La «Fraternité» fracasada.

1. Apertura.

Sería quedarnos cortos si redujéramos el ámbito de la fraternidad a su sentido familiar, el de los hermanos unidos por lazos de sangre o de crianza. Quisiera, en cambio, escribir más bien acerca de la comunidad de hermanos pertenecientes a una misma nación, patria, matria, país, tribu, etnia, religión, equipo deportivo, cultura o similares. No dejaré de enfatizar los efectos  trágicos y devastadores de dichas pertenencias cuando conllevan exclusión, menoscabo, destrucción o muerte para algunos: a menudo, la pasión de pertenencia no se deja domesticar o dulcificar por los ojos amorosos, indiferenciados e infinitos, del espíritu.
Quisiera también plasmar algunas sencillas ideas sobre las dinámicas entre hermanos en el interior de las familias, pero afirmaré, antes de todo, que, según mi experiencia personal y profesional, en su trasfondo natural y espontáneo, la hermandad tiene más de solidaridad y cooperación amorosa que de rivalidad o brutalidad competitiva.
Sin embargo, la dialéctica entre la cooperación o la lucha, el yo o el tú, el ser o el tener, el nosotros o el vosotros, nos acompaña en la vida y nos interpela sin descanso. Seguramente, porque obedece a dos fuerzas biológicas (la ternura, la agresividad) propias de los seres humanos. Pero las alas que nos van creciendo como respuesta a esta dialéctica son simples: o tratamos de desplegar en toda su magnitud las alas al amor y el espíritu, en un gesto que conlleva humanidad, unidad, empatía, humildad, benevolencia y confianza, o nos anclamos en el miedo, que riega nuestros días de tensión, separación, competencia y lucha.
 A menudo se ha comparado a los seres humanos con nuestros parientes simios: o amorosos y cooperativos bonobos, o jerárquicos y competitivos chimpancés; sus dos estilos relacionales viven en nosotros a modo de actitudes atávicas. Y en cada momento debemos elegir por cuál de ellos apostar, y alimentar con más fuerza. Si nos remitimos a la frase de San Juan de la Cruz: “En el ocaso de nuestros días seremos juzgados en el amor», no hay duda de que importará haber invertido en la paz del corazón abonando con fuerza a nuestro bonobo interior, o reconvertiendo la potencial violencia del chimpancé en fuerza de vida.

 

2. 17 de agosto 2017 a las 17.30, y Schiller.

Me siento en el ordenador para escribir este artículo. Son aproximadamente las 17.30h del 17 de agosto del 2017. Estoy por teclear «Liberté, égalite et fraternité». Con esta referencia a la convertida en famosa y legendaria divisa durante la revolución francesa, quería introducir el tema. Principalmente, porque tal frase señala la fraternidad como un alto, deseable y revolucionario valor. Mientras tanto, se deslizan fugazmente por mi cabeza algunos compases de la Novena de Bethoveen y la frase del Himno a la Alegría «y los hombres volverán a ser hermanos». Pienso también en la Oda de Schiller: «más allá de las estrellas habita un padre amoroso»:
¡Abrazaos, millones de seres!
¡Este beso para el mundo entero!
Hermanos, sobre la bóveda estrellada
Habita un padre amante.
¿Os prosternáis, millones de seres?
Mundo, ¿presientes al Creador?
¡Búscalo por encima de las estrellas!
¡Allí debe estar su morada!
 Ah, qué bello es el lenguaje del amor, de la esperanza, del abrazo, de la hermandad y la consanguineidad bajo la bóveda celeste. ¿Somos hijos de una misma sangre porque en todos nosotros habita el mismo padre amoroso, más allá de las estrellas? Este es el meollo del asunto. La consanguineidad espiritual que nos iguala a todos frente a la consanguineidad familiar, tribal, religiosa,  étnica, geográfica, nacional, cultural, musical, deportiva, que nos iguala a algunos frente a otros de los cuales nos separa.
Nada nos impulsa con más fuerza que la creación de con-sanguineidades mundanas a las que adscribirnos y pertenecer, construyendo de este modo una narrativa identitaria personal y social. El instinto más hondo y apasionado que tenemos es el tribal y el de pertenencia: soy de aquí pero no soy de allá. Soy Elena pero no María. Soy hombre pero no mujer. Soy americano pero no coreano. Soy judío pero no palestino. Soy de derechas pero no de izquierdas. El pequeño mamífero que somos dice: soy de aquí, somos nosotros. Nosotros frente a ellos. Por ello, matamos o morimos, si hace falta.
 Sin embargo, el músculo espiritual que compartimos todos como principio germinal, aunque a veces quede oxidado por el poco uso o relegado a una larga siesta, canta: en nosotros habita la misma amorosa sangre, el mismo fuego de vida, la misma lira interior. Clama: soy todos, sin exclusión. En todos habita el mismo padre amoroso.
 La pasión de pertenencia del mamífero apasionado que somos necesita, para la paz de su corazón, del contagio espiritual. Se requiere que nuestro instinto gregario y diferenciado se contamine de consanguineidad espiritual, hijos todos del mismo padre amoroso, sin diferencias.

