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22 diciembre 2019 | Artículos

“Estamos atraídos por el polo magnético del pasado. Pero el futuro es innovación”

ENTREVISTA A JOAN GARRIGA, POR ALEJANDRO CZERWACKI 
21/12/2019 – 22:45
Publicada en Clarín.com – Opinión
 

─En sus libros reflexiona acerca de lo importante de asumir nuestro origen para encontrar el lugar en el mundo. ¿Cuánto pesan las herencias familiares en nuestras vidas?

─Cuando miro a una persona veo en ella la matriz de sus padres, abuelos y las resonancias familiares con la que venimos. Somos una herencia de grandes fortalezas pero al mismo tiempo esta matriz familiar tiene pérdidas, impactos de dolor, violencias, traiciones que en cierto modo también llega con nosotros. Son como “ego-resonancias” de las que formamos parte. Estamos participados en herencias que viven en nosotros, no solo una historia personal sino también colectiva, tanto en lo positivo como en lo difícil y es la base de las constelaciones, de que cada persona guarda relación con los aprendizajes en su sistema familiar. Porque muchas personas viven referidos a ciertos hechos del pasado que no se han integrado y eso obstaculiza el proceso de vida hacia la salud, la pareja, sus hijos. Estamos atraídos por el polo magnético del pasado y lo que pretende es una cierta repetición. Como si el pasado le dijera al futuro “quisiera que te parezcas a mí” pero por suerte el futuro es innovación, creación.

─​¿A qué se refiere cuando dice que el pasado es un “polo magnético”?

─Si en nuestros antepasados, la madre y abuela, por ejemplo, hicieron abortos o tuvieron abusos, la hija consciente o inconscientemente también los hará. Cumplen la función de atractores. Por suerte no es una obligación repetir hechos del pasado pero son pautas de vida que están presentes en nuestro sistema familiar y tienden a perpetuarse y repetirse. Veo mujeres enojadas en nombre de sus abuelas y sus madres, de los que les tocó vivir a ellas, están enojadas como ellas. Pero lo que pasó entre su abuela y su abuelo queda en ellos y no deben trasladar eso a su pareja actual.

─​¿Este enfoque está ligado con el Inconsciente familiar y el árbol genealógico?

─Hablamos de “lo transbiográfico”, es un alma familiar, sistémica y encaja con el árbol genealógico. Nosotros formamos parte de las ramas de ese árbol. Hay un inconsciente porque todo lo que ha sucedido sigue presente, está invisibilizado. Los sistemas familiares son como un palacio con muchas habitaciones donde algunas dice “aquí no entrar” y hay puertas cerradas porque hay suicidios, enfermedades mentales, cosas vergonzantes y uno trata de protegerse dejando cerradas esas puertas. Pero las mismas que dicen no entrar son las que queremos explorar. Y quizás entramos a ver y nos atrae ese destino desdichado que no ha sido observado. La idea de salud es que todo esté transparentado, encarando cosas difíciles que estén a la vista. Federico Lorca decía: “Hay cosas encerradas dentro de los muros que, si salieran de pronto a la calle y gritaran, llenarían el mundo”. En los sistemas familares escuchamos la realidad, no lo que se dice.

─​¿La vida es un balance de las ganancias y pérdidas, como le gusta decir?

─Exacto, lo digo en el libro “La llave de la buena vida”. El secreto es ser capaces de tomar y soltar con alegría aquello que la vida tiene reservado para nosotros o, lo que es lo mismo, saber ganar sin perderse a uno mismo y saber perder ganándose a uno mismo. Importa en la vida no perderse en las ganancias, identificados con sus roles sociales, creyéndose importantes pero se han perdido a sí mismos, el espíritu simple y humano, y está enmascarado de una cierta grandeza. Nos perdemos más en las pérdidas, ya no deseamos vivir, el dolor nos duele. Con suerte el legado que nuestros padres nos dan es que hayan sabido lidiar con las ganancias sin perder su alma al igual con las pérdidas, con la simplicidad de vivir. En la vida nos perdemos en personajes durante un tiempo y con suerte nos reencontramos.

─¿El uso de múltiples máscaras que no permite la congruencia del ser?

─Tal cual. Yo digo que en el viaje de la vida hay errores que hay que evitar y aciertos que hay que desarrollar. Uno de los errores es no darle a la vida lo que tenemos para darle. Otro error es tratar de darle a la vida lo que no tenemos, parecer lo que uno no es. Yo estudié derecho y al tercer año entré en crisis. Estaba identificado con el personaje de abogado. ¿Cuántas personas están montados en un personaje? Hay que cultivar la autenticidad. El otro pecado muy universal de la inconsciencia, es la de no tomar espacios para estar en contacto con uno mismo, reconocer el cuerpo, las vivencias, la meditación. Quien vive en una máscara también tiene miedo porque es como una casa de cartón, se aleja de darse cuenta de lo que lo mueve.

─​¿Qué es la felicidad para usted?

─La felicidad es estar en paz con nuestros asuntos del mundo, con nuestros vínculos, afectos, amar en abundancia y estar bien asentados para surfear las cosas cuando no nos vienen bien dadas. Se puede ser feliz porque sí, porque estamos vivos pero sin dudas la gente está mejor cuando tiene entornos relacionales afectivos ricos, rodeado de personas significativas.

20 octubre 2019 | Artículos

Reseña recuerdo de Bert Hellinger, por Joan Garriga

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Bert Helllinger murió el 19 de septiembre. Ahí van unas palabras a modo de homenaje y recordatorio. Este 2019 se cumplen 20 años de su venida a Barcelona, en la que brindó el primero de sus talleres sobre Constelaciones Familiares. En lo personal, me sentí muy tocado por su actitud y su trabajo; tanto, que me movió a dedicarle una buena parte de mi tiempo profesional. Cuando supe de su muerte, lo más inmediato que brotó en mí fueron estas líneas que decidí compartir:

“No es decible en palabras la inmensa fortuna de haber tenido a Bert Hellinger como maestro. El Alma podría expresarlo, sólo que su esencia es silencio que abraza todas las melodías y luz natural que alumbra todas las formas y colores. Este silencio y esta luz vivían en el centro de tu pecho, querido Bert, y eso transmitías tocando el corazón de tantos. Ojalá hayamos sabido transmutar en sustancia viva y creativa lo que nos legaste, y ojalá tu inspiración en nosotros siga tocando corazones, trayendo paz, amor y reconciliación, e integrando y uniendo lo que es guerra y separación en las personas, en las familias y en el mundo. Este sería el más bonito homenaje a tu ser y a la vida cumplida, que acabas de dejar.
Para mí, quedas en forma de presencia, de asentimiento y de amor expansivo. Gracias para siempre, por tanto. Nos encontraremos, pues ¿no será tu muerte tu último y definitivo nacimiento?”

Si presto atención a lo que las aportaciones de Bert Hellinger significan para el mundo de la ayuda a través de la técnica de las Constelaciones, que ha tenido una expansión enorme en todo el mundo —a pesar de algunas derivas vulgares, pseudomágicas e inquietantes—, me gustaría señalar tres aspectos del propio Hellinger que lo han hecho posible, a mi modo de entender.

Creo que Bert Hellinger hizo un viaje de lo religioso a lo espiritual, o bien, que a través de lo religioso encontró la mística y el centro del ser o morada interior, de manera tal que lo que transmitía iba mucho más allá de una técnica para convertirse en un estado contagioso, irresistible para muchos, de expansión de conciencia y de corazón, cuyo canto natural es el amor a lo que es.

Luego, al igual que se recuerda a Gandhi como apóstol de la no-violencia, seguramente se recordará a Bert como el apóstol de la inclusión, epicentro de su mensaje. Y ello siempre me pareció profundamente gestáltico, pues ¿no es acaso la terapia Gestalt una gramática copulativa y no disyuntiva, que une e integra, en lugar de dividir y alienar? Y, ¿no encontramos nuestra completud cuando todo lo que somos, momento a momento, puede ser incluido en el amoroso foco de nuestra atención, que desconoce el rechazo al igual que el apego?

Alguien tan intrínsecamente libre logró una audacia superlativa: Bert fue capaz de superar el temor a cualquier crítica, lo que le llevo a afirmar, entre otras cosas espinosas, que “los representantes en una constelación sienten los sentimientos de los representados”. Yo creo que somos muchos los terapeutas que, trabajando con escenografía familiar, habíamos intuido ecos de esta afirmación, pero al sobrepasar nuestros parámetros de lo posible nos decantábamos por desecharlos como si se tratara de vivencias espurias. Es como no poder ver lo que no está esbozado en el mapa mental de la realidad. Bert, fiel a su percepción y no a los mapas, puso al servicio de la ayuda su audacia y fortaleza, y supo usar su estilo caracterial tendente a lo pontificio para desvelar evidencias que la estricta racionalidad se muestra incapaz de contemplar. Con ello, abrió caminos nuevos.

Por último, supo integrar todas sus influencias, filosóficas, poéticas, religiosas, psicológicas, terapéuticas, culturales (vivió muchos años en Sudáfrica) y biográficas (le toco durante un tiempo ejercer de soldado en la segunda guerra mundial) y familiares (con sus secretos y sutilezas) en la dirección de reconocer lo tribal en cada ser humano, y la mente colectiva de la que forma parte, y dirige a veces invisiblemente su guion de vida y su lugar en las familias y en el devenir de cada cual. Me parece que el alivio y paz en los vínculos que han logrado muchas personas y familias a través de las profundas comprensiones e intuiciones de Bert es más que notable.

Valgan, pues, estas líneas para traerlo al presente con gratitud, reconocimiento y amor, deseándole que permanezca en el lugar que ya ocupaba mucho antes de dejar la tierra por la que pasó, como alguien nunca nacido y nunca fallecido.

Por Joan Garriga

Octubre, 2019

10 febrero 2019 | Artículos

La «Fraternité» fracasada.

1. Apertura.

Sería quedarnos cortos si redujéramos el ámbito de la fraternidad a su sentido familiar, el de los hermanos unidos por lazos de sangre o de crianza. Quisiera, en cambio, escribir más bien acerca de la comunidad de hermanos pertenecientes a una misma nación, patria, matria, país, tribu, etnia, religión, equipo deportivo, cultura o similares. No dejaré de enfatizar los efectos  trágicos y devastadores de dichas pertenencias cuando conllevan exclusión, menoscabo, destrucción o muerte para algunos: a menudo, la pasión de pertenencia no se deja domesticar o dulcificar por los ojos amorosos, indiferenciados e infinitos, del espíritu.
Quisiera también plasmar algunas sencillas ideas sobre las dinámicas entre hermanos en el interior de las familias, pero afirmaré, antes de todo, que, según mi experiencia personal y profesional, en su trasfondo natural y espontáneo, la hermandad tiene más de solidaridad y cooperación amorosa que de rivalidad o brutalidad competitiva.
Sin embargo, la dialéctica entre la cooperación o la lucha, el yo o el tú, el ser o el tener, el nosotros o el vosotros, nos acompaña en la vida y nos interpela sin descanso. Seguramente, porque obedece a dos fuerzas biológicas (la ternura, la agresividad) propias de los seres humanos. Pero las alas que nos van creciendo como respuesta a esta dialéctica son simples: o tratamos de desplegar en toda su magnitud las alas al amor y el espíritu, en un gesto que conlleva humanidad, unidad, empatía, humildad, benevolencia y confianza, o nos anclamos en el miedo, que riega nuestros días de tensión, separación, competencia y lucha.
 A menudo se ha comparado a los seres humanos con nuestros parientes simios: o amorosos y cooperativos bonobos, o jerárquicos y competitivos chimpancés; sus dos estilos relacionales viven en nosotros a modo de actitudes atávicas. Y en cada momento debemos elegir por cuál de ellos apostar, y alimentar con más fuerza. Si nos remitimos a la frase de San Juan de la Cruz: “En el ocaso de nuestros días seremos juzgados en el amor», no hay duda de que importará haber invertido en la paz del corazón abonando con fuerza a nuestro bonobo interior, o reconvertiendo la potencial violencia del chimpancé en fuerza de vida.

 

2. 17 de agosto 2017 a las 17.30, y Schiller.

Me siento en el ordenador para escribir este artículo. Son aproximadamente las 17.30h del 17 de agosto del 2017. Estoy por teclear «Liberté, égalite et fraternité». Con esta referencia a la convertida en famosa y legendaria divisa durante la revolución francesa, quería introducir el tema. Principalmente, porque tal frase señala la fraternidad como un alto, deseable y revolucionario valor. Mientras tanto, se deslizan fugazmente por mi cabeza algunos compases de la Novena de Bethoveen y la frase del Himno a la Alegría «y los hombres volverán a ser hermanos». Pienso también en la Oda de Schiller: «más allá de las estrellas habita un padre amoroso»:
¡Abrazaos, millones de seres!
¡Este beso para el mundo entero!
Hermanos, sobre la bóveda estrellada
Habita un padre amante.
¿Os prosternáis, millones de seres?
Mundo, ¿presientes al Creador?
¡Búscalo por encima de las estrellas!
¡Allí debe estar su morada!
 Ah, qué bello es el lenguaje del amor, de la esperanza, del abrazo, de la hermandad y la consanguineidad bajo la bóveda celeste. ¿Somos hijos de una misma sangre porque en todos nosotros habita el mismo padre amoroso, más allá de las estrellas? Este es el meollo del asunto. La consanguineidad espiritual que nos iguala a todos frente a la consanguineidad familiar, tribal, religiosa,  étnica, geográfica, nacional, cultural, musical, deportiva, que nos iguala a algunos frente a otros de los cuales nos separa.
Nada nos impulsa con más fuerza que la creación de con-sanguineidades mundanas a las que adscribirnos y pertenecer, construyendo de este modo una narrativa identitaria personal y social. El instinto más hondo y apasionado que tenemos es el tribal y el de pertenencia: soy de aquí pero no soy de allá. Soy Elena pero no María. Soy hombre pero no mujer. Soy americano pero no coreano. Soy judío pero no palestino. Soy de derechas pero no de izquierdas. El pequeño mamífero que somos dice: soy de aquí, somos nosotros. Nosotros frente a ellos. Por ello, matamos o morimos, si hace falta.
 Sin embargo, el músculo espiritual que compartimos todos como principio germinal, aunque a veces quede oxidado por el poco uso o relegado a una larga siesta, canta: en nosotros habita la misma amorosa sangre, el mismo fuego de vida, la misma lira interior. Clama: soy todos, sin exclusión. En todos habita el mismo padre amoroso.
 La pasión de pertenencia del mamífero apasionado que somos necesita, para la paz de su corazón, del contagio espiritual. Se requiere que nuestro instinto gregario y diferenciado se contamine de consanguineidad espiritual, hijos todos del mismo padre amoroso, sin diferencias.

