fueran distintas. Es afortunada la pareja que puede mirarse a si mismo y decir: – Si. Me alegras. Me alegra que así seas, tal como eres. Así está bien. Y también cuando pude mirar a la otra persona y decir: – Si. Me alegras. Me alegra que seas tú. Como eres está bien para mí. Pero muchas parejas dicen: – No, deberías de ser de otra manera. Todo sufrimiento empieza por la palabra debería. Es decir, debería de haber sido de otra manera. En pareja hay que saber que generalmente el principio empieza con el enamoramiento, y enamoramiento significa me mueves mucho pero no te veo bien o te veo poco. Por eso se dice que el enamoramiento es ciego, el otro nos mueve aunque no sabemos bien quién es. Luego viene la relación, y en la relación nos vamos conociendo. Ocurre que con el tiempo ya vamos viendo mejor a la otra persona pero ya no nos mueve tanto. Aunque nos mueve lo suficiente como para que la elijamos para un camino común. Tenemos que saber que algún precio vamos a pagar, que el otro es como es y no es como nosotros quisiéramos que sea. Y elegimos. Siempre es una lucha entre nuestras imágenes interiores de cómo queremos que sea la vida y la realidad de cómo es y de como son las personas, la pareja, los hijos, etcétera. La pareja es una elección, y con el tiempo tendremos que dirimir si amamos a la persona que tenemos al lado o a la persona que tenemos en nuestra cabeza. El infortunio casi siempre toma la forma de una lucha contra lo que es, con la pretensión de que debería encajar con nuestros ideales de cómo deberían de ser las cosas. Así que cuando uno siente que el precio es demasiado alto y la relación que creamos es demasiado turbulenta, o tenemos otra imagen muy distinta de cómo queremos que sea nuestra pareja, lo mejor es irse. Demasiadas parejas sufren porque en lugar de querer a la pareja quieren a la persona que tienen en su cabeza y quisieran que su pareja se pareciera a esta persona que tienen en su imaginación. Y esto es una fuente de infortunio enorme. La clave sigue siendo que nos hagamos adultos. El infortunio viene porque tenemos expectativas infantiles, el infortunio viene también porque nuestro camino y el de la otra persona van en direcciones tan opuestas que aunque el amor esté presente, no está presente la posibilidad de la satisfacción y de la felicidad en el amor. Hay que saber también que el amor no lo puede todo. Porque si el amor lo pudiera todo la felicidad en pareja sería mucho mayor.

Caminante.- ¿Qué diferencia un buen amor de un mal amor?

J.G.- (Risas) La diferencia principal es que en el buen amor uno más uno suman más que dos. Y un mal amor es aquel en el que uno más uno, caminando juntos, en lugar de expandirse se contraen y suman mucho menos que dos. En lugar de experimentar sentimientos nutritivos, experimentan sentimientos desvitalizantes y el cuerpo en lugar de experimentarse ligero y alegre, se experimenta contraído, asustado y tenso. Para el buen amor ayuda mucho el haber resuelto herencias familiares problemáticas, dinámicas, lealtades ocultas que dificultan el camino hacia el futuro. Hace poco trabajé con una pareja y trajeron un tema que es muy común y muy doloroso: la infidelidad. Ellos se preguntan, ¿qué hacemos? ¿podemos seguir juntos? Nos gustaría porque nos queremos. El hombre tuvo una infidelidad e incumplió un pacto; empezamos a trabajar y encontramos que en la pareja de los padres de ella el padre fue infiel. En la pareja de los padres de él, el padre también fue infiel. Esto parecía una pauta y los hijos responden con una cierta lealtad a un modelo establecido. La dinámica en la familia del hombre era: el padre es malo porque ha sido infiel y mi madre es buena porque ella ha sido la victima de esta infidelidad. Entonces el hijo se alía con la madre en contra del padre al que pretende excluir de su corazón. Y en la familia de la mujer pasa lo mismo, la hija se alía con la madre a la que ve como víctima de las infidelidades del padre, al que también excluye de la dignidad y el amor. Esto tiene un precio alto porque una y otra vez ocurre que aquello que rechazamos, porque el rechazo dirige su energía a ello, luego se nos hace muy presente en nuestra vida. Y porque la exclusión es más una pretensión de la mente que no una realidad del Alma. Para esta pareja estaba cantado que la lealtad a su sistema de origen les llevaría seguramente a tener que enfrentar el asunto de la fidelidad y la infidelidad, como si estuviera escrito en el libreto familiar, y formara parte del código del ADN familiar. Pudieron ver todo el asunto e iniciar el camino para dejar con sus padres lo que les toco, y lograr ellos su propia manera.

Caminante.- ¿Y se puede superar? ¿Se puede superar la infidelidad?