3. Atropello masivo en las Ramblas de Barcelona

Empiezo a teclear y no bien he terminado de escribir la palabra liberté, escucho la voz alarmada de mi hermano que proviene del salón de la casa vacacional en la que estoy pasando unos días. Ha prendido la tv y exclama con aprensión y sobresalto: ataque terrorista en las Ramblas de Barcelona. Lógicamente, no escribo ni una letra más. Nos abalanzamos sobre el aparato. La tv y las noticias que llegan de Barcelona ocupan la gestalt completa, la plena atención ahora. Miedo, incredulidad, enojo, espanto, fragilidad, preocupación por seres queridos, horror, compasión por los que están ahí y por sus familias, callados rezos para que no haya víctimas, y un no sé qué difícil de determinar, preludio neo traumático, o anestesia sin más, cuando no también un poco de alegría o alivio, porque uno descubre pronto que los seres queridos y los más cercanos están a salvo, si es que algo así como estar a salvo existe realmente. Solo ahora, al día siguiente, 18 de agosto, he retomado y estoy escribiendo.
Entonces, ¿fraternidad?, me digo. ¡Una mierda!, me contesto enojado. Lo consanguíneo tribal y mamífero ha ganado la partida una vez más a lo consanguíneo espiritual. Algunos yoes se han olvidado que son túes. Gravemente. ¿Dónde se ha traspapelado este padre amoroso de todos? ¿Nos hemos vuelto sordos al himno alegre de la hermandad? ¿No es ésta la enfermedad general del patriarcado, el yo frente al tú, el nosotros frente al vosotros? El Padre de todos parece estar echándose una siesta o haberse quedado sordo. Triste destino el de las víctimas inocentes que paseaban por las Ramblas, quizá alegres, y triste y doloroso destino el de los que matan, víctimas también ellos de injusticias y quebrantos. Seguramente no haya mayor mal que la excesiva fe en el yo, o en el nosotros, como centro del universo. Se le suele llamar orgullo. Enfermiza vanagloria, maléfica arrogancia. Infringe la comprensión que San Agustín formuló de esta manera: «Dios es más yo que yo mismo». Afinar y afirmar la propia voz en el mundo, y hacer crecer el Yo, es necesario, diría cualquier gestaltista, y concordaríamos fácilmente con él. Al mismo tiempo, un yo bañado en sabiduría, que busca la paz de su corazón, es capaz de reconocer al Tú como uno y el mismo. Crecimiento personal, a partir de un punto, debería de ser menos yo y más tú, o mayor predisposición a incorporar como propio lo ajeno. No hablo de tragar, de introyectar toxinas y absurdos “deberías”, de someterse a autoridades externas. Hablo de la grandeza de corazón capaz de reconocerse en todas partes: en la mariposa y en el tiburón, en la víctima y también en el agresor. Un corazón que sabe serlo todo por encima de la estrecha narrativa identitaria. Lo contrario de la xenofobia o rechazo a lo extraño y al otro, es el amor a lo extraño y al diferente.