3. Atropello masivo en las Ramblas de Barcelona

Empiezo a teclear y no bien he terminado de escribir la palabra liberté, escucho la voz alarmada de mi hermano que proviene del salón de la casa vacacional en la que estoy pasando unos días. Ha prendido la tv y exclama con aprensión y sobresalto: ataque terrorista en las Ramblas de Barcelona. Lógicamente, no escribo ni una letra más. Nos abalanzamos sobre el aparato. La tv y las noticias que llegan de Barcelona ocupan la gestalt completa, la plena atención ahora. Miedo, incredulidad, enojo, espanto, fragilidad, preocupación por seres queridos, horror, compasión por los que están ahí y por sus familias, callados rezos para que no haya víctimas, y un no sé qué difícil de determinar, preludio neo traumático, o anestesia sin más, cuando no también un poco de alegría o alivio, porque uno descubre pronto que los seres queridos y los más cercanos están a salvo, si es que algo así como estar a salvo existe realmente. Solo ahora, al día siguiente, 18 de agosto, he retomado y estoy escribiendo.
Entonces, ¿fraternidad?, me digo. ¡Una mierda!, me contesto enojado. Lo consanguíneo tribal y mamífero ha ganado la partida una vez más a lo consanguíneo espiritual. Algunos yoes se han olvidado que son túes. Gravemente. ¿Dónde se ha traspapelado este padre amoroso de todos? ¿Nos hemos vuelto sordos al himno alegre de la hermandad? ¿No es ésta la enfermedad general del patriarcado, el yo frente al tú, el nosotros frente al vosotros? El Padre de todos parece estar echándose una siesta o haberse quedado sordo. Triste destino el de las víctimas inocentes que paseaban por las Ramblas, quizá alegres, y triste y doloroso destino el de los que matan, víctimas también ellos de injusticias y quebrantos. Seguramente no haya mayor mal que la excesiva fe en el yo, o en el nosotros, como centro del universo. Se le suele llamar orgullo. Enfermiza vanagloria, maléfica arrogancia. Infringe la comprensión que San Agustín formuló de esta manera: «Dios es más yo que yo mismo». Afinar y afirmar la propia voz en el mundo, y hacer crecer el Yo, es necesario, diría cualquier gestaltista, y concordaríamos fácilmente con él. Al mismo tiempo, un yo bañado en sabiduría, que busca la paz de su corazón, es capaz de reconocer al Tú como uno y el mismo. Crecimiento personal, a partir de un punto, debería de ser menos yo y más tú, o mayor predisposición a incorporar como propio lo ajeno. No hablo de tragar, de introyectar toxinas y absurdos “deberías”, de someterse a autoridades externas. Hablo de la grandeza de corazón capaz de reconocerse en todas partes: en la mariposa y en el tiburón, en la víctima y también en el agresor. Un corazón que sabe serlo todo por encima de la estrecha narrativa identitaria. Lo contrario de la xenofobia o rechazo a lo extraño y al otro, es el amor a lo extraño y al diferente.

4. Yo soy racista y xenófobo, y diría que tú también.

Tal vez convenga reconocer la propia xenofobia para gobernarla, en lugar de pretender ideológicamente que no habita en nosotros. El hilo de mi discurso va siendo la dialéctica entre el pequeño yo, gregario y apasionado en sus pertenencias a grupos, y el sabor del espíritu que va más allá de la pequeña tribu y engrandece nuestro corazón. Conviene lograr que uno, en su desarrollo y maduración, pueda llegar a sentir: soy de aquí y soy de todas partes y sobre todo: soy. Pero asumamos una verdad: somos racistas y xenófobos. Quizás no desde un punto de vista ideológico, claro. Muy pocos se definirían como tales. Yo, tampoco. Pero si uno se mete en sus vísceras, en su hígado, en sus tramas emocionales primarias y ocultas, puede que encuentre miedo, o la sensación de ser mejor que otros, o peor que otros. Y que sienta que daría pedradas a los que visualiza del otro bando, cuando no los exterminaría para poder vivir en la ilusión de la paz.
Ya sabemos que, a menudo, nuestra ideología va por un lado y las tripas por otro. No está mal que nuestras ideas sean inclusivas con los diferentes (bien, aplausos, vítores) y estén dirigidas por un pensamiento empático y amoroso, pero veamos también la verdad de nuestras tripas y temores más arraigados. ¿No es más importante un gramo de experiencia veraz que mil kilos de ideología, muchas veces barata y decorada con intereses propios? Porque la verdad sentida la podemos manejar. Reconocerse racista es el primer movimiento que necesitamos para no serlo tanto. Reconocer las pasiones e identificaciones propias es lo que nos hace falta para superarlas, para relativizarlas, para elevar nuestro corazón a lo ajeno y extraño y extranjero.
Sonriamos con humor a nuestra filias y fobias, de manera que se disipe la seriedad con las que las tomamos. El problema no es ser racista y xenófobo porque lo somos, sino no saber que uno lo es, y no manejarlo en la dirección de la consanguineidad espiritual y la paz. El pecador que mira a la cara a sus pecados quizá se acerca mejor a la virtud que aquel que se proclama infantilmente inocente. Bueno, son ideas gestálticas, que solamente repito. Una vez le preguntaron a un pensador francés (he olvidado a quien) si usaría un artilugio bélico que daría enormes ventajas a los franceses, pero perjudicaría seriamente a los demás países. Y él contesto que no, porque sólo era ciudadano francés por casualidad.
 Por suerte, la oración gestáltica que acentúa las diferencias, sanas y necesarias, puede ser corregida con la contra oración que creó el monje budista Thitch Nhat Hanh, la cual enfoca la unidad, la visión de que somos uno. Si es cierto que yo soy yo y tú eres tú, también lo es que yo soy tú y tú eres yo. ¿No es obvio que somos el mismo?, señala el monje budista en su famosa contra oración «Inter-somos».

5. La fraternité fracasada

En su precioso libro «La revolución de la fraternidad», Paloma Rosado relata que, de la divisa revolucionaria con sus tres altos ideales, la fraternidad se ha quedado en la cuneta, prácticamente olvidada. Se ha luchado por la libertad, y tenemos derecho a voto, así como una cierta libertad de expresión y de emprendimiento. Se ha luchado por la igualdad, y a cada persona le corresponde un voto, así como ciertos derechos sociales y jurídicos. Sin embargo, es ésta una época en la que muchos han abierto ya los ojos al fracaso de esta libertad y de esta igualdad que disfraza su fraudulencia bajo el manto de la democracia liberal, del lenguaje políticamente correcto y de la legalidad constitucional. No existe libertad ni igualdad real. La dictadura de hoy no es la de la fuerza, sino la del dinero, la opresión sutil y el uso de la información. Todo envasado en tanta politez y decoro que encubre y casi legaliza el abuso. Nuestra desigualdad de hoy no está en el voto, sino en la riqueza, la cultura y el conocimiento. Además, son muchos los que, enfermos del corazón, buscan en el poder político «democrático» una tapadera para su desierto interior y su hambre de amor, con su consiguiente voracidad emocional; convertidos en políticos, sucumben a las fáciles tentaciones del poder, la riqueza y el afán de notoriedad. Vamos mal. Nada nuevo bajo el sol.
Así pues, la fraternité sigue siendo la asignatura pendiente. Ser todos hermanos sigue constituyendo un oscuro y flagrante olvido. Quizá haya llegado el tiempo de repensar incluso la democracia tal como la concebimos, ya que al encubrir su rampante insipidez con la ilusión del «voto» y otras lindezas legales, se convierte, en realidad, en tan poco democrática, para buscar alternativas verdaderamente fraternas e incluso espirituales —digo esto siendo consciente de que escribo cosas que, por su carga política, merecerían una mayor argumentación. Pero me gusta pensar, aún hoy, cuando todas las utopías parecen haber desaparecido de la historia, en términos tan fracasados como el lema sesentayochista “La imaginación al poder”, que hoy cambiaría por otro lema aún más cargado de utopía: “El espíritu al poder” —o “la sabiduría al poder”, en su versión más laica. Cuánto se echa en falta la bondad de un Dalái Lama, o el temple y la serenidad de un Nelson Mandela, o el desapego material de un José Mujica, todos ellos forjados en la adversidad y la persecución, que parece la amarga medicina capaz, a veces, sólo a veces, de adelgazar los argumentos del ego y hacer que florezca el espíritu…

6. Las cosas empiezan mal por culpa de un falso Dios, narcisista y caprichoso.

El mítico relato bíblico del Génesis determina la caída y la expulsión del Paraíso de Adán y Eva; simbólicamente, los primeros padres. Lo cual significa pasar de vivir en la vida vivida a vivir en la vida pensada, saltar del celestial presente al diabólico pasado o futuro, extraviar el aliento del Espíritu espontáneo para sustituirlo por la voz del yo personal. La caída es hacia el ego, de manera que el Ser entra en letargo. Pero a continuación las cosas van de mal en peor. Siguen a garrotazos, podríamos decir. Los míticos primeros hermanos, los hijos de Adán y Eva, Caín y Abel, incurren en violencia y fratricidio. Caín mata a Abel. Aún recuerdo cuando de niño leía ese pasaje bíblico que me producía sensaciones extrañísimas, como si algo así no pudiera ser real.
 En los albores de uno de nuestros mitos culturales dominantes, fraternidad es fratricidio por obra de este Dios que tiene tan poco de divino y solo refleja la expresión caprichosa y furiosa de las peores imágenes humanas. Dios quiere sangre, y Abel, al ser pastor, le ofrenda sacrificios animales. Caín es un mero agricultor y solo le puede ofrendar vegetales. Este estúpido y justiciero ser supremo premia a Abel por encima de Caín. Y Caín, tomado por sentimientos vergonzosos e indignos, presa de los celos, la injusticia y el desamor, mata a Abel. ¿Quién entiende eso? La lección es que fraternidad es fratricidio. ¿Y cómo es posible que Dios siembre en Caín sentimientos de indignidad, de no ser bastante bueno, de no ser amado? ¿Hay un dios ahí? ¿Tiene ese dios corazón? ¿Es posible pensar en un dios que no sepa amar, ya no que no sepa bailar, como diría Nietzsche? ¿Es plausible un dios que hace diferencias y abraza o rechaza, premia o castiga, levanta o somete? ¿No nos habremos vuelto todos locos? El desamor desemboca en violencia. El mal entre hermanos es la expresión de la violencia y la neurosis sacrificial, arrogante, autoritaria, asustadora e inútil del padre, asimilado a dios.
 ¿Es propio de dios, sea lo que sea esto, tener una mente sacrificial? Varios son los grandes males derivados de la expulsión del Paraíso y el ingreso en la ideología patriarcal: ya no es el instinto y la unión con la naturaleza, sino el yo, lo que dirige la vida; el yo es gobernado por el miedo, y los intentos de manejarlo y de escapar de él, generalmente, acaban en violencia de muchos tipos; el yo se extiende hacia un nosotros, por oposición a un vosotros o ellos; el fratricidio es la metáfora dominante: luchamos todos contra todos; el premio y  el castigo, el sacrificio y el sufrimiento, se tornan el núcleo inevitable de la existencia.
No en vano, Nietzsche termina su biografía con su poco enigmática frase: «Dionisos vs el Crucificado». Vida o sacrificio, quiere decir. Hombres superfluos y atemorizados, o el hombre grande y audaz que realiza una alianza inquebrantable con la vida tal y como es y con la naturaleza que lo anima, inmune a la corrosión de las multitudes adoctrinadas. Aquellos que  encuentran la verdad ya no dependen de ser aceptados en su grupo. Que se lo pregunten también a Spinoza, expulsado de su aparentemente cálida y segura fratria o comunidad judía, pero que a partir de su exilio desarrolló su metafísica.
Aquellos que escuchan las melodías del frondoso árbol de la vida, rico en instrumentos musicales, empiezan a vivir fuera de las tablas de la ley. Y cantan y aman.
Expulsión del Ser como morada natural, caída en el yo, olvido de la unidad de todos los seres, alienación de la naturaleza, pensamiento en lugar de espontaneidad, mente temerosa y sacrificial, violencia y asesinatos, lucha de los unos con los otros, explotación, dolor y esfuerzo, olvido de la sacralidad natural de las cosas… Todo ello configura el paisaje de la mente patriarcal, la semilla del mal según el inspirado y lúcido diagnóstico de Claudio Naranjo.
 ¿Fraternidad pues? No. Para ello, se interpone una caterva de falsos dioses, de quiméricas y extravagantes imágenes de dios, que nos confunden y nos mantienen en lucha.

7. Hay cosas encerradas detrás de los muros que no pueden cambiar porque nadie las escucha.

Uno de los precios del mal patriarcal y la caída es la vergüenza, el escondite, el auto desprecio, el miedo, la falta de amor a uno mismo y a la vida, la pérdida de confianza y, por tanto, de la transparencia y la verdad. Se lee en Yerma una frase de gran sabiduría terapéutica: «Hay cosas encerradas detrás de los muros que no pueden cambiar porque nadie las escucha». Violencia, muerte, traición, desamparo, guerra, explotación, abuso, pobreza, componen, entre otros, los grandes asuntos de la tragedia humana y rellenan el viaje de la vida con tramos inquietantes, angustiosos, al límite del precipicio y la dignidad existencial. Hechos que quedan, muchas veces, en habitaciones cerradas con llave de las moradas familiares, o en nuestros inconfesables secretos biográficos arrinconados en criptas de nuestro cuerpo. Nos salva lo que puede ser compartido y puede encontrar comprensión y un abrazo común. Nos cura lo que, al ser abierto, encuentra oídos y amor ajeno, no lo que nadie escucha.
Pero, ¿qué decir, por ejemplo, cuando un país o comunidad unida por un destino e identificación común, es asolado por una guerra civil que enfrenta a hermanos contra hermanos, en un sentido nacional pero también muchas veces en un sentido sanguíneo y real? Así ocurrió en la guerra civil española. Por temor, por vergüenza, por protección de los posteriores, los implicados en los frentes sobrellevan una cantidad enorme de miedo, de horror, que queda enquistada traumáticamente en las venas de los supervivientes, que callan, se disocian, se endurecen, se deprimen o construyen narrativas que les permitan sobrevivir y apartarse un poco de la devastación en el Alma que les inunda. ¿Quién escucha las voces de las víctimas? ¿Quien escucha las de los victimarios,  que no dejan de ser otra clase de víctimas envueltas en un destino brutal, a menudo no elegido en lo personal? La violencia y la muerte parten el Alma y dejan un eco en el corazón de las familias que persiste, trémulo, por varias generaciones.
Si quien aprieta el gatillo contra el hermano del otro frente supiera al menos que, en este acto, determina parte del destino de sus descendientes. Si quien recibe la bala en el pecho pudiera liberar a sus descendientes del dolor de tan terrible final y de sus consecuencias. Pero en general no pueden. Las guerras, al igual que todo lo demás (bendiciones y logros o maldiciones y quiebras en la historia familiar) se insertan en el callado flujo sanguíneo de las familias y los pueblos por generaciones, asolando la salud y el bienestar de muchos, completamente inocentes. Son cosas encerradas detrás (o dentro) de los muros que no pueden cambiar porque nadie las escucha y configuran el paisaje de la vergüenza humana.