J.G.- La infidelidad es un problema cuando se ha pactado fidelidad porque supone un quiebre en la confianza. Y por supuesto se puede superar en ocasiones. Por un lado para esta pareja fue muy liberador darse cuenta de que en parte se sentían como marionetas de un escenario mayor, de una trama mayor donde este tema formaba parte del núcleo familiar en un sentido extenso. Por otro lado se tienen que mirar a los ojos y darse cuenta de que aquí hay una herida para su propio camino como pareja. Es decir, no solo hay una lealtad familiar sino que el hombre ha incumplido el pacto y ha herido a la mujer con este incumplimiento. Es importante reconocer la responsabilidad personal junto con las lealtades familiares. El hombre tiene que decir y experimentar “lo siento, sé que te he dañado y merezco pagar por ello”. Y la mujer tiene que vengarse de este hombre de alguna manera (risas).

Caminante.- Ilústranos (risas)


J.G.- Es un concepto de Bert Hellinger, el de la venganza amorosa. Viene a ser una compensación que restaura el equilibrio y, al ser amorosa, también posibilita seguir en la relación. No funciona nada bien cuando en la pareja uno dice: – Yo te perdono a ti. Generalmente no es verdad, se trata simplemente de una pretensión o un juego interpersonal. La experiencia interior y real del perdón es muy exigente, es casi heroica. Perdonar significa amar aquello que ocurrió y poder abrir el corazón a lo que ocurrió de la manera que ocurrió. En general y para muchas parejas lo que sucede con el perdón es lo siguiente: el que perdona se eleva por encima del perdonado, se hace más grande y orgulloso, y el perdonado se hace pequeño y casi indigno. Y entonces queda en entredicho la igualdad de rango. Se quieren pero uno se siente mejor y por encima y el otro se siente pequeño y por abajo. Entre adultos funciona mejor decir: tú me has hecho un daño y como me importas y me importa nuestra relación voy a tener que hacer algo que también te duela un poco. La venganza amorosa significa una compensación menor. O sea, si tú me has sido infiel no lo vas a pagar con una infidelidad mía, esto sería ponerme a tú nivel, en simetría. Tiene que ser menos. Incluso hay parejas que dicen “tú me hiciste esto pues yo te lo devuelvo doblado”. Esto es venganza sin amor y sus consecuencias pueden ser destructivas y terribles para los dos. Pueden entrar en una escalada bélica donde la pareja pierde el sentido porque se acaban convirtiendo en dos enemigos haciéndose daño mutuamente.

 

Una venganza amorosa sería por ejemplo la idea que le di a una mujer con la que trabajé hace años por un tema de infidelidad: que eligiera a la amiga que peor le caía al marido y que se fueran diez días de viaje a algún lugar hedonista, con masajes, con buena vida y que todo esto lo pagara la tarjeta de crédito del marido. Y que no le contara en absoluto qué es lo que habían hecho o habían dejado de hacer. (risas)

La venganza tiene que ser con amor y un poquito menos, como explica Hellinger, porque entonces cuidamos del amor. Si nos vengamos pero un poquito más esto es una herida muy grande para la relación.

Caminante.- Amar es de valientes, nos abre a lo más maravilloso, a experimentar ese campo de crecimiento y de felicidad, pero también nos abre a la posibilidad de que nos duela, de sufrir.

J.G.- Exacto. El logro en el camino de la vida, probablemente sea la apertura a todas sus dimensiones. Y la vida tiene risas y lágrimas, tiene vida y muerte, amor y dolor. Cuando unos padres se abren a la vida de un hijo, se abren a su destino, a sus maravillas pero también a que puede enfermar o incluso morir. Cuando nos abrimos al amor de una pareja es maravilloso también, pero nos hacemos candidatos al dolor y a la pérdida. En esto hay que elegir. O vivimos y nos puede doler, o no vivimos y nos protegemos de la vida. Tal vez hacemos elecciones de vida empobrecidas y sin riesgo con las cuales el corazón pueda sufrir menos y quedar a resguardo, pero el precio entones es justamente éste, que la vida se nos pone deslucida, y vivimos mucho menos. Es como si dejáramos de mirar a una rosa porque al cabo de un rato no la miraremos y sufriremos por haberla mirado. La vida es movimiento, y tiene todos los colores, todas las atmósferas, todos los ritmos, todos los ciclos y sin ninguna duda el reto para la mayoría es ser más amorosos cada día con lo que nos trae a cada momento. Esto significa también abrirse a la dimensión dolorosa de la vida. Sin la aceptación real y cruda del dolor, no hay una verdadera apertura al amor tampoco.

Caminante.- ¿Cuál sería en la pareja la función del compromiso?