4. Yo soy racista y xenófobo, y diría que tú también.

Tal vez convenga reconocer la propia xenofobia para gobernarla, en lugar de pretender ideológicamente que no habita en nosotros. El hilo de mi discurso va siendo la dialéctica entre el pequeño yo, gregario y apasionado en sus pertenencias a grupos, y el sabor del espíritu que va más allá de la pequeña tribu y engrandece nuestro corazón. Conviene lograr que uno, en su desarrollo y maduración, pueda llegar a sentir: soy de aquí y soy de todas partes y sobre todo: soy. Pero asumamos una verdad: somos racistas y xenófobos. Quizás no desde un punto de vista ideológico, claro. Muy pocos se definirían como tales. Yo, tampoco. Pero si uno se mete en sus vísceras, en su hígado, en sus tramas emocionales primarias y ocultas, puede que encuentre miedo, o la sensación de ser mejor que otros, o peor que otros. Y que sienta que daría pedradas a los que visualiza del otro bando, cuando no los exterminaría para poder vivir en la ilusión de la paz.
Ya sabemos que, a menudo, nuestra ideología va por un lado y las tripas por otro. No está mal que nuestras ideas sean inclusivas con los diferentes (bien, aplausos, vítores) y estén dirigidas por un pensamiento empático y amoroso, pero veamos también la verdad de nuestras tripas y temores más arraigados. ¿No es más importante un gramo de experiencia veraz que mil kilos de ideología, muchas veces barata y decorada con intereses propios? Porque la verdad sentida la podemos manejar. Reconocerse racista es el primer movimiento que necesitamos para no serlo tanto. Reconocer las pasiones e identificaciones propias es lo que nos hace falta para superarlas, para relativizarlas, para elevar nuestro corazón a lo ajeno y extraño y extranjero.
Sonriamos con humor a nuestra filias y fobias, de manera que se disipe la seriedad con las que las tomamos. El problema no es ser racista y xenófobo porque lo somos, sino no saber que uno lo es, y no manejarlo en la dirección de la consanguineidad espiritual y la paz. El pecador que mira a la cara a sus pecados quizá se acerca mejor a la virtud que aquel que se proclama infantilmente inocente. Bueno, son ideas gestálticas, que solamente repito. Una vez le preguntaron a un pensador francés (he olvidado a quien) si usaría un artilugio bélico que daría enormes ventajas a los franceses, pero perjudicaría seriamente a los demás países. Y él contesto que no, porque sólo era ciudadano francés por casualidad.
 Por suerte, la oración gestáltica que acentúa las diferencias, sanas y necesarias, puede ser corregida con la contra oración que creó el monje budista Thitch Nhat Hanh, la cual enfoca la unidad, la visión de que somos uno. Si es cierto que yo soy yo y tú eres tú, también lo es que yo soy tú y tú eres yo. ¿No es obvio que somos el mismo?, señala el monje budista en su famosa contra oración «Inter-somos».