8. El furioso Luis y sus raíces fratricidas.

Luis sufre de una gran furia. Para él se trata de un estado crónico de enojo que va parejo a intensas fantasías y ganas de dañar. Es un sentimiento posicional y estable, nuclear en su personalidad, poco adaptado a la realidad porque ahí está casi siempre sin que nada externo lo justifique claramente. Vive en estado de alerta y con constantes fantasías de matar. Un hecho relevante de su historia familiar es que su abuelo fue asesinado en la guerra civil. Miramos las raíces de su furia con la metodología de las constelaciones y el campo de vida e historia que muestra. Su abuelo yace en el suelo y su asesino permanece de pie, y el representante de Luis, levantando el brazo derecho, con el puño cerrado, se acerca al asesino, queriéndolo matar. Podríamos decir que hace como él, que Luis ha incorporado la energía asesina, que no sería inútil pensar que su furia vengativa le iguala con el asesino. Mirándolo sistémicamente, una gestalt pendiente puede no ser biográfica sino también familiar y afectar nuestro psiquismo y nuestra vida de manera determinante. ¿Cuántos asuntos clave no se resolvieron en el pasado de nuestra familia? ¿Cuántos hechos trascendentales fueron relegadas a la tierra del deseado olvido?
 Baste como muestra una observación que vengo haciendo, que nunca deja de sorprenderme, y que me gustaría contrastar con otros terapeutas. Cuando en la familia hay o ha habido psicosis o esquizofrenia en alguno de sus miembros, casi siempre suelo preguntar por los contenidos delirantes o «locos». Y muchas veces se pone en evidencia que la «locura» es sólo un desplazamiento en el tiempo y en el espacio, es decir, un eco actual de lo que fue y permanece como asunto pendiente, no mirado ni integrado por el sistema familiar y las personas implicadas. En muchas ocasiones, se puede rastrear que lo que hoy es delirio, tuvo sentido hace 10, 50, 70 o 100 años, por poner un ejemplo, vivido tal vez por un padre o tío o un abuelo u otro familiar. Si alguien delira que es perseguido o le quieren matar es útil investigar quién fue perseguido en la familia con anterioridad. Y se suele encontrar. Si alguien delira que está embarazada de Dios, conviene investigar acerca de secretos sexuales en la familia. Si alguien desvaría acerca de que quieren violarla y que hay niños perdidos, ¿será que ha habido bebés que fueron entregados, sea quizás porque fueron el fruto de una violación? Lo que es loco hoy, pudo ser una real realidad hace un tiempo. ¿Qué pasó que partió el Alma, de quién, cuándo, dónde…?  Recordemos: «Hay cosas que no se pueden solucionar porque hay voces encerradas en las paredes que nadie escucha».
 En su magma profundo, Luis está tomado por un movimiento de querer matar al asesino de su abuelo, con lo cual interioriza energía asesina. Esta es su dinámica inconsciente, o al menos trazamos dicha hipótesis como forma de explicar y entender lo que le sucede. Algo terrible, que sucedió hace muchos años, tantos que ni siquiera había nacido Luis y en los que su madre era sólo una niña pequeña, mantiene vivo su eco a través de los hilos invisibles alojados en la atmósfera familiar y social, y queda pendiente de resolución e integración. Para explorar un poco más el tema de los efectos de las guerras en sus descendientes, ponemos en el campo de la constelación a un supuesto nieto del asesino. Y ¿qué hace? Se conecta con el abuelo de Luis y cae al suelo, a su lado, es decir, al lado de la víctima de su propio abuelo. Extraño, ¿no? El nieto de la víctima se comporta como un agresor y el nieto del asesino se comporta como una víctima. Sólo cuando miran claramente esta historia y Luis se deja tocar emocionalmente, se inicia un proceso que, con el tiempo, habrá de desembocar en respetar el destino tan triste de su querido abuelo ajusticiado y el del verdugo, no menos trágico. Durante el trabajo se muestra que, si esto ocurre,  ambos nietos sienten el simple impulso de vivir, sin energía victimaria ni víctima, y se abrazan como hermanos en un conmovedor gesto de reconciliación y camaradería, caminando juntos hacia el futuro, resplandecientes, en paz. Hermanados.
 Una pregunta muy relevante para la terapia y para la sociedad sería: ¿Cómo lograr la paz y la reconciliación después de las guerras y conflictos fratricidas? ¿Es posible, al menos? ¿Cómo se curan los traumas de la violencia? Y, yendo más allá, no sólo de guerras, sino de la calle, del día a día, del abuso sexual, de la explotación de unos y la inmensa fragilidad y menoscabo de otros, del maltrato en las familias y en las relaciones, del trauma del desamor, el abandono o la humillación. En ello nos jugamos la salud mental de una comunidad y de las personas que la componemos. ¿Cómo nos reconocemos hermanos de nuevo? Dejemos que las voces encerradas en las paredes puedan ser escuchadas, oídas, sentidas, acariciadas, amadas, lloradas, abrazadas. Sentémonos juntos para ello. Logremos que el pasado no sea perturbado por nuestro presente.

9. La hermandad dañada en las familias.

Una de las mayores, explosiva pero poco ruidosa guerra que se libra todos los días, se despacha en el campo de batalla familiar, en el interior de estas murallas que guardan tantos secretos. Especialmente la guerra de hombres contra mujeres y de mujeres contra hombres. Sobre todo, en la pareja de padres. La guerra que ocasiona más víctimas es la del padre contra la madre y viceversa. Y esto porque una porción enorme del sufrimiento de los hijos en las familias viene de la relación hiriente, irrespetuosa y violenta que experimentan, o incluso exhiben, los padres entre sí. Ante esto, el hijo está inevitablemente condenado, sufriente y perdido. Introyectará la atmósfera belicosa e infeliz de lo que ve, y hará malabares interiores para seguir queriendo a ambos padres de alguna manera.
 La relación de pareja debería desarrollar también la dimensión fraterna y amigable del amor, de manera que pudiera expresarse en la fórmula de «estamos juntos, estamos en nuestro lugar de padres, manejamos nuestros asuntos a nuestra manera, y cultivamos la paz y el amor entre nosotros, como amigos entrañables, incluso a la hora de los desacuerdos o de la separación». Desde luego, el paraíso afectivo es un ideal en las familias, fácil de soñar, pero muy difícil de lograr. Es obvio que estamos enfermos de desamor y que la plaga emocional se reproduce generación tras generación. De ahí que nunca es demasiado el trabajo del hijo con los padres para lograr la paz de su corazón, y muy especialmente el trabajo del hijo referido a la relación de los padres entre sí. Una porción increíble del sufrimiento de los hijos y de los hermanos es directamente proporcional a la lucha de sus padres.
 Cuando hay respeto y cooperación entre los padres, es rara la presencia de conflictos serios entre hermanos. Prevalece el amor y el respeto como un reflejo del modelo respetuoso y amoroso de relación entre los padres. Si vamos a los hermanos veremos, a menudo, que conflictos graves entre hermanos reproducen disputas y guerras graves entre los padres. La ecuación es simple: algunos hermanos toman el bando de uno, y otros hermanos el bando del otro.  Y luchan y litigan con la mayor de las pasiones. Entonces el amor cooperativo, fraternal, puede tornarse en odio competitivo. Apenas advierten que odian y luchan en nombre de sus padres. Aquí omito intencionalmente incursionar en el ámbito de los celos entre hermanos y del «complejo de Edipo». No me parece que este complejo sea universal y biológico, sino una derivación de las problemáticas de los padres. En cuanto a los celos que militan con el hambre de amor del niño, no se multiplican ni se estimulan si los padres están claramente en su lugar y no reproducen escenarios antiguos.
 Otro ámbito en el que se recrudecen los conflictos entre hermanos en el interior de las familias se da a la hora de las herencias y los repartos de bienes. Lo que ahí está perturbado es la dinámica de tomar lo que viene de los padres en la primera infancia, que se actualiza después en forma de rivalidades y competencias ante la carnaza de los bienes. Lógicamente, todo esto se nutre de la inconsciencia de los padres y de su dificultad para tomar claramente su lugar, además de sus propios juegos psicológicos con los hijos o del uso ego-centrado y manipulativo que hacen de ellos. Los hijos han quedado trastornados en la satisfacción de sus necesidades por no recibir lo adecuado o lo necesario, o no haberlo sabido reconvertir en lo suficiente. Son pasiones que como células dormidas de nuestra infancia despiertan de adultos cuando encuentran su oportunidad, por ejemplo, ante las herencias. Ahí queremos compensar nuestros sacrificios o nuestras faltas, y se actualizan las viejas rivalidades.

10. Bonobos y/o chimpancés.

El chimpancé del que venimos, y vive dentro de nosotros, es jerárquico, autoritario, a veces brutal, violento, competitivo, impositivo y territorial. El bonobo del que venimos, y que también vive adentro, es empático, orientado al placer, reacio a los conflictos, cariñoso y comunitario. Presupongo que hay que integrar ambos como fuerzas que bien manejadas enriquecen el pasaje de la vida. Pero también presupongo que conviene preguntarse a quién de los dos conviene alimentar con mejores nutrientes. Stefan Zweig en su novela, de obligada lectura, «Los ojos del hermano eterno», nos ilustra al respecto. Su célebre personaje Virata, guerrero anterior a los tiempos de Buda, se orienta a la purificación alimentando la empatía, la virtud y la justicia, después de descubrir durante la madrugada, cuando sale el sol, que en la batalla de la noche ha matado a su hermano.
 «Cuando Virata se aproximó al último cadáver, sintió que su mirada se oscurecía. Sabía que era una de sus víctimas, uno de los que había herido con su espada. Acercó su rostro al del muerto y reconoció a su hermano mayor, Belangur, príncipe de las montañas, que había acudido en su ayuda. Virata se agachó y puso su cabeza en el pecho del hermano. El corazón había dejado de latir, los ojos estaban abiertos, y las negras pupilas le miraban y parecían clavársele en el corazón». Entonces Virata sintió que su espíritu se empequeñecía, se aniquilaba completamente, y, como un agonizante, se sentó entre los muertos. Las negras pupilas de aquel hermano que había nacido de su madre antes que él, continuaban mirándole fijamente y parecían acusarle». El resto de la vida de Virata se puede comprender como una práctica
experiencial del «yo soy tú y tú eres yo».
 Ojalá no permitamos que quede adormecida esta consanguineidad espiritual que yace en nuestra esencia espontánea, como seres humanos. Ojalá estemos atentos a la hermandad esencial de todos, respetando el camino propio de cada quien. Que podamos llorar juntos el dolor de los conflictos y a todas sus víctimas, para que no tengan que perpetuarse. Convirtamos «el yo soy tu y tu eres yo» en el mantra que no cesa de sonar dentro de nosotros. Miremos a este hermano eterno, que nos mira desde los ojos de cada víctima que dejamos a nuestro paso, para mantener blando nuestro corazón. Y, si podemos, permitamos que el árbol de la vida, rebosante de instrumentos musicales, convierta la vida en una sinfonía común, más allá de visados y pasaportes.
Joan Garriga Bacardi

 

Artículo publicado en la Revista de la Asociación Española de Terapia Gestalt (AETG). Agosto 2017
01 febrero 2019 | Artículos

El buen amor en la pareja. Entrevista a Joan Garriga

«Para el buen amor ayuda mucho el haber resuelto herencias familiares problemáticas, dinámicas, lealtades ocultas que dificultan el camino hacia el futuro».  

JOAN GARRIGA

Entrevista realizada por Patricia Berzosa y Mónica Fernández. 

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Patricia Berzosa y Mónica Fernández (en adelante «Caminante»).- ¿Es la pareja un buen lugar donde encontrar la felicidad?

Joan Garriga (en adelante J.G.)- Digamos que es un buen lugar para que, si se dan algunas condiciones, uno pueda experimentarse feliz. Pero buscar la felicidad en la pareja o buscarla en el dinero o buscarla en la fama o buscarla en el conocimiento parece un poco falaz… No parece que la felicidad esté aquí o allí, en ningún lado o zanahoria concreta. Algunas personas que experimentan una cierta felicidad estable la describen más bien como un estado interior, fruto de saber estar con ellas mismas, de saber abrazarse con todo lo que la vida les trae. Fruto de una búsqueda y de un encuentro con el ser esencial que reside en cada uno, como una vibración, una nota, un aroma. Hay una plenitud que es independiente de si tenemos o no pareja y de cómo nos va en pareja, así que no es la mejor apuesta buscar la felicidad en la pareja y tampoco sería muy adecuado acusar de nuestras desgracias a la pareja. Aunque claro, somos mamíferos, y como tales necesitamos contacto, relaciones, vínculos, y pertenencia. El aislamiento no es mamífero, ni natural. Es importante que sepamos y podamos estar solos, pero la ausencia de vínculos o de amores significativos no resulta tan rico. La pareja se puede experimentar como un camino grato, de desarrollo, de creatividad y apertura a la vida, a veces de plenitud y de encuentro, de intimidad y de hondura en la sexualidad. Cuando se reúnen algunos ingredientes como estos, nos experimentamos felices o colmados, o regocijados si se quiere, y logramos incluir los momentos complicados y difíciles que ocasionan los desencuentros en la pareja o algunos retos de crecimiento o de la vida. En sí misma la pareja no está pensada para que automáticamente dé la felicidad. Una pareja está pensada para crear vida, para compartir, para un camino de compañía e incluso de crecimiento, para la intimidad y a veces insisto nos experimentamos felices en ella, sí.