J.G.- Generalmente el compromiso es acompañarse, estar al lado, vivir juntos, permanecer juntos ante las vicisitudes de la vida. También significa estar convencido de que el otro quiere nuestro bien y sentir claramente que queremos el bien del otro. Significa desear espontáneamente la felicidad del otro. Significa que hemos aterrizado con fuerza al lado de nuestra pareja y que tiene más peso y fuerza y lugar que nuestras parejas anteriores o nuestra familia de origen. A veces nos encontramos con que hay personas que están en pareja pero parecen más el hijo de su madre que el marido de su esposa. O parecen más el ex marido de la ex esposa que el marido de la esposa actual. Compromiso significa principalmente estoy aquí, he aterrizado aquí, siento adentro mi competencia para estar a tú lado en el camino que queramos trazar juntos. Y aquí cada pareja inventa su manera y su propio camino. Y no es lo mismo una pareja con diecisiete años que una pareja con ochenta y nueve años, que una pareja con treinta y cuatro, que criando hijos que no criando hijos. La vida es muy compleja y tiene muchas fases y ciclos, y la pareja va cambiando de forma en función de aquello que las personas necesitan vivir. Una pareja de largo recorrido es una pareja que se ha comprometido y han vivido tantas cosas juntas… Compromiso significa juntos, principalmente juntos. Y han crecido.

Caminante.- Parece que nos cuesta desear la felicidad del otro igual que la nuestra propia. Sobre todo si la felicidad del otro supone el abandonar la relación.

J.G.- Si, si… En la vida aprendemos que esto es una heroicidad. Con veinticinco años el foco de la mayoría de las persona está puesto en el yo, en el ego, en los intereses y deseos personales. Pero la vida también es aprender a soltar y a desapegarse, a renunciar y desarrollar generosidad. Probablemente no haya mayor bienestar que ver el bienestar y la belleza de la vida y de los demás. Puede que nuestra pareja quiera iniciar otro ciclo de vida y este otro ciclo de vida está lejos de nosotros. Desearíamos seguir con él o con ella y se presentan situaciones dolorosas. Voy a decir algo que a lo mejor suena extraño, pero las parejas que han vivido un buen amor, cuando llega el momento de la separación porque hay otros caminos que se cruzan, se separan mejor también. Hay menos turbulencias, hay menos líos, es más fácil separarse también con buen amor y respeto. Las grandes turbulencias en las separaciones vienen porque hay dos niños luchando ahí por asuntos antiguos. Cuando nos adentramos en los territorios terapéuticos y en las profundidades del alma humana y de las conexiones del corazón esto se pone muy evidente.

 

Caminante.- ¿Qué disposición hemos de tener para que nuestro corazón albergue un amor más desarrollado? ¿Sería quizá conectar con nuestra espiritualidad, con un propósito mayor, con un servicio?


J.G.- Yo no sé lo que se debería hacer o no se debería hacer. Honestamente no lo sé. La vida es un camino muy personal y todos estamos invitados a hacer de este camino una obra de arte o algo digno, o algo que valga la pena. Yo creo que la vida es más valiosa cuando paulatinamente vamos desarrollando también un poquito más de generosidad, especialmente cuando servimos a la vida. Probablemente el sentido de la vida sea, por supuesto, vivirla, abrirse a todas sus dimensiones, pero también servir a la vida. Y esto significa entregar nuestros dones, dar lo que tenemos y mirar más allá de nosotros mismos para que haya más belleza. También para no interferir con el flujo de las cosas. No hay mayor regalo que le podamos hacer a alguien que decirle “te dejo ser como eres”. Como decía Víctor Hugo, una de las cosas más bonitas que nos pueden suceder en la vida es: «ser amados por nosotros mismos…bueno a pesar de nosotros mismos» (risas). Esto es un reto también, vamos a amar a nuestros padres con sus dificultades o sus defectos, vamos a amar a nuestros hijos también con lo que es difícil para ellos, con lo que nos desagrada. Esto es muy espiritual, porque supone una reverencia a la vida, y entonces la vida se pone más bonita.

Caminante.- Comparte con nuestros lectores un último pensamiento inspirador, Joan.


J.G.- A mí me resulta muy inspiradora una frase de San Agustín. Me parece un hombre de gran sabiduría y esta frase dice: “la felicidad consiste en tomar con alegría lo que la vida nos da y también en soltar con la misma alegría aquello que la vida nos quita”. Esto es una apertura de corazón hacia aquello que la vida nos ha regalado de la manera que lo ha hecho, nuestros padres, nuestras experiencias, etc. Pero la vida es un balance de ganancias y pérdidas, perdemos muchas cosas. El reto también es poder abrirnos y lograr alegría por aquello que perdimos. Quizá no lo podemos hacer de inmediato, perdemos una pareja o perdemos parte de nuestra salud, con lo cual estamos en procesos emocionales difíciles. Pero sí podemos ir desarrollando este principio de asentimiento, de conformidad con aquello que la vida nos da y nos quita a cada momento.

Más información: El buen amor en la pareja. 

Entrevista a JOAN GARRIGA realizada por Patricia Berzosa y Mónica Fernández para el programa de radio «Caminando por la vida». Publicada en el libro «12 caminos para volver a ti» (ed. i).