5. La fraternité fracasada

En su precioso libro «La revolución de la fraternidad», Paloma Rosado relata que, de la divisa revolucionaria con sus tres altos ideales, la fraternidad se ha quedado en la cuneta, prácticamente olvidada. Se ha luchado por la libertad, y tenemos derecho a voto, así como una cierta libertad de expresión y de emprendimiento. Se ha luchado por la igualdad, y a cada persona le corresponde un voto, así como ciertos derechos sociales y jurídicos. Sin embargo, es ésta una época en la que muchos han abierto ya los ojos al fracaso de esta libertad y de esta igualdad que disfraza su fraudulencia bajo el manto de la democracia liberal, del lenguaje políticamente correcto y de la legalidad constitucional. No existe libertad ni igualdad real. La dictadura de hoy no es la de la fuerza, sino la del dinero, la opresión sutil y el uso de la información. Todo envasado en tanta politez y decoro que encubre y casi legaliza el abuso. Nuestra desigualdad de hoy no está en el voto, sino en la riqueza, la cultura y el conocimiento. Además, son muchos los que, enfermos del corazón, buscan en el poder político «democrático» una tapadera para su desierto interior y su hambre de amor, con su consiguiente voracidad emocional; convertidos en políticos, sucumben a las fáciles tentaciones del poder, la riqueza y el afán de notoriedad. Vamos mal. Nada nuevo bajo el sol.
Así pues, la fraternité sigue siendo la asignatura pendiente. Ser todos hermanos sigue constituyendo un oscuro y flagrante olvido. Quizá haya llegado el tiempo de repensar incluso la democracia tal como la concebimos, ya que al encubrir su rampante insipidez con la ilusión del «voto» y otras lindezas legales, se convierte, en realidad, en tan poco democrática, para buscar alternativas verdaderamente fraternas e incluso espirituales —digo esto siendo consciente de que escribo cosas que, por su carga política, merecerían una mayor argumentación. Pero me gusta pensar, aún hoy, cuando todas las utopías parecen haber desaparecido de la historia, en términos tan fracasados como el lema sesentayochista “La imaginación al poder”, que hoy cambiaría por otro lema aún más cargado de utopía: “El espíritu al poder” —o “la sabiduría al poder”, en su versión más laica. Cuánto se echa en falta la bondad de un Dalái Lama, o el temple y la serenidad de un Nelson Mandela, o el desapego material de un José Mujica, todos ellos forjados en la adversidad y la persecución, que parece la amarga medicina capaz, a veces, sólo a veces, de adelgazar los argumentos del ego y hacer que florezca el espíritu…

6. Las cosas empiezan mal por culpa de un falso Dios, narcisista y caprichoso.

El mítico relato bíblico del Génesis determina la caída y la expulsión del Paraíso de Adán y Eva; simbólicamente, los primeros padres. Lo cual significa pasar de vivir en la vida vivida a vivir en la vida pensada, saltar del celestial presente al diabólico pasado o futuro, extraviar el aliento del Espíritu espontáneo para sustituirlo por la voz del yo personal. La caída es hacia el ego, de manera que el Ser entra en letargo. Pero a continuación las cosas van de mal en peor. Siguen a garrotazos, podríamos decir. Los míticos primeros hermanos, los hijos de Adán y Eva, Caín y Abel, incurren en violencia y fratricidio. Caín mata a Abel. Aún recuerdo cuando de niño leía ese pasaje bíblico que me producía sensaciones extrañísimas, como si algo así no pudiera ser real.
 En los albores de uno de nuestros mitos culturales dominantes, fraternidad es fratricidio por obra de este Dios que tiene tan poco de divino y solo refleja la expresión caprichosa y furiosa de las peores imágenes humanas. Dios quiere sangre, y Abel, al ser pastor, le ofrenda sacrificios animales. Caín es un mero agricultor y solo le puede ofrendar vegetales. Este estúpido y justiciero ser supremo premia a Abel por encima de Caín. Y Caín, tomado por sentimientos vergonzosos e indignos, presa de los celos, la injusticia y el desamor, mata a Abel. ¿Quién entiende eso? La lección es que fraternidad es fratricidio. ¿Y cómo es posible que Dios siembre en Caín sentimientos de indignidad, de no ser bastante bueno, de no ser amado? ¿Hay un dios ahí? ¿Tiene ese dios corazón? ¿Es posible pensar en un dios que no sepa amar, ya no que no sepa bailar, como diría Nietzsche? ¿Es plausible un dios que hace diferencias y abraza o rechaza, premia o castiga, levanta o somete? ¿No nos habremos vuelto todos locos? El desamor desemboca en violencia. El mal entre hermanos es la expresión de la violencia y la neurosis sacrificial, arrogante, autoritaria, asustadora e inútil del padre, asimilado a dios.
 ¿Es propio de dios, sea lo que sea esto, tener una mente sacrificial? Varios son los grandes males derivados de la expulsión del Paraíso y el ingreso en la ideología patriarcal: ya no es el instinto y la unión con la naturaleza, sino el yo, lo que dirige la vida; el yo es gobernado por el miedo, y los intentos de manejarlo y de escapar de él, generalmente, acaban en violencia de muchos tipos; el yo se extiende hacia un nosotros, por oposición a un vosotros o ellos; el fratricidio es la metáfora dominante: luchamos todos contra todos; el premio y  el castigo, el sacrificio y el sufrimiento, se tornan el núcleo inevitable de la existencia.
No en vano, Nietzsche termina su biografía con su poco enigmática frase: «Dionisos vs el Crucificado». Vida o sacrificio, quiere decir. Hombres superfluos y atemorizados, o el hombre grande y audaz que realiza una alianza inquebrantable con la vida tal y como es y con la naturaleza que lo anima, inmune a la corrosión de las multitudes adoctrinadas. Aquellos que  encuentran la verdad ya no dependen de ser aceptados en su grupo. Que se lo pregunten también a Spinoza, expulsado de su aparentemente cálida y segura fratria o comunidad judía, pero que a partir de su exilio desarrolló su metafísica.
Aquellos que escuchan las melodías del frondoso árbol de la vida, rico en instrumentos musicales, empiezan a vivir fuera de las tablas de la ley. Y cantan y aman.
Expulsión del Ser como morada natural, caída en el yo, olvido de la unidad de todos los seres, alienación de la naturaleza, pensamiento en lugar de espontaneidad, mente temerosa y sacrificial, violencia y asesinatos, lucha de los unos con los otros, explotación, dolor y esfuerzo, olvido de la sacralidad natural de las cosas… Todo ello configura el paisaje de la mente patriarcal, la semilla del mal según el inspirado y lúcido diagnóstico de Claudio Naranjo.
 ¿Fraternidad pues? No. Para ello, se interpone una caterva de falsos dioses, de quiméricas y extravagantes imágenes de dios, que nos confunden y nos mantienen en lucha.