Caminante.- Rescato esto que mencionas de crear vida, porque si bien la pareja no está pensada para darnos la felicidad, sí que es la puerta de entrada de la vida.

J.G.- La pareja es el principio de la vida y por tanto un asunto espiritual. Viene dirigida por el poder creativo o sabiduría de la naturaleza, por lo menos como encuentro sexual. La pareja es un asunto que se adapta a la cultura de cada época, pero es impulsada por la fuerza grande de la naturaleza que es la sexualidad. Somos consecuencia y fruto de los grandes movimientos del espíritu que nos toma a su servicio para que la vida prospere. La pareja en cierto modo está al servicio de la vida porque la pareja es la fábrica, es la fuente creativa. Todos venimos invariablemente del encuentro entre un hombre y una mujer, o del encuentro de dos células de hombre y mujer. La sexualidad actúa. Si luego se convirtieron en una pareja que se acompañaron o no, convivieron o no, criaron juntos a un hijo o no, es otro asunto. Pero la sexualidad y la pareja son el principio de la vida, la fuente de la vida y el cuidado de la vida para muchas personas, sin duda.

Caminante.- Junto a la sexualidad, otro de los pilares fundamentales de la pareja es la igualdad.

J.G.- Igualdad de rango, sí. No tienen por qué parecerse el uno al otro en la pareja, ayuda la diversidad, incluso muchas veces es mejor que haya diversos tonos, diversas formas, que sean relativamente complementarios y no tan similares. Pero es muy importante la igualdad de rango. Esto quiere decir: ni mejor ni peor, ni por arriba ni por abajo, ni por delante ni por detrás, si no lado a lado como iguales. A veces esta igualdad de rango no es tan sencilla de cumplir. Algunas personas activan esquemas de relación en la pareja donde se sienten mejor tomando una posición de superioridad o de inferioridad, por ejemplo dando mucho y teniendo al otro en deuda, menoscabándolo o empequeñeciéndolo un poco. O poniéndose en dependiente y demandante, como una panza grande que jamás está saciada, que sin duda pertenece al guión y la trama infantil de la persona, lo cual obliga al otro a dar y dar y al mismo tiempo sentir que nunca es suficiente. Hay que cuidar siempre en la pareja que se dé el equilibrio para que los dos sean iguales de rango, igualmente dignos y que uno no se sienta con demasiados derechos sobre el otro, o con demasiadas deudas. Cuando experimentamos derechos sobre el otro es porque le dimos mucho y está en deuda; o experimentamos deuda porque el otro nos dio mucho y no podemos compensarlo. Entonces se activa un movimiento de incomodidad en el pecho, en el cuerpo, que hace que ya no nos sintamos tan fluidos, ni podamos mirar claramente a los ojos de la otra persona. Deudores y acreedores ya no se miran confiadamente a los ojos, y experimentan el deseo de aliviar su tensión yéndose. Por esto alguno que dieron mucho quedan sorprendidos cuando su pareja se va. No entienden porque, con lo mucho que dieron, sin percibir que fue precisamente por esto. Algunos encuentran mayor seguridad en el control que en el amor, y en ocasiones dar mucho es una forma de control. Pero debemos saber que la pareja es un encuentro entre igualmente adultos, y no funciona cuando la pareja es un encuentro entre un adulto y un niño, o entre dos niños donde uno juega el papel de sobreadulto y e otro de dependiente y empequeñecido.

Caminante.- ¿Se da muy a menudo esto de que en la pareja haya una relación de dos niños en lugar de dos adultos?

J.G.- Quizá pueda sorprender al lector, pero yo diría que esto es muy habitual. Habitualmente trabajo acompañando personas a encarar sus problemas y tránsitos existenciales como psicólogo y psicoterapeuta, usando distintas herramientas de terapia humanista, la terapia gestalt y del abordaje sistémico. En constelaciones familiares me ha tocado trabajar con muchas personas sus temáticas de la pareja y lo que uno observa es que mirando las profundidades, dentro de todos nosotros sigue activo este niño que fuimos o esta niña que fuimos. Y lo que yo veo en mi practica de ayuda es que lo que nos faculta para encontrar un buen lugar interior para ser pareja al lado de otra persona, tiene que ver con la historia con nuestros padres, con habernos despedido de la infancia y con haber tomado aquello que nuestros padres tenían para darnos. Esto lo explico con claridad en mi libro «¿Dónde están las monedas. Sanar el vínculo entre hijos y padres». Ayuda haber curado aquellas heridas que nos lastimaron o que fueron difíciles o traumáticas, haber soltado aquellos anhelos de lo que no pudo ser. Es todo un proceso de tomar y ponerse en paz con aquello que viene de los padres, lo cual nos catapulta hacia el lugar adulto y nos permite ponernos ante otra persona como adultos, dejando atrás vanas esperanzas, vanas exigencias, expectativas ilimitadas, rencores y sobre todo posiciones que luego en la pareja generan mucha dificultad y mucho sufrimiento. Me refiero a posiciones manipulativas que conllevan juegos psicológicos con resultado de sufrimiento. Por ejemplo cuando vamos a la pareja y estamos en una posición de víctimas, o de vengativos, de arrogantes, de salvadores, de narcisistas, de grandilocuentes, de rígidos, o de irresponsables, y mil etcéteras. Lo que descubrimos es que estas posiciones son mantenidas por un niño que hizo este aprendizaje respecto a los padres y que aún en la pareja se mantiene esperando que algunas heridas puedan ser compensadas. En lugar de arreglarse uno y limpiar su propia casa, espero que la pareja sea el detergente que por fin lo volverá a uno digno. Por eso a veces las crisis de pareja son maravillosas oportunidades para que nos podamos ver a nosotros mismos ante un espejo agrandado y podamos tener la posibilidad de curar, de trabajar, de soltar algunos defectos, herencias o exigencias que son tiránicas de este niño interior que quedó lastimado, demasiado exigido o no respetado en su momento.

Caminante.- ¿Cómo es este “tomar a los padres” para poder tener un buen amor en nuestra pareja?

J.G.- En el trabajo con constelaciones encontramos asuntos de dinámicas familiares, a veces muy complejas, que desvelan nuestro lugar de niños y nuestro amor sacrificial. Imagínate un hijo que vivió una dinámica con los padres en la que la madre por ejemplo a menudo estaba triste, o deprimida, o no quería vivir. Luego descubrimos un hecho importante como que a lo mejor la madre perdió a su padre cuando era muy niña y se ha quedado siempre con esta pena y con esta fragilidad y con el deseo casi invisible de reencontrar al padre o ir con él a la muerte. El padre y la madre se quieren en origen, pero la madre tiene esta energía pesada de muerte, y el padre se aleja paulatinamente de la madre o se enoja. Entonces el hijo toma una posición salvadora. Mi madre no está bien, mi madre está triste, mi madre está enferma, mi madre tiene problemas y yo por amor a mi madre me elevo por encima de ella y tomo una posición salvadora. Pues ya tenemos fabricado un hijo que luego se prepara para ir a la pareja especializándose también en una posición salvadora. ¿Qué sería para este hijo tomar a los padres? Sería respetar que los padres son grandes, que le dieron lo mejor, que para un hijo no es posible llevar sobre sus espaldas el sufrimiento de los padres, que a un hijo no le corresponde tomar el lugar del abuelo que murió y pretender de esta manera calentar el corazón de la madre, o ponerse en el lugar del padre como la pareja invisible de la madre o tratar de conciliar las diferencias y conflictos entre sus padres. El hijo de grande tendrá que mirar claramente toda esta telaraña de los hechos, de las dinámicas que hubo con los padres y poder asentir a ello ya que así fue, estar de acuerdo en la manera que fue, desenmascarar su propia participación en ello, y salirse de este lugar de sacrificio y de implicación.

Esto es un caso ficticio en que el hombre se pone de salvador, pero siguiendo con la ficción entonces es muy posible que se encuentre una pareja que en su familia de origen los padres discutían mucho o bien estaban ensimismados el uno con el otro. Y toda la energía fluía entre el padre y la madre; y la hija siempre sintió que no le llegaba algo crucial que era una atención, un amor y un cuidado… Con ello se especializó en sentirse víctima, en ir por la vida con el mensaje de que me falta algo, tenía que haber recibido más, no me dieron lo suficiente. Entonces estas dos personas se encuentran y forman una pareja. Ella juega al juego de la víctima que espera que el otro le salve y el salvador juega el juego del salvador que necesita una víctima para poder confirmar su posición de salvador. Esta pareja va a establecer danzas de relación que tendrán su lado positivo al principio, por tratarse de una zona conocida, pero que invariablemente les crearán problemas en le futuro, y tendrán que aprender otras danzas de relación que no sean la de la víctima y el salvador. Tendrán que revisar lo que pasó con sus padres y llegar a poder sentir y decir adentro: “me distéis lo suficiente, lo tomo tal como pudo ser y así lo agradezco y sigo mi camino a mi propia manera». Un ejercicio que todos necesitamos hacer de adultos es estar de acuerdo con lo que fue posible aunque fuera duro y difícil, abrir nuestro corazón a lo que sí recibimos tal como nos llego. De esta manera nos hacemos más grandes, más plenos, y tomando a nuestros padres el camino hacia la pareja es mucho más sencillo. No hay tanta turbulencia emocional ni hay tanta exigencia y expectativa.​

Caminante.- Joan, después de tantos años trabajando sobre asuntos de pareja, ¿dónde crees que reside nuestro infortunio en temas amorosos?

J.G.- En realidad el infortunio siempre vive dentro de uno mismo, y lo llevamos a la pareja y a otras cosas y ámbitos de la vida. El infortunio empieza cuando nos oponemos a la realidad tal y como es, o mejor dicho, tal y como ha sido. Todo malestar hunde sus raíces en la oposición, o sea cuando sistemáticamente estamos en contra de las cosas tal y como se manifiestan. Si quieres, empieza en el desamor a uno mismo y en la idea de que algo esencial falla en uno y debe ser cambiado. Lo decía Buda: «Sufrimiento es estar lejos de lo que quiero, o cerca de lo que no quiero». Y seguramente el bienestar tiene que ver con acabar queriendo las cosas que han sido, tanto si nos gustaron como si nos hubiera gustado que fueran distintas. Es afortunada la pareja que puede mirarse a si mismo y decir: – Si. Me alegras. Me alegra que así seas, tal como eres. Así está bien. Y también cuando pude mirar a la otra persona y decir: – Si. Me alegras. Me alegra que seas tú. Como eres está bien para mí. Pero muchas parejas dicen: – No, deberías de ser de otra manera. Todo sufrimiento empieza por la palabra debería. Es decir, debería de haber sido de otra manera. En pareja hay que saber que generalmente el principio empieza con el enamoramiento, y enamoramiento significa me mueves mucho pero no te veo bien o te veo poco. Por eso se dice que el enamoramiento es ciego, el otro nos mueve aunque no sabemos bien quién es. Luego viene la relación, y en la relación nos vamos conociendo. Ocurre que con el tiempo ya vamos viendo mejor a la otra persona pero ya no nos mueve tanto. Aunque nos mueve lo suficiente como para que la elijamos para un camino común. Tenemos que saber que algún precio vamos a pagar, que el otro es como es y no es como nosotros quisiéramos que sea. Y elegimos. Siempre es una lucha entre nuestras imágenes interiores de cómo queremos que sea la vida y la realidad de cómo es y de como son las personas, la pareja, los hijos, etcétera. La pareja es una elección, y con el tiempo tendremos que dirimir si amamos a la persona que tenemos al lado o a la persona que tenemos en nuestra cabeza. El infortunio casi siempre toma la forma de una lucha contra lo que es, con la pretensión de que debería encajar con nuestros ideales de cómo deberían de ser las cosas. Así que cuando uno siente que el precio es demasiado alto y la relación que creamos es demasiado turbulenta, o tenemos otra imagen muy distinta de cómo queremos que sea nuestra pareja, lo mejor es irse. Demasiadas parejas sufren porque en lugar de querer a la pareja quieren a la persona que tienen en su cabeza y quisieran que su pareja se pareciera a esta persona que tienen en su imaginación. Y esto es una fuente de infortunio enorme. La clave sigue siendo que nos hagamos adultos. El infortunio viene porque tenemos expectativas infantiles, el infortunio viene también porque nuestro camino y el de la otra persona van en direcciones tan opuestas que aunque el amor esté presente, no está presente la posibilidad de la satisfacción y de la felicidad en el amor. Hay que saber también que el amor no lo puede todo. Porque si el amor lo pudiera todo la felicidad en pareja sería mucho mayor.

Caminante.- ¿Qué diferencia un buen amor de un mal amor?

J.G.- (Risas) La diferencia principal es que en el buen amor uno más uno suman más que dos. Y un mal amor es aquel en el que uno más uno, caminando juntos, en lugar de expandirse se contraen y suman mucho menos que dos. En lugar de experimentar sentimientos nutritivos, experimentan sentimientos desvitalizantes y el cuerpo en lugar de experimentarse ligero y alegre, se experimenta contraído, asustado y tenso. Para el buen amor ayuda mucho el haber resuelto herencias familiares problemáticas, dinámicas, lealtades ocultas que dificultan el camino hacia el futuro. Hace poco trabajé con una pareja y trajeron un tema que es muy común y muy doloroso: la infidelidad. Ellos se preguntan, ¿qué hacemos? ¿podemos seguir juntos? Nos gustaría porque nos queremos. El hombre tuvo una infidelidad e incumplió un pacto; empezamos a trabajar y encontramos que en la pareja de los padres de ella el padre fue infiel. En la pareja de los padres de él, el padre también fue infiel. Esto parecía una pauta y los hijos responden con una cierta lealtad a un modelo establecido. La dinámica en la familia del hombre era: el padre es malo porque ha sido infiel y mi madre es buena porque ella ha sido la victima de esta infidelidad. Entonces el hijo se alía con la madre en contra del padre al que pretende excluir de su corazón. Y en la familia de la mujer pasa lo mismo, la hija se alía con la madre a la que ve como víctima de las infidelidades del padre, al que también excluye de la dignidad y el amor. Esto tiene un precio alto porque una y otra vez ocurre que aquello que rechazamos, porque el rechazo dirige su energía a ello, luego se nos hace muy presente en nuestra vida. Y porque la exclusión es más una pretensión de la mente que no una realidad del Alma. Para esta pareja estaba cantado que la lealtad a su sistema de origen les llevaría seguramente a tener que enfrentar el asunto de la fidelidad y la infidelidad, como si estuviera escrito en el libreto familiar, y formara parte del código del ADN familiar. Pudieron ver todo el asunto e iniciar el camino para dejar con sus padres lo que les toco, y lograr ellos su propia manera.