7. Hay cosas encerradas detrás de los muros que no pueden cambiar porque nadie las escucha.

Uno de los precios del mal patriarcal y la caída es la vergüenza, el escondite, el auto desprecio, el miedo, la falta de amor a uno mismo y a la vida, la pérdida de confianza y, por tanto, de la transparencia y la verdad. Se lee en Yerma una frase de gran sabiduría terapéutica: «Hay cosas encerradas detrás de los muros que no pueden cambiar porque nadie las escucha». Violencia, muerte, traición, desamparo, guerra, explotación, abuso, pobreza, componen, entre otros, los grandes asuntos de la tragedia humana y rellenan el viaje de la vida con tramos inquietantes, angustiosos, al límite del precipicio y la dignidad existencial. Hechos que quedan, muchas veces, en habitaciones cerradas con llave de las moradas familiares, o en nuestros inconfesables secretos biográficos arrinconados en criptas de nuestro cuerpo. Nos salva lo que puede ser compartido y puede encontrar comprensión y un abrazo común. Nos cura lo que, al ser abierto, encuentra oídos y amor ajeno, no lo que nadie escucha.
Pero, ¿qué decir, por ejemplo, cuando un país o comunidad unida por un destino e identificación común, es asolado por una guerra civil que enfrenta a hermanos contra hermanos, en un sentido nacional pero también muchas veces en un sentido sanguíneo y real? Así ocurrió en la guerra civil española. Por temor, por vergüenza, por protección de los posteriores, los implicados en los frentes sobrellevan una cantidad enorme de miedo, de horror, que queda enquistada traumáticamente en las venas de los supervivientes, que callan, se disocian, se endurecen, se deprimen o construyen narrativas que les permitan sobrevivir y apartarse un poco de la devastación en el Alma que les inunda. ¿Quién escucha las voces de las víctimas? ¿Quien escucha las de los victimarios,  que no dejan de ser otra clase de víctimas envueltas en un destino brutal, a menudo no elegido en lo personal? La violencia y la muerte parten el Alma y dejan un eco en el corazón de las familias que persiste, trémulo, por varias generaciones.
Si quien aprieta el gatillo contra el hermano del otro frente supiera al menos que, en este acto, determina parte del destino de sus descendientes. Si quien recibe la bala en el pecho pudiera liberar a sus descendientes del dolor de tan terrible final y de sus consecuencias. Pero en general no pueden. Las guerras, al igual que todo lo demás (bendiciones y logros o maldiciones y quiebras en la historia familiar) se insertan en el callado flujo sanguíneo de las familias y los pueblos por generaciones, asolando la salud y el bienestar de muchos, completamente inocentes. Son cosas encerradas detrás (o dentro) de los muros que no pueden cambiar porque nadie las escucha y configuran el paisaje de la vergüenza humana.