Caminante.- ¿Y se puede superar? ¿Se puede superar la infidelidad?

J.G.- La infidelidad es un problema cuando se ha pactado fidelidad porque supone un quiebre en la confianza. Y por supuesto se puede superar en ocasiones. Por un lado para esta pareja fue muy liberador darse cuenta de que en parte se sentían como marionetas de un escenario mayor, de una trama mayor donde este tema formaba parte del núcleo familiar en un sentido extenso. Por otro lado se tienen que mirar a los ojos y darse cuenta de que aquí hay una herida para su propio camino como pareja. Es decir, no solo hay una lealtad familiar sino que el hombre ha incumplido el pacto y ha herido a la mujer con este incumplimiento. Es importante reconocer la responsabilidad personal junto con las lealtades familiares. El hombre tiene que decir y experimentar “lo siento, sé que te he dañado y merezco pagar por ello”. Y la mujer tiene que vengarse de este hombre de alguna manera (risas).

Caminante.- Ilústranos (risas)


J.G.- Es un concepto de Bert Hellinger, el de la venganza amorosa. Viene a ser una compensación que restaura el equilibrio y, al ser amorosa, también posibilita seguir en la relación. No funciona nada bien cuando en la pareja uno dice: – Yo te perdono a ti. Generalmente no es verdad, se trata simplemente de una pretensión o un juego interpersonal. La experiencia interior y real del perdón es muy exigente, es casi heroica. Perdonar significa amar aquello que ocurrió y poder abrir el corazón a lo que ocurrió de la manera que ocurrió. En general y para muchas parejas lo que sucede con el perdón es lo siguiente: el que perdona se eleva por encima del perdonado, se hace más grande y orgulloso, y el perdonado se hace pequeño y casi indigno. Y entonces queda en entredicho la igualdad de rango. Se quieren pero uno se siente mejor y por encima y el otro se siente pequeño y por abajo. Entre adultos funciona mejor decir: tú me has hecho un daño y como me importas y me importa nuestra relación voy a tener que hacer algo que también te duela un poco. La venganza amorosa significa una compensación menor. O sea, si tú me has sido infiel no lo vas a pagar con una infidelidad mía, esto sería ponerme a tú nivel, en simetría. Tiene que ser menos. Incluso hay parejas que dicen “tú me hiciste esto pues yo te lo devuelvo doblado”. Esto es venganza sin amor y sus consecuencias pueden ser destructivas y terribles para los dos. Pueden entrar en una escalada bélica donde la pareja pierde el sentido porque se acaban convirtiendo en dos enemigos haciéndose daño mutuamente.

 

Una venganza amorosa sería por ejemplo la idea que le di a una mujer con la que trabajé hace años por un tema de infidelidad: que eligiera a la amiga que peor le caía al marido y que se fueran diez días de viaje a algún lugar hedonista, con masajes, con buena vida y que todo esto lo pagara la tarjeta de crédito del marido. Y que no le contara en absoluto qué es lo que habían hecho o habían dejado de hacer. (risas)

La venganza tiene que ser con amor y un poquito menos, como explica Hellinger, porque entonces cuidamos del amor. Si nos vengamos pero un poquito más esto es una herida muy grande para la relación.

Caminante.- Amar es de valientes, nos abre a lo más maravilloso, a experimentar ese campo de crecimiento y de felicidad, pero también nos abre a la posibilidad de que nos duela, de sufrir.

J.G.- Exacto. El logro en el camino de la vida, probablemente sea la apertura a todas sus dimensiones. Y la vida tiene risas y lágrimas, tiene vida y muerte, amor y dolor. Cuando unos padres se abren a la vida de un hijo, se abren a su destino, a sus maravillas pero también a que puede enfermar o incluso morir. Cuando nos abrimos al amor de una pareja es maravilloso también, pero nos hacemos candidatos al dolor y a la pérdida. En esto hay que elegir. O vivimos y nos puede doler, o no vivimos y nos protegemos de la vida. Tal vez hacemos elecciones de vida empobrecidas y sin riesgo con las cuales el corazón pueda sufrir menos y quedar a resguardo, pero el precio entones es justamente éste, que la vida se nos pone deslucida, y vivimos mucho menos. Es como si dejáramos de mirar a una rosa porque al cabo de un rato no la miraremos y sufriremos por haberla mirado. La vida es movimiento, y tiene todos los colores, todas las atmósferas, todos los ritmos, todos los ciclos y sin ninguna duda el reto para la mayoría es ser más amorosos cada día con lo que nos trae a cada momento. Esto significa también abrirse a la dimensión dolorosa de la vida. Sin la aceptación real y cruda del dolor, no hay una verdadera apertura al amor tampoco.

Caminante.- ¿Cuál sería en la pareja la función del compromiso?

J.G.- Generalmente el compromiso es acompañarse, estar al lado, vivir juntos, permanecer juntos ante las vicisitudes de la vida. También significa estar convencido de que el otro quiere nuestro bien y sentir claramente que queremos el bien del otro. Significa desear espontáneamente la felicidad del otro. Significa que hemos aterrizado con fuerza al lado de nuestra pareja y que tiene más peso y fuerza y lugar que nuestras parejas anteriores o nuestra familia de origen. A veces nos encontramos con que hay personas que están en pareja pero parecen más el hijo de su madre que el marido de su esposa. O parecen más el ex marido de la ex esposa que el marido de la esposa actual. Compromiso significa principalmente estoy aquí, he aterrizado aquí, siento adentro mi competencia para estar a tú lado en el camino que queramos trazar juntos. Y aquí cada pareja inventa su manera y su propio camino. Y no es lo mismo una pareja con diecisiete años que una pareja con ochenta y nueve años, que una pareja con treinta y cuatro, que criando hijos que no criando hijos. La vida es muy compleja y tiene muchas fases y ciclos, y la pareja va cambiando de forma en función de aquello que las personas necesitan vivir. Una pareja de largo recorrido es una pareja que se ha comprometido y han vivido tantas cosas juntas… Compromiso significa juntos, principalmente juntos. Y han crecido.

Caminante.- Parece que nos cuesta desear la felicidad del otro igual que la nuestra propia. Sobre todo si la felicidad del otro supone el abandonar la relación.

J.G.- Si, si… En la vida aprendemos que esto es una heroicidad. Con veinticinco años el foco de la mayoría de las persona está puesto en el yo, en el ego, en los intereses y deseos personales. Pero la vida también es aprender a soltar y a desapegarse, a renunciar y desarrollar generosidad. Probablemente no haya mayor bienestar que ver el bienestar y la belleza de la vida y de los demás. Puede que nuestra pareja quiera iniciar otro ciclo de vida y este otro ciclo de vida está lejos de nosotros. Desearíamos seguir con él o con ella y se presentan situaciones dolorosas. Voy a decir algo que a lo mejor suena extraño, pero las parejas que han vivido un buen amor, cuando llega el momento de la separación porque hay otros caminos que se cruzan, se separan mejor también. Hay menos turbulencias, hay menos líos, es más fácil separarse también con buen amor y respeto. Las grandes turbulencias en las separaciones vienen porque hay dos niños luchando ahí por asuntos antiguos. Cuando nos adentramos en los territorios terapéuticos y en las profundidades del alma humana y de las conexiones del corazón esto se pone muy evidente.

 

Caminante.- ¿Qué disposición hemos de tener para que nuestro corazón albergue un amor más desarrollado? ¿Sería quizá conectar con nuestra espiritualidad, con un propósito mayor, con un servicio?


J.G.- Yo no sé lo que se debería hacer o no se debería hacer. Honestamente no lo sé. La vida es un camino muy personal y todos estamos invitados a hacer de este camino una obra de arte o algo digno, o algo que valga la pena. Yo creo que la vida es más valiosa cuando paulatinamente vamos desarrollando también un poquito más de generosidad, especialmente cuando servimos a la vida. Probablemente el sentido de la vida sea, por supuesto, vivirla, abrirse a todas sus dimensiones, pero también servir a la vida. Y esto significa entregar nuestros dones, dar lo que tenemos y mirar más allá de nosotros mismos para que haya más belleza. También para no interferir con el flujo de las cosas. No hay mayor regalo que le podamos hacer a alguien que decirle “te dejo ser como eres”. Como decía Víctor Hugo, una de las cosas más bonitas que nos pueden suceder en la vida es: «ser amados por nosotros mismos…bueno a pesar de nosotros mismos» (risas). Esto es un reto también, vamos a amar a nuestros padres con sus dificultades o sus defectos, vamos a amar a nuestros hijos también con lo que es difícil para ellos, con lo que nos desagrada. Esto es muy espiritual, porque supone una reverencia a la vida, y entonces la vida se pone más bonita.

Caminante.- Comparte con nuestros lectores un último pensamiento inspirador, Joan.


J.G.- A mí me resulta muy inspiradora una frase de San Agustín. Me parece un hombre de gran sabiduría y esta frase dice: “la felicidad consiste en tomar con alegría lo que la vida nos da y también en soltar con la misma alegría aquello que la vida nos quita”. Esto es una apertura de corazón hacia aquello que la vida nos ha regalado de la manera que lo ha hecho, nuestros padres, nuestras experiencias, etc. Pero la vida es un balance de ganancias y pérdidas, perdemos muchas cosas. El reto también es poder abrirnos y lograr alegría por aquello que perdimos. Quizá no lo podemos hacer de inmediato, perdemos una pareja o perdemos parte de nuestra salud, con lo cual estamos en procesos emocionales difíciles. Pero sí podemos ir desarrollando este principio de asentimiento, de conformidad con aquello que la vida nos da y nos quita a cada momento.

Más información: El buen amor en la pareja. 

Entrevista a JOAN GARRIGA realizada por Patricia Berzosa y Mónica Fernández para el programa de radio «Caminando por la vida». Publicada en el libro «12 caminos para volver a ti» (ed. i).

07 enero 2019 | Artículos

El amor en la madurez

Déjenme imaginar la vida como una danza continua, en la que todos sus movimientos sean creaciones y refinamientos de dos notas básicas: expansión y contracción, avance y retroceso, conquista y rendición, ganancia y pérdida, ascenso y descenso, vida y muerte. Permítanme además imaginar una vida como la mía o como la suya, como un viaje completo en el que, evolutivamente, en cada momento, nos toca encarar y vivir distintos deseos, temores, voluntades y tareas. Aunque sea obvio, recordemos que no es el mismo corolario de vida el que tenemos con veinte años que con sesenta, por ejemplo. Nos impulsan fuerzas y necesidades diferentes. Si a los 20 años nos estimula el futuro y el deseo de construir, a los sesenta la necesidad de dar sentido al pasado vivido y vivir gozosamente el discurrir de los días.

A veces, he imaginado a la vida, como un viaje de ascenso a lo alto de una montaña que culmina en la fase media de la vida, y luego nos queda el descenso. La primera es el tiempo joven de la conquista, en la que fecundamos la vida para que encaje con nuestros planes y deseos: fortalecemos nuestra identidad, edificamos un recorrido profesional, nos las vemos con los asuntos de pareja y criamos hijos o no, aportamos lo que tenemos a la vida, nos arrastra nuestra pasión por conocer y realizar, y seguimos con todas nuestras fuerzas los caminos por los que somos movidos. Con suerte, llegamos a lo alto de la montaña y gritamos a los cuatro vientos nuestros logros y éxitos, e invariablemente se nos devuelve un eco que nos dice que en verdad no tiene tanta importancia, que éste que llamamos Yo y al que consideramos el centro de todo, ahora se las va a ver con el descenso y con las perdidas, con la comprensión de que la vida es efímera y tiene un final, con la imagen dibujada en el horizonte de la propia muerte como estación de destino. Empieza el descenso y, con fortuna, si hemos cultivado un cierta sabiduría, entramos en una extraña paradoja: la de que perder y descender es suave y produce una sorprendente suerte de alegría y felicidad; la que viene de que ya no tenemos que preocuparnos tanto, y podemos exponernos al flujo espontáneo y confiado de la vida. Ya no tenemos que luchar y defender, y experimentamos la dulzura del desapego y una entrega mayor a la soberanía de la vida como es, por encima de nuestra voluntad personal.

Leonard Cohen dice que “Los pesimistas están muy preocupados porque quizá vaya a llover. Yo, en cambio ya estoy mojado”. A continuación añade: “Lo único que se acerca a un consuelo es el ‘Hágase tu voluntad’. Uno debe preguntarse hasta qué punto quiero convertir esto en el principio regidor de su vida: la idea de que todo se despliega en un mecanismo que te resulta imposible de entender. Y que lo tomas o lo dejas”.

Se suele decir que el amor joven es impulsado por la tiranía de la sexualidad con su imperativo certero de que disparemos nuestras flechas de vida hacia el futuro, que el encuentro de los amantes arde; que el amor de los adultos se convierte en un amor cuidado, que los amantes se han hecho padres y cuidan de su prole y del sostén; que el amor maduro es un amor que busca la compañía, el compartir y el cuidado, y goza de tranquilidad. Sin duda, la pasión, el cuidado y la compañía pueden estar siempre presentes en distinto grados en cualquier fase de la vida. También en el amor maduro importa, y mucho, el roce de los cuerpos, los cariños y la vivencia del placer. Y ya sería hora, además, de que pensáramos abiertamente que la sexualidad termina con la vida y que, incluso en la ancianidad, tiene su presencia en su forma particular y distinta del disloque hormonal juvenil.