8. El furioso Luis y sus raíces fratricidas.

Luis sufre de una gran furia. Para él se trata de un estado crónico de enojo que va parejo a intensas fantasías y ganas de dañar. Es un sentimiento posicional y estable, nuclear en su personalidad, poco adaptado a la realidad porque ahí está casi siempre sin que nada externo lo justifique claramente. Vive en estado de alerta y con constantes fantasías de matar. Un hecho relevante de su historia familiar es que su abuelo fue asesinado en la guerra civil. Miramos las raíces de su furia con la metodología de las constelaciones y el campo de vida e historia que muestra. Su abuelo yace en el suelo y su asesino permanece de pie, y el representante de Luis, levantando el brazo derecho, con el puño cerrado, se acerca al asesino, queriéndolo matar. Podríamos decir que hace como él, que Luis ha incorporado la energía asesina, que no sería inútil pensar que su furia vengativa le iguala con el asesino. Mirándolo sistémicamente, una gestalt pendiente puede no ser biográfica sino también familiar y afectar nuestro psiquismo y nuestra vida de manera determinante. ¿Cuántos asuntos clave no se resolvieron en el pasado de nuestra familia? ¿Cuántos hechos trascendentales fueron relegadas a la tierra del deseado olvido?
 Baste como muestra una observación que vengo haciendo, que nunca deja de sorprenderme, y que me gustaría contrastar con otros terapeutas. Cuando en la familia hay o ha habido psicosis o esquizofrenia en alguno de sus miembros, casi siempre suelo preguntar por los contenidos delirantes o «locos». Y muchas veces se pone en evidencia que la «locura» es sólo un desplazamiento en el tiempo y en el espacio, es decir, un eco actual de lo que fue y permanece como asunto pendiente, no mirado ni integrado por el sistema familiar y las personas implicadas. En muchas ocasiones, se puede rastrear que lo que hoy es delirio, tuvo sentido hace 10, 50, 70 o 100 años, por poner un ejemplo, vivido tal vez por un padre o tío o un abuelo u otro familiar. Si alguien delira que es perseguido o le quieren matar es útil investigar quién fue perseguido en la familia con anterioridad. Y se suele encontrar. Si alguien delira que está embarazada de Dios, conviene investigar acerca de secretos sexuales en la familia. Si alguien desvaría acerca de que quieren violarla y que hay niños perdidos, ¿será que ha habido bebés que fueron entregados, sea quizás porque fueron el fruto de una violación? Lo que es loco hoy, pudo ser una real realidad hace un tiempo. ¿Qué pasó que partió el Alma, de quién, cuándo, dónde…?  Recordemos: «Hay cosas que no se pueden solucionar porque hay voces encerradas en las paredes que nadie escucha».
 En su magma profundo, Luis está tomado por un movimiento de querer matar al asesino de su abuelo, con lo cual interioriza energía asesina. Esta es su dinámica inconsciente, o al menos trazamos dicha hipótesis como forma de explicar y entender lo que le sucede. Algo terrible, que sucedió hace muchos años, tantos que ni siquiera había nacido Luis y en los que su madre era sólo una niña pequeña, mantiene vivo su eco a través de los hilos invisibles alojados en la atmósfera familiar y social, y queda pendiente de resolución e integración. Para explorar un poco más el tema de los efectos de las guerras en sus descendientes, ponemos en el campo de la constelación a un supuesto nieto del asesino. Y ¿qué hace? Se conecta con el abuelo de Luis y cae al suelo, a su lado, es decir, al lado de la víctima de su propio abuelo. Extraño, ¿no? El nieto de la víctima se comporta como un agresor y el nieto del asesino se comporta como una víctima. Sólo cuando miran claramente esta historia y Luis se deja tocar emocionalmente, se inicia un proceso que, con el tiempo, habrá de desembocar en respetar el destino tan triste de su querido abuelo ajusticiado y el del verdugo, no menos trágico. Durante el trabajo se muestra que, si esto ocurre,  ambos nietos sienten el simple impulso de vivir, sin energía victimaria ni víctima, y se abrazan como hermanos en un conmovedor gesto de reconciliación y camaradería, caminando juntos hacia el futuro, resplandecientes, en paz. Hermanados.
 Una pregunta muy relevante para la terapia y para la sociedad sería: ¿Cómo lograr la paz y la reconciliación después de las guerras y conflictos fratricidas? ¿Es posible, al menos? ¿Cómo se curan los traumas de la violencia? Y, yendo más allá, no sólo de guerras, sino de la calle, del día a día, del abuso sexual, de la explotación de unos y la inmensa fragilidad y menoscabo de otros, del maltrato en las familias y en las relaciones, del trauma del desamor, el abandono o la humillación. En ello nos jugamos la salud mental de una comunidad y de las personas que la componemos. ¿Cómo nos reconocemos hermanos de nuevo? Dejemos que las voces encerradas en las paredes puedan ser escuchadas, oídas, sentidas, acariciadas, amadas, lloradas, abrazadas. Sentémonos juntos para ello. Logremos que el pasado no sea perturbado por nuestro presente.

9. La hermandad dañada en las familias.

Una de las mayores, explosiva pero poco ruidosa guerra que se libra todos los días, se despacha en el campo de batalla familiar, en el interior de estas murallas que guardan tantos secretos. Especialmente la guerra de hombres contra mujeres y de mujeres contra hombres. Sobre todo, en la pareja de padres. La guerra que ocasiona más víctimas es la del padre contra la madre y viceversa. Y esto porque una porción enorme del sufrimiento de los hijos en las familias viene de la relación hiriente, irrespetuosa y violenta que experimentan, o incluso exhiben, los padres entre sí. Ante esto, el hijo está inevitablemente condenado, sufriente y perdido. Introyectará la atmósfera belicosa e infeliz de lo que ve, y hará malabares interiores para seguir queriendo a ambos padres de alguna manera.
 La relación de pareja debería desarrollar también la dimensión fraterna y amigable del amor, de manera que pudiera expresarse en la fórmula de «estamos juntos, estamos en nuestro lugar de padres, manejamos nuestros asuntos a nuestra manera, y cultivamos la paz y el amor entre nosotros, como amigos entrañables, incluso a la hora de los desacuerdos o de la separación». Desde luego, el paraíso afectivo es un ideal en las familias, fácil de soñar, pero muy difícil de lograr. Es obvio que estamos enfermos de desamor y que la plaga emocional se reproduce generación tras generación. De ahí que nunca es demasiado el trabajo del hijo con los padres para lograr la paz de su corazón, y muy especialmente el trabajo del hijo referido a la relación de los padres entre sí. Una porción increíble del sufrimiento de los hijos y de los hermanos es directamente proporcional a la lucha de sus padres.
 Cuando hay respeto y cooperación entre los padres, es rara la presencia de conflictos serios entre hermanos. Prevalece el amor y el respeto como un reflejo del modelo respetuoso y amoroso de relación entre los padres. Si vamos a los hermanos veremos, a menudo, que conflictos graves entre hermanos reproducen disputas y guerras graves entre los padres. La ecuación es simple: algunos hermanos toman el bando de uno, y otros hermanos el bando del otro.  Y luchan y litigan con la mayor de las pasiones. Entonces el amor cooperativo, fraternal, puede tornarse en odio competitivo. Apenas advierten que odian y luchan en nombre de sus padres. Aquí omito intencionalmente incursionar en el ámbito de los celos entre hermanos y del «complejo de Edipo». No me parece que este complejo sea universal y biológico, sino una derivación de las problemáticas de los padres. En cuanto a los celos que militan con el hambre de amor del niño, no se multiplican ni se estimulan si los padres están claramente en su lugar y no reproducen escenarios antiguos.
 Otro ámbito en el que se recrudecen los conflictos entre hermanos en el interior de las familias se da a la hora de las herencias y los repartos de bienes. Lo que ahí está perturbado es la dinámica de tomar lo que viene de los padres en la primera infancia, que se actualiza después en forma de rivalidades y competencias ante la carnaza de los bienes. Lógicamente, todo esto se nutre de la inconsciencia de los padres y de su dificultad para tomar claramente su lugar, además de sus propios juegos psicológicos con los hijos o del uso ego-centrado y manipulativo que hacen de ellos. Los hijos han quedado trastornados en la satisfacción de sus necesidades por no recibir lo adecuado o lo necesario, o no haberlo sabido reconvertir en lo suficiente. Son pasiones que como células dormidas de nuestra infancia despiertan de adultos cuando encuentran su oportunidad, por ejemplo, ante las herencias. Ahí queremos compensar nuestros sacrificios o nuestras faltas, y se actualizan las viejas rivalidades.