El amor de pareja en la madurez encaja con el descenso de la montaña y cuando se ha ascendido con sentido, el descenso supone mayor libertad, tranquilidad, ligereza, desapego y entrega al presente… Los grandes planes ya fueron trazados, los grandes logros ya fueron realizados, los hijos ya fueron criados, y ahora podemos ser de nuevo un poco niños y vivir de nuevo lo que hay y lo que cada día nos trae “con un nuevo corazón tembloroso” como diría Neruda. Por otro lado las adversidades naturales de la vida han limado las aristas de nuestras pasiones y nuestro carácter, las desdichas nos han sensibilizado a una luz que la prosperidad estricta nos mantenía velada, y empezamos a entender el lenguaje del ser y no sólo de tener, el sabor del misterio y no sólo el de la propia voluntad, el gozo de lo incierto y no sólo su temor.

Surge una perspectiva madura, sabia, ondulada del amor. La mayoría de estudios coinciden en reconocer que el índice de felicidad es mayor en persona de entre cincuenta y setenta años. ¿A qué se debe? A un cambio de actitud más que a un cambio de las circunstancias. Y esto impacta en el ámbito de la pareja de manera que la rellena con frutos nuevos. Veámoslos:

Mayor pertenencia y fusión. A las parejas que acumulan muchas millas de amor logrado se les premia con una gracia especial, la de “ser un solo cuerpo”. Así lo expresaba un matrimonio mayor, tocados ambos por un evidente gozo de estar juntos: “a veces no sé si su pierna es mi pierna o la suya”, decía él. Una antigua fábula asiática explica que, cuando Dios hizo al hombre y a la mujer, al principio les dio un único cuerpo, lo cual satisfacía su deseo de fusión pero no el de autonomía, y reclamaron pidiendo dos cuerpos, y Dios se los concedió. A él un cuerpo de hombre, a ella uno de mujer. Se cuenta que, desde entonces, experimentan un profundo anhelo de volver a ser uno, dando incansables bandazos entre libertad y simbiosis. Sea como sea, el anhelo de pertenecer, formar parte y estar vinculado profundamente, es el mayor instinto de los seres humanos. Al principio a nuestros padres, después a nuestras parejas y a las familias que creamos, y por supuesto a nuestra pareja en la madurez.

Mayor entendimiento, comprensión y respeto. Si el viaje propio y también el común, ha sido verdadero y se han aprestado a desarrollarse como personas auténticas, ambos han aprendido el código de la tolerancia y el aprecio de lo ajeno, a sentir tan importante al otro como a uno mismo. Han flexibilizado sus creencias y sus mapas de la realidad y abierto el corazón a lo distinto. Si además acumulan muchas millas de amor logrado disfrutan de un gran almacén de actos comunicativos fértiles y esquemas de relación previsibles, que les dan reconocimiento y la seguridad de sentirse nuevamente en casa una y otra vez.

Mayor alegría, gozo y sentido del presente. Una progresiva relajación de nuestras pasiones, responsabilidades y objetivos, franquea la entrada a un progresivo e inesperado regreso a la tierra prometida del “presente”, que nos hace resonar con el viejo paraíso perdido del “presente” de nuestra niñez, cuando vivíamos más en el vivir y menos en nuestros pensamientos sobre el vivir. Con suerte, en la madurez, la mente se vuelve más silenciosa y más abierta a la alegría por nada de cada momento, que la vida tal como decide ser, nos sigue regalando. En la pareja empieza a edificarse una dimensión del amor, en la que amamos al otro no tanto por lo que nos produce, nos mueve o nos satisface, sino por ser como es y por estar ahí. Y los días se llenan de una actitud más gozosa.

“Inclinado en las tardes tiro mis tristes reddes a tus ojos oceánicos”, reza un poema de amor de Neruda. Quizá el amor maduro sea también un amor trascendente. En este amor, a través de los ojos oceánicos del otro, vamos más allá de él y abrimos esperanza, alma y corazón a un amor más amplio que abarca a todo y a todos. Y nos volvemos más y más altruistas y generosos. Y cerca del final sonreímos y seguimos plantando árboles de cuyos frutos otros comerán en nuestro lugar.

Esto es lo que hoy he imaginado, que no vivido, pues aún no siento que haya reunido méritos y años suficientes como para ingresar en plenitud en las filas de la madurez. Por lo que hace al ámbito de la pareja, sí que acumulo cicatrices propias suficientes, y miles de horas con las luces y sombras de otras parejas, como para entender un poco las bravuras de estos oleajes y desear, eso sí, las aguas tranquilas. Por eso lo he imaginado con optimismo, y tal y como lo he visto en algunas parejas afortunadas, con muchas o pocas millas de recorrido, con muchos hijos e historia detrás de sí, o con poca. He preferido obviar, en este relato, a los que se compactan con los años en lugar de algodonarse, a los que siguen conquistando en lugar de saber declinar con dignidad, a los que se imponen en la madurez y la vejez en lugar de saber morir un poco antes de morir del todo, y ganar en vida un poco de vida eterna –el presente maravilloso-, antes de que la eternidad nos engulla y acoja a todos por igual, con sus enormes brazos, como una gran madre.


Joan Garriga
Abril 2011

07 enero 2019 | Artículos

Confiar en uno mismo

Confiar en uno mismo consiste en saber, con mente, cuerpo y alma que algo nos es posible y nos es merecido. Sin embargo, la verdadera confianza únicamente podemos disfrutarla en su justa medida, en el equilibrado fiel de la balanza. Algunos, por ejemplo padecen déficit de confianza, y sabiendo o pudiendo más de lo que creen, se quedan cortos y cautos en sus acciones. Arriesgan poco, por debajo de lo que pueden. Entregan menos de lo que tienen y escatiman lo que atesoran. Más que humildes son cobardes y deberían reconocerse mayor grandeza. Otros, por el contrario, padecen exceso de confianza, y sabiendo o pudiendo poco sobre algo, se encaraman en lo alto de un personaje inventado, y van más allá de sus conocimientos, capacidades y límites, pasando gato por liebre, causando estropicios o dañándose a ellos mismos. Arriesgan por encima de lo que pueden y la realidad les confronta con su verdad interior y les devuelve a sus límites. Deben aprender humildad. Por tanto, la tarea consiste en saber con nitidez lo que nos es posible y merecido, matriz de la confianza.

En la vida hay momentos en los que la mayoría podemos caer en estados de confusión y verlo todo negro, en los que nos asaltan las dudas sobre si conseguiremos lo que queremos, o si somos capaces de lograr aquello que nos proponemos o llegar a ser lo que queremos ser. Nos asaltan pensamientos invalidantes del tipo: ‘no voy a ser capaz’, ‘no tengo las habilidades para conseguir lo que me proponga’ o ‘no lo merezco’ o ‘no es posible para mí’.

A veces creemos que no somos tan buenos, inteligentes y dotados para llegar a lograr nuestras metas. Esto suponiendo que estemos en un momento en el que sabemos lo que queremos. Son situaciones en las que estamos en contacto con el miedo e incluso nos quedamos paralizados, sin atrevernos a enfrentar la vida y dudamos de nosotros mismos.

Una de las causas profundas de esta desconfianza es el concepto, muy arraigado en nuestra cultura, de que las cosas están bien o están mal, de que somos buenos o malos. Es decir, dividimos el mundo entre lo correcto y lo incorrecto, y nos enjuiciamos y condenamos a nosotros mismos. No nos dejamos ser lo que somos, con todas nuestras partes y no confiamos en que nuestra manera de hacer las cosas puede ser tan válida como cualquier otra. Nos ponemos exigentes en que deberíamos ser de una manera determinada, normalmente nos exigimos ser perfectos. En que consiste esta perfección, básicamente en que no tenemos que tener partes oscuras, aquellas que nosotros consideramos como negativas. Para algunos es no ser agresivos, ni miedosos, ni lujuriosos, para otros es no ser débiles, ni frágiles; para la mayoría es ser bondosos y querer a los demás. La realidad es que tenemos miedo, nos enfadamos y nuestras pasiones y deseos nos arrastran a veces, y que hay algunas cosas con las que no podemos y otras que nos hacen sentir vulnerables ¿que hacemos con estas emociones y estas necesidades? Renegar de ellas e intentar ocultarlas, reprimirlas y negarlas, decir que ya no voy a ser así nunca más. Este es el error que cometemos, en nuestro interior sabemos que aunque las neguemos siguen estando ahí y nos sentimos incapaces y no confiamos en nosotros. Aunque sabemos que esto forma parte de nosotros y que estamos haciendo mucha fuerza para reprimir ciertas actitudes. Sabemos que no somos como el ideal de perfección que queremos ser y no confiamos en nosotros mismos. Hemos aprendido a perseguirnos, a no aceptarnos como somos. Al enajenarnos de nuestra verdadera realidad perdemos nuestros puntos de apoyo. La realidad es que somos un todo muy complejo de valores, actitudes y capacidades.

Desde la terapia Gestalt creemos que estamos formados por conjuntos de polaridades, es decir de actitudes y capacidades que aun pareciendo opuestas, conviven dentro de nosotros y cumplen funciones útiles. Yo soy agresivo y a la vez soy pasivo, yo soy amable y a la vez desagradable, yo soy tierno y a la vez frío. Cuando no queremos asumir alguna de estas cualidades y la negamos, entonces empezamos a desconfiar de nosotros mismos. Si nos aceptamos tal y como somos creyendo que estas características que tenemos nos pueden ser útiles en algún momento, y que seguramente nos pueden servir para poder adaptarnos mejor a la realidad y a los diferentes contextos, entonces es más fácil que confiemos en nosotros y en nuestra naturaleza. Si que podemos darnos cuenta que algunas de nuestras partes pueden ser perjudiciales para nosotros y para los otros en algún momento, pero eso no significa, que neguemos que existen, sino que tenemos que aprender a canalizarlas para poderlas utilizar de forma adecuada.

Es común en personas que no pueden confiar en ellas, el hecho de haber recibido mensajes muy contradictorios o negativos, especialmente durante su infancia. “Eres la peste”, “estas poseído por el diablo”, “eres un castigo divino”, “eres malo, dios te castigará”, “eres mas malo que Barrabás”. Son frases que algunos clientes de terapia han escuchado de sus padres cuando eran pequeños. ¿Qué clase de concepto de si mismos han desarrollado estos hijos? Primero, que tenían algo malo en su interior, y después, que fuera de ellos reside un poder que los juzga, que sabe cual es el bien y el mal. ¿Como pueden confiar estas personas en si mismas cuando son mayores? Lo tendrán bastante difícil. Si sus padres no confiaron en ellos, como van a poder hacerlo ellos en si mismos. Con suerte, a posteriori la vida les regalara experiencias en las que se podrán sentir validados o encuentros con personas constructivas a través de las cuales podrán cambiar sus valores interiores.

Otras veces la pérdida de confianza no tiene que ver con que a uno le hayan dicho cosas peyorativas sobre si mismo sino en que, precisamente, han recibido mensajes de excesiva e irreal valoración, del tipo eres el mejor en todo, o bien de sutil infravaloración, al impedirles sus propias experiencias o evitarles obstáculos que los podrían haber fortalecido. Por ejemplo, pueden haber sido sobreprotegidos. O quizá no les hayan dejado realizar la mayor parte de las tareas, y las han hecho por ellos, con la mejor de las voluntades, para que no tuvieran que esforzarse o para que no tuvieran que sufrir. En este caso también se puede construir una idea de uno mismo como incapaz. Frases como “no te subas….” “no corras…” “quédate aquí conmigo y no te pasara nada” “no hagas las cosas solo, me necesitas…”, “cuidado, te harás daño”, etc. son frases que hacen que la persona que las recibe construya un concepto pesimista y de incapacidad. Cuando sobreprotegemos, sin darnos cuenta, podemos señalar en el otro sus incapacidades para resolver la situación. No nos arriesgamos a que el otro pueda ver hasta donde es capaz de realizar y hasta donde no, para aprender tanto de los éxitos como de los fracasos. De hecho, ante los fracasos, muchos niños suelen intentarlo una y otra vez hasta que lo consiguen. Para aprender se necesita experimentar, para confiar hay que saber enfrentar tanto el éxito como el fracaso y saber manejar las situaciones de ganancia tanto como las de perdida, pues de ambas la vida nos proveerá.

Dejar que metan peligrosamente los dedos en el enchufe para saber que es una descarga eléctrica pero si es necesario permitir que resuelvan dificultades de su tamaño. Imaginemos un adolescente que nos se arriesga en sus relaciones para no recibir calabazas o quebraderos de cabeza. Lo mejor seria entregarlo a sus cuitas sin interferir. Por otro lado lo que ayuda a un niño es sentirse mirado como intrínsecamente bueno y bello tal como es, y así puede sentir que merece. Todo sin olvidar los limites tan necesarios que le permiten canalizar la verdadera fuerza y el instinto, y que una cierta disciplina es necesaria para poder expresar o contener una actitud que pueda se difícil o dañina.

Quizá la mejor educación en la confianza es la que nos confronta con problemas para que a través de la experiencia sintamos que algo es posible y merecido para nosotros, experiencias que nos enseñen la medida de los que somos capaces. Al final, la confianza va más allá de uno mismo, y la confianza en uno mismo sólo es la expresión de una confianza mayor y más abarcativa: la de que la vida tal como es, es buena, y que la guía una inteligencia más grande, aunque no siempre comprendamos sus tramas ni su lógica, especialmente cuando se manifiesta a través de lo desdichado. Una historia narra las peripecias de su protagonista que, al morir, se encuentra ante Dios, el cual le propone repasar toda su vida para decidir si tiene que ir al infierno o al cielo. Juntos repasan toda la vida y Dios encuentra que ha estado muy bien y que merece el cielo. Pero el protagonista le pregunta a Dios: – Disculpa que te plantee cierta duda. Mientras hacíamos el repaso de mi vida pude ver como caminabas a mi lado y te lo agradezco, siempre cuatro huellas en el camino, pero justo en los momentos más difíciles sólo había dos huellas, ¿Por qué me abandonaste en los peores momentos? A lo que Dios contesta: – Hombre de poca fe. Jamás te abandoné. Pero en los momentos más duros y tormentosos de tu vida te llevé en mis brazos, por eso sólo se veían dos huellas, las mías.

Confiar en uno mismo resulta por tanto un síntoma de confianza en la vida y en la naturaleza de las cosas tal como son.


CONFIANZA

Consejos prácticos

LA VIDA TIENDE A AUTORREGULARSE: En una semilla ya está todo el proyecto de árbol en que se va a convertir y se desarrollará, si se dan las condiciones necesarias. Este concepto de autorregulación de los organismos es muy importante en la terapia Gestalt. Se confía en una sabiduría propia de la naturaleza y de la realidad que siempre llega a un lugar bueno si no es interferida por nuestras pequeñas y humanas voluntades, o sea, por la tiranía del ego. Tener una visión más global de nuestra existencia y nuestra vida puede ayudarnos a tener más confianza, y si nos quedamos únicamente atrapados en los momentos difíciles no vamos a ver la globalidad.

EXISTEN DISTINOS ESTILOS EN LAS PERSONAS: Existen personas que tienen la referencia del valor dentro de ellas, o sea, ellas son la medida de ellas mismas, ellas son sus jueces y sus dirigentes, se fían de sí mismos, no necesitan el referente externo. Otros la tienen afuera y esperan de los demás la valoración o el juicio que les inyecte la confianza. En verdad son distintos estilos de carácter o tendencias de personalidad, esto no quiere decir que uno sea mejor que el otro.

PARA TENER CONFIANZA ES NECESARIO EL DIÁLOGO: Para encontrar la medida justa de la confianza necesitamos el diálogo que junta y enfrenta lo que nosotros vemos y pensamos, con lo que los demás ven y piensan. La confianza se asienta en el diálogo, huye del monólogo. Dictadores, mandamases, mandarines de distinto pelaje, sobresalen como gente con gran confianza en sí misma. Pero no resisten el diálogo que les puede cuestionar su frágil y engreída estructura. La verdadera confianza incluye al otro, lo toma en consideración.

SÉ CONSCIENTE DE TI MISMO: Para poder confiar es necesaria una conciencia clara de uno mismo. La desarrollamos cuando superamos la pereza de mirarnos y podemos reconocer y distinguir en nosotros lo que sí tenemos y nos corresponde y lo que no tenemos y no nos corresponde, lo que sí somos y lo que no somos. Por ejemplo es absurdo tener confianza en ganar una competición de natación cuando apenas sabemos nadar. Esto sería manía, algo iluso, más que confianza. Pero también es tonto pretender que uno es un nadador mediano cuando acaba de ganar la medalla olímpica.

TEN EL CORAJE DE ARRIESGAR: La confianza se asienta en la capacidad de tener coraje, es decir, tener la valentía de dar lo que si tenemos, de arriesgarnos en esta dirección: podemos competir si realmente somos buenos nadadores. De hecho no sólo podemos, incluso debemos. Lo que la vida nos da, nuestros dones y talentos, nos los da para que los entreguemos. La vida nos obliga a dar lo que tenemos, a entregar lo que somos. ¿Podemos imaginar a Dalí o Picasso sin crear y pintar? La vida les dio el talento o el genio y ellos quedan obligados a cultivarlo y entregarlo. La confianza necesita de la valentía de ponerse a prueba, de evidenciarse, de entregarse y estar disponible, permitiendo que los demás nos devuelvan también la medida de cómo somos percibidos y recibidos.

SER AUTÉNTICO AYUDA: La confianza se asienta en la autenticidad que nos hace ser honestos en lugar de pretenciosos, y no pasar de contrabando un buen vestido en una mala percha, y reconocer nuestros límites. ¿Podemos imaginar a Dalí tratando de ser campeón de waterpolo? La confianza, cuando es de barro, se asienta en la pretensión de que nuestro personaje capitanea el barco en lugar de nuestra verdadera identidad.

EDUCA A TUS HIJOS EN CONFIANZA: En origen la confianza viene de afuera. Gota a gota la confianza se asienta en nosotros mismos a través de la valoración, el aprecio y la ecuanimidad de los demás. Por eso es importante que los Padres sean justos y ecuánimes, que no creen falsas expectativas, que no hagan sentir a sus hijos que son los mejores en todo ni tampoco los peores en todo, que no los llenen de tareas imposibles, que los confronten con sus destrezas y méritos, que los expongan a los obstáculos y problemas para que puedan sentir lo que pueden y merecen, que los inciten a los aprendizajes y las tareas para el logro de las cosas. Es adecuado también que los Padres muestren a sus hijos los límites, que los confronten con amor y claridad.

A VECES ASOCIAMOS EL ÉXITO CON LA CONFIANZA: La confianza se asocia al éxito y muchos persiguen el éxito, tenga que ver o no con la expresión de sí mismos. Pero se puede tener éxito con y sin confianza. Me parece que la confianza se expresa en algo tan esencial como “hacer lo que hay que hacer” y “dar lo que hay que dar” y “recibir lo que hay que recibir”, según la expresión de Prajnanpad, un conocido sabio hindú. El éxito, por tanto no es lo importante, sino sólo la consecuencia de hacer lo que hay que hacer. Uno hace lo que tiene que hacer ni más ni menos. Y además lo hace de una manera inevitable. A menudo la consecuencia de hacer lo que hay que hacer es el éxito en algún campo, en ser madre por ejemplo, o carpintero o jardinero, o músico o actor o cineasta, etc. Pero el mayor éxito de todos siempre es el de haber sido un ser humano que fue significativo para los demás.

Joan Garriga
Agosto 2007

07 enero 2019 | Artículos

Superar el dolor de las rupturas

“Estoy sola en la cama. Siento una sensación extraña que podría describir como una mezcla de frió y vacío, pero no consigo identificar de que emoción se trata. Es mi primera noche de separada. Hoy duermo sola después de muchos años de vida común. Lo cierto es que estaba preparada para sentir mucho dolor y enfado, pero me sorprende que no sienta nada de eso. Más bien es una sensación de abismo, como si me hubieran sacado el suelo debajo mis pies y estuviera sostenida en el aire, suspendida en la nada. Poco a poco voy dejándome sentir y puedo poner nombre a mis sentimientos: tengo miedo, bastante, de lo que esta por venir, de estar sola, de cómo será el futuro, y me cuesta reconocer que estoy asustada. Además siento la impregnación de todos estos años y aunque tengo claro que la separación sea el camino correcto, me invade una extraña añoranza que no quisiera sentir. Me digo que estoy loca y, al fin, me contacto con tantas ilusiones truncadas y me asalta todo el tiempo la voz de Serrat cantando “no hay nada más amado que lo que perdí”. Y lloro… en un inacabable océano de lágrimas. Y duele”.

Esta es la descripción que hacía una clienta de terapia acerca de sus sentimientos después de una separación consensuada, en la que ambas partes estaban de acuerdo en bifurcar sus caminos y abrirse a la oportunidad de nuevos horizontes.

En una ruptura en general y especialmente en una de pareja se ponen en marcha muchas emociones, la mayor parte de las cuales consideramos negativas porque son difíciles pero resultan imprescindibles para completar el proceso y salir fortalecidos. La más habitual y difícil de vivir es el simple dolor de haber perdido al otro. Incluso en los casos en los que se siente una gran liberación por salir de una situación insatisfactoria para la persona, tarde o temprano asoma el rostro del dolor por dejar lo conocido, lo que se amó y enfrentarse a algo nuevo.

Afortunadamente la vivencia del dolor es un ingrediente necesario para completar con éxito el proceso de una ruptura y llegar a ser capaz de crear futuro.

Una elemental mirada filosófica nos enseña que, en el vivir, todo es ruptura y cambio, que todas las pérdidas empiezan ahora, enmarcadas en lo que tenemos, en aquello que hemos construido y ganado en nuestra vida. Constantemente estamos despidiendo algo del pasado y abriendo el paso a algo del fututo. Despedimos el acogedor vientre materno para salir a la luz de la vida, nos volvemos adolescentes dejando atrás el infante que fuimos y el entorno protector de los padres, pero también dejamos al joven impetuoso para tomar compromisos y responsabilidades en la vida, ser padres quizás, etc. Al final de un largo camino también enfrentaremos el tránsito definitivo de perder nuestra vida. De manera que vivir nos obliga al ejercicio constante de saber abrir y saber cerrar, expandir y contraer, ganar y perder, ampliar y reducir, amar y doler. Es el gran juego que también rima en nuestro cuerpo: a cada inspiración en la que tomamos el aliento necesario le sigue la expiración en la que nos despedimos del viejo oxígeno que ya cubrió su función, a cada sístole le sigue su diástole, en un latido ininterrumpido en el que la vida canta su mantra más sutilmente sonoro: tomar y soltar, tomar y soltar, tomar y soltar. Al final incluso soltar nuestra propia vida. Es feliz y exitoso aquel que sabe ponerse en sintonía con ambas fuerzas de la vida: la fuerza de la expansión y la de la retracción, la del ganar y la del perder. En toda vida ambas visitan. En toda vida nos encontramos con las perdidas y el desamor pero también con las dichas de las uniones, los vínculos y el amor que les precedieron.

Abrirse al amor en la pareja también significa hacerse candidato al dolor. Abrimos nuestro corazón cuando podemos asumir que tal vez nos dolerá. De hecho en el amor esperamos que el otro nos tratará bien, cumplirá sus compromisos y deseará nuestro bien. Pero también debemos saber que no somos niños indefensos y que nos hacemos más grandes y sabios cuando sabemos y concordamos en que el otro, a pesar del amor, también nos puede traicionar y que la verdadera confianza asiente a esta posibilidad y a sus consecuencias, en lugar de invertir en férreos e indignos controles. Si, al fin deviene la traición o el desamor o la ruptura inesperada, se pone a prueba nuestra autoestima que consiste en saber que podremos con ello, que lo superaremos fortalecidos y con el corazón abierto, y que estamos disponibles para todas los retos emocionales que se nos presenten en el trayecto que ha de conducirnos hacia nuevos y felices vínculos.

Quizá la prueba de fuego de que un proceso de separación concluyo es que estamos de nuevo disponibles para otro vínculo importante, para construir de nuevo. Se sabe que mal se construye sobre cenizas y escombros y, al contrario, se edifica bien sobre los aprendizajes anteriores, sobre la integración nutritiva de nuestro pasado, fuera el que fuera. Eso sí son buenos pilares. Por eso es tan importante integrar nuestra historia afectiva. ¿Cómo se hace? Después de un proceso emocional arduo, amándolo todo tal como fue, tal como ocurrió, incluyendo aquello difícil y desdichado que nos tocó vivir, porque de esta manera se cumple el efecto de que, amándolo, lo negativo se evapora y lo positivo se queda impregnado en nuestro corazón. Poderosas alquimias del amor. De esta manera no necesitamos caer en posiciones débiles como el victimismo o el resentimiento de las que algunas personas abusan, en lugar de tomar su responsabilidad en los asuntos. Posiciones que en el fondo les mantienen atados a lo anterior. En relaciones humanas podemos formular una máxima que se comprueba una y otra vez: “permanecemos atados a aquello que rechazamos en nuestro corazón” y a la inversa “lo que amamos, nos hace libres”.

Cuando pasamos por una ruptura, iniciamos el proceso de duelo en el que es previsible pasar por diferentes estados o etapas que tienen unas características estudiadas. Al igual que estamos programados para vincularnos con los demás sintiendo placer y expansión también están en nuestra naturaleza los mecanismos y recursos para el proceso de despegarse de una persona. Este proceso del duelo, en lugar de expansión produce retracción y en lugar de placer, rabia, pena, culpa, estrés, etc. hasta que culmina en la alegría que regresa al final de un aciago túnel.

En el primer momento de una pérdida o separación las personas pueden entrar en shock o incredulidad o negar la situación con la esperanza mágica de que no está ocurriendo. Otras quedan insensibles, como congeladas durante un tiempo, sin poder sentir nada. Estos estados estarán en función de la sorpresa con la que nos pille la ruptura. Si es algo que llevamos largo tiempo esperando, no sufriremos mucho esta etapa, aceptaremos la situación sin mucha dificultad. Pero si nos pilló de sorpresa, podremos estar unos días, o a veces unos meses, que no nos podemos creer lo que ha ocurrido o nos diremos que “solo es pasajero, seguro que volvemos”, o “que no cambia nada la situación, que al fin y al cabo siempre hemos estado solos” o “esto a mi no me afecta y voy a poder con ello”. Todas ellas son maneras de no aceptar el cambio que supone perder una pareja y el dolor que conlleva. Esta fase puede durar más o menos tiempo aunque normalmente es corta y se acaba imponiendo la evidencia de la realidad. En el caso de que no fuera así, seria necesario buscar ayuda terapéutica.

En otros momentos, como en oleadas, nos entra un dolor profundo, casi desesperado, en el que podemos pensar que sin el otro no somos nada, que no podemos seguir nuestra vida sin él. Sentir este dolor también es necesario para poder desvincularnos. Es preciso elaborar con claridad el desgarro de la ausencia y lo que hemos perdido en la ruptura para soltarlo e ir recuperando nuestra individualidad. Este dolor será mas grande en la medida que sintamos que nosotros no queríamos esta ruptura o perdida. El dolor se acentúa en especial en casos de muerte de la pareja ante el vértigo de saber que no la volveremos a ver. También es más difícil cuando somos los dejados, al enfrentar la frustración de que las cosas no son como quisiéramos.

En los momentos de más dolor es muy habitual caer en la tentación de buscar culpables o de culparnos sobre lo ocurrido. Se puede llegar a olvidar todo el amor que nos unió, para solo ver todo lo malo que tiene el otro o lo mal que actuamos nosotros. El hacer un análisis de lo que ha ocurrido es bueno para seguir creciendo y aprendiendo en la vida, pero juzgar, culpar, y criticar al otro a o nosotros mismos durante mucho tiempo sólo acentúa el sufrimiento. En general son intentos de hacer más soportable el dolor que con el tiempo pierden fuerza.

También es normal atravesar momentos de intenso enfado y rabia. El cuerpo necesita entrar en erupción para gritar y sacar tanto malestar. La rabia es producto de la frustración de ilusiones en proyectos comunes: la relación de pareja, el proyecto de la familia, la frustración de unas expectativas de vida. Es una manera de revelarse en contra de lo ocurrido y mostrar el desacuerdo con ello. En el caso de que nuestra pareja haya muerto es importante también poder mostrar ese enfado con el destino, con el mundo, con la pareja. Aunque esto no cambie la situación si que nos puede ayudar a la expresión de una emoción que sentimos. Algunas veces no nos permitimos la expresión de ese enfado por la culpa que nos crea enojarnos con el otro. Cuando actuamos así no permitimos que el duelo siga su curso y por tanto no nos podemos despegar de la persona. Debemos de saber que ninguna emoción en sí misma es peligrosa, tampoco la rabia. Lo que sí es disfuncional es quedarse anclado mucho tiempo en alguna de ellas. En verdad, la cualidad de los sentimientos es ir y venir; no permanecen parados y estables. Si un sentimiento dura mucho ya no es tal sino más bien una posición que hemos tomado para protegernos.

Sin embargo hay que cuidar que el enfado no sea más de lo mismo de lo que ya ocurría en la relación y un intento de atar al otro culpándolo. Así se mantiene el enganche a través del mal rollo y entorpecemos la evolución de una separación real. Para poder salir del enfado y la rabia es necesario saber rendirse, aceptar la situación y la ruptura y aceptar el dolor de la pérdida. Al final si somos capaces de sostener el dolor nos mantenemos en el amor, ya que dolor y amor son dos caras de la misma moneda. Permanecer conscientemente en el dolor es una forma de poderlo y de traspasarlo. Aunque en nuestra cultura el dolor tiene mala prensa porque creemos que nos puede llevar a la depresión, más bien es al revés, nos deprimimos porque detenemos el flujo espontáneo de nuestros sentimientos o pretendemos pasar por alto lo que duele.

Un proceso de ruptura concluye cuando reencontramos la paz y la alegría y mirando atrás logramos apreciar y agradecer lo que vivimos y aprendimos en nuestra ex relación y darle internamente las gracias a nuestra ex pareja por lo que fue posible y lo que nos aportó. Cuando podamos darle el reconocimiento que merece como una relación importante para nuestra vida. Cuando podamos reconocer el amor que hubo y guardarlo como un regalo. Cuando somos capaces de dejar libre al otro y desearle lo mejor y hacernos nosotros libres y también desearnos lo mejor.

En definitiva el gran reto para todos es aprender a amar lo imperfecto de la vida, de nosotros y de los demás, y volvernos compasivos. Cuando esto es posible tomamos nuestros errores al servicio de la vida y de un camino feliz en pareja.


Consejos prácticos para superar el dolor de las rupturas

LA RESPONSABILIDAD DE UNA RELACIÓN ES DE DOS Y LA RUPTURA TAMBIÉN
El aceptar la responsabilidad de que las relaciones son cosa de dos y lo que ocurre en ellas también. El poder ver qué parte de responsabilidad tiene uno en lo que está pasando en la ruptura es importante, no para culparse o juzgarse sino para ver cómo puede evitar más problemas y ayudar a que la ruptura sea más fácil. El hacerse responsable de que uno atrajo a esa persona determinada y que en un principio la amó y seguramente en algún lugar la sigue amando, nos puede ayudar para ver las cosas desde otro punto de vista, lo cual puede ser útil en los momentos difíciles. El satanizar al otro y culparlo de todo, sólo trae más conflicto y más dolor.

EXPRESAR LOS ASUNTOS PENDIENTES
Para poder superar una ruptura es importante expresar aquello que no hemos dicho anteriormente, tanto se trate de sentimientos como de acontecimientos puntuales a lo largo de la relación. La expresión de las cosas que quedan por decir puede ayudarnos a cerrar una gestalt y poder abrir otra. Si es posible la expresión con la persona delante mucho mejor, si no fuera posible, cualquiera sea el motivo, simplemente escribir todo lo pendiente e imaginar a la otra persona delante y decírselo.

EL DUELO TIENE DIFERENTES FASES Y REQUIERE TIEMPO
Como hemos descrito en el artículo en el duelo de una ruptura se pasa por diferentes fases y sentimientos. Una ruptura no concluye con la firma del divorcio. Este es un hecho importante que demarca unos límites precios. Sin embargo, en términos internos el tránsito de lograr una separación tiene su propio biorritmo emocional. Además, la relación puede perdurar como padres quizá, con lo cual se requiere una transformación de las reglas de juego y un reconocimiento por parte de la pareja de que, como padres permanecerán juntos en sus hijos. En cierto modo el divorcio une en el reconocimiento de un pasado que fue relevante.

EL AMARNOS A NOSOTROS MISMOS AYUDA A SUPERAR LA RUPTURA
Cuando tenemos una ruptura el saber que tenemos un valor independiente de si el otro nos valora o no es muy importante. Nuestra capacidad de valorarnos a nosotros mismos se pone a prueba cuando vivimos el fracaso de una relación o nuestra pareja nos dice que no quiere continuar viviendo con nosotros. Ahí aparecen todos los fantasmas de que ya no servimos o que no encontraremos a otra pareja nunca más o a nadie que nos quiera. El saber que uno tiene valor para otras personas y que lo tiene por sí mismo por el solo hecho de existir nos puede ayudar con estos sentimientos.

PODER AGRADECER LO QUE HA HABIDO
Es también muy importante poder agradecer todo lo que nos ha dado la otra persona, lo que su presencia ha traído a nuestra vida. Una forma de hacerlo es creando una lista de las cosas concretas que tienes que agradecerle. Aceptar lo que nos ha dado el otro y poder decir gracias nos pone en disposición de valorar e integrar lo recibido y desde ahí poder superar la ruptura. Un proceso de ruptura concluye cuando reencontramos la paz y la alegría y mirando atrás logramos apreciar y agradecer lo que vivimos y aprendimos en esa relación. Sólo así podremos abrirnos a lo que esté por venir.

EN NUESTRA CULTURA CADA VEZ MAS SE HABLA DE MONOGAMIA SECUENCIAL
En la sociedad en la que vivimos, a diferencia de otras culturas o en otros momentos históricos de la nuestra, el esquema establecido sobre cómo tienen que ser las relaciones es muy flexible. Lo previsible es que tengamos varias parejas estables a lo largo de una vida, con el consiguiente coste emocional. Sin embargo esto tiene la ventaja que de que podemos ser creativos con el tipo de relación que queremos. El inconveniente es que nos podemos perder en tantas opciones y no saber qué tipo de relación podemos establecer. Esta flexibilidad nos da la posibilidad de tener varias relaciones en una vida y de poder experimentar con cada pareja diferentes tipos de relación y de crecimiento. Para ello también es necesario poder dar un lugar a cada relación que hemos tenido y reconocerlas como tales.

Joan Garriga y Mireia Darder
Escrito originalmente para la Revista Mente Sana.
Octubre 2007

07 enero 2019 | Artículos

Demasiadas expectativas en la pareja

Si la letra de tantas y tantas canciones románticas fuera el sensor que nos informa acerca de los asuntos emocionalmente claves en la relación de pareja, el resultado sería inequívoco. Escuchamos por ejemplo: “No puedo vivir sin tí”, “Me moriría si te vas”, “Sin ti me falta un porqué”, “No hay más infierno que tu ausencia”, etc. Al analizar con cuidado estas frases llegamos a la conclusión de que sólo pueden venir de un niño/a. Para un infante podrían ser frases reales. Para un niño la ausencia de la madre o de los padres sí que es vivido como un infierno. Su dependencia es tan grande que sin lo padres siente que no lograría sobrevivir o no tendría sentido vivir, sin ellos podría literalmente morir. Así que descubrimos que el mensaje popular que pueblan las canciones se refiere al amor de pareja en su versión infantil.

Las preguntas que nos vienen a continuación son: ¿Acaso la pareja es una relación entre niños? ¿Es la pareja una relación materna o paterna filial? ¿O se trata de una relación entre adultos? ¿Qué es legítimo y razonable pedir y esperar en una relación de pareja y qué no? ¿Qué corresponde al niño y que al adulto?

Gran parte de los problemas en el mundo de la pareja no se deben a la falta de amor si no más bien a las dificultades para gestionarlo y vivirlo de manera que procure bienestar. La buena gestión del amor nos invita a esperar lo que sí podemos esperar y a no esperar lo que está más allá de lo posible. Algunas personas, quizá sin darse cuenta, transfieren a su pareja el deseo de recibir lo que les quedo pendiente en su infancia y el deseo de curar lo que quedo herido cuando eran niños. Al ser la pareja un vínculo tan profundo se actualizan en ella los anhelos y los temores más infantiles. Por esto en la pareja se pueden vivir los más intensos tormentos emocionales, las más grandes desdichas y turbulencias, o bien el mayor de los éxtasis y las dulzuras junto con la pasión, la amistad y el acompañamiento. En ocasiones, con suerte, a través de la pareja logramos compensar o reparar algo de lo que nos pasó con nuestros primeros vínculos pero sólo cuando se trata de un poquito. Cuando es mucho lo que quedo pendiente resulta demasiado esperarlo de nuestra pareja, porque a pesar del amor, no puede darlo principalmente porque no corresponde. Las parejas no pueden dar lo que no se pudo recibir de los padres. A lo sumo un poquito. Aprendemos algo importante: con la pareja nos despedimos de la infancia. La pareja es el camino que nos lleva a crecer como adultos. Nos exige algo más que ser niños dependientes.

Por eso la pareja no sólo es un camino a través del cual podemos sentir la felicidad, si no que además es seguro que nos confrontaremos con problemas que potencialmente nos conducen al crecimiento. Al encarar las dificultades y los problemas, al asumir los límites de lo posible en nuestra relación, al dejar de pedir peras al olmo, nos desarrollamos y ganamos madurez. Nos volvemos más adultos y reales.

Sin embargo si hay cosas que podemos esperar de la pareja o con la pareja. Al comprometernos en una pareja experimentamos de nuevo la dulce sensación de pertenencia, tal como la experimentamos de niños con nuestra familia de origen. La diferencia es que ahora nosotros hemos elegido a nuestro compañero y creado el marco que funda una nueva familia. Como seres humanos somos gregarios y necesitamos colmar nuestra necesidad de pertenecer.

En otro sentido la pareja también es una relación de acompañamiento en los avatares de la vida y sentimos el derecho a esperar esta compañía. También la pareja inicia su sentido a través de la sexualidad, de manera que ampara nuestras necesidades de placer, intimidad y confianza física.

La pareja es para todos el espacio privilegiado para exponernos a lo diferente, porque tenemos distinto sexo y sino también experimentamos lo diferente porque venimos de distinta familia o distintas historias o distintas culturas, etc. En la pareja aprendemos a hacer espacio a lo diferente. A respetar lo que nos resulta extraño. En este sentido nos ofrece expansión a través de la exposición y la integración de lo ajeno.

Lo que no tenemos derecho a esperar es que todas nuestras fantasías serán cumplidas, que nuestros temores serán apaciguados, que nuestras viejas heridas serán calmadas. Si ocurre algo o mucho de eso es un regalo pero como expectativa es excesiva.

Algunas parejas logran establecer entre ellas pautas de intercambio y de convivencia que les nutren y les enriquecen. Otras se anclan en pautas que les empobrecen y tensan. La clave que hace la diferencia consiste en que las parejas que se nutren saben expresarse de muchas maneras el reconocimiento hacia lo que otro da y hace, de manera que invitan a aumentar el ciclo del dar y el recibir. Otras parejas en lugar de proveerse de reconocimiento se especializan en manifestar su desagrado, sus quejas y sus reproches de un modo muy habitual. Entonces se arriesgan a que su intercambio sea pobre y que en su relación uno más uno de menos que dos. El bienestar viene cuando uno más uno dan dos o incluso un poquito más que dos.

Al final vivimos en un tiempo y en una cultura en la que la pareja pertenece a la libertad de las personas y no a las necesidades de la comunidad o de la tribu o del grupo familiar amplio como antaño. Cuando la pareja está bien insertada y apoyado en un entorno mayor las expectativas del uno hacia el otro disminuyen porque ya no son el absoluto centro del mundo del otro. En nuestra sociedad tan individual las expectativas sobre la pareja son enormes, por ejemplo la expectativa de que nos haga felices, y cuando las cosas van mal la tentación de regresar al terruño protegido del propio Yo es muy grande.

Cerremos diciendo lo que dijo un gran maestro. Para estar feliz en pareja es muy sencillo. Hay que cumplir un requisito: “Desear espontáneamente que el otro este feliz”. Sabemos que generalmente es al revés aunque no funciona.

Consejos prácticos

LOS SENTIMIENTOS EXCESIVOS SOLO EMPEORAN LAS RELACIONES.
Aprende a controlar los sentimientos muy intensos como la rabia o la tristeza… Acostumbran a ser un avisador de asuntos pendientes del pasado, como el abandono por parte de los padres o la invasión de los mismos. Los sentimientos de este tipo están relacionados con los que tienen los niños cuando les falta algo muy importante.

EL DAR Y EL RECIBIR TIENE QUE ESTAR COMPENSADO.
Cuando estamos en una relación de pareja que funciona uno de sus características es que lo que yo le doy al otro, el otro lo recibe y lo agradece. Y lo que yo obtengo de la relación, es decir lo que el otro me da, compensa lo que yo he dado. No porque sea lo mismo, ya que cada uno aporta cosas diferentes, sino porque es algo que yo quiero.

ESPERAR QUE LA PAREJA SOLUCIONE TUS TEMAS PENDIENTES ES PEDIRLE DEMASIADO.
Haz las paces con el niño que fuiste. No esperes de la pareja que te solucione los temas pendientes. Las situaciones inconclusas que uno tiene sólo las puede arreglar uno mismo. El intentar que otro se haga cargo de ellas nos convierte en desvalidos y una carga para los demás, ya que el otro no puede resolverlas.

DESARROLLA TU ADULTO.
El análisis de las situaciones es una capacidad que todos los seres humanos adultos tenemos. Usarla en la relación de pareja puede ayudar a salir de los conflictos emocionales. Poder ver en la pareja las cosas que si te da y qué características positivas tiene es una manera de alimentar la relación y hacerla florecer. Haz una lista enumerando las cosas positivas que tiene tu pareja.

PREOCUPATE MÁS POR SER UNA BUENA PAREJA QUE POR TENER UNA BUENA PAREJA.
El prepararse para ser un buen compañero y poder compartir la vida con otra persona puede ayudar a que la relación funcione. Si estás muy preocupado por encontrar un buen compañero estás poniendo la solución al problema fuera de ti. En cambio si tú te preocupas por aprender a ser una buena pareja estás trabajando para tener una buena relación.

BUSCA QUE LA RELACIÓN SEA FÁCIL.
No sirve estar enganchado relaciones conflictivas, el disfrute y la felicidad van asociados a la facilidad de las cosas. Esta se consigue cuando eres capaz de recibir lo que si te puede dar tu pareja y tomarlo como un regalo y saber agradecerlo. Seguro que hay cosas