10. Bonobos y/o chimpancés.

El chimpancé del que venimos, y vive dentro de nosotros, es jerárquico, autoritario, a veces brutal, violento, competitivo, impositivo y territorial. El bonobo del que venimos, y que también vive adentro, es empático, orientado al placer, reacio a los conflictos, cariñoso y comunitario. Presupongo que hay que integrar ambos como fuerzas que bien manejadas enriquecen el pasaje de la vida. Pero también presupongo que conviene preguntarse a quién de los dos conviene alimentar con mejores nutrientes. Stefan Zweig en su novela, de obligada lectura, «Los ojos del hermano eterno», nos ilustra al respecto. Su célebre personaje Virata, guerrero anterior a los tiempos de Buda, se orienta a la purificación alimentando la empatía, la virtud y la justicia, después de descubrir durante la madrugada, cuando sale el sol, que en la batalla de la noche ha matado a su hermano.
 «Cuando Virata se aproximó al último cadáver, sintió que su mirada se oscurecía. Sabía que era una de sus víctimas, uno de los que había herido con su espada. Acercó su rostro al del muerto y reconoció a su hermano mayor, Belangur, príncipe de las montañas, que había acudido en su ayuda. Virata se agachó y puso su cabeza en el pecho del hermano. El corazón había dejado de latir, los ojos estaban abiertos, y las negras pupilas le miraban y parecían clavársele en el corazón». Entonces Virata sintió que su espíritu se empequeñecía, se aniquilaba completamente, y, como un agonizante, se sentó entre los muertos. Las negras pupilas de aquel hermano que había nacido de su madre antes que él, continuaban mirándole fijamente y parecían acusarle». El resto de la vida de Virata se puede comprender como una práctica
experiencial del «yo soy tú y tú eres yo».
 Ojalá no permitamos que quede adormecida esta consanguineidad espiritual que yace en nuestra esencia espontánea, como seres humanos. Ojalá estemos atentos a la hermandad esencial de todos, respetando el camino propio de cada quien. Que podamos llorar juntos el dolor de los conflictos y a todas sus víctimas, para que no tengan que perpetuarse. Convirtamos «el yo soy tu y tu eres yo» en el mantra que no cesa de sonar dentro de nosotros. Miremos a este hermano eterno, que nos mira desde los ojos de cada víctima que dejamos a nuestro paso, para mantener blando nuestro corazón. Y, si podemos, permitamos que el árbol de la vida, rebosante de instrumentos musicales, convierta la vida en una sinfonía común, más allá de visados y pasaportes.
Joan Garriga Bacardi

 

Artículo publicado en la Revista de la Asociación Española de Terapia Gestalt (AETG). Agosto 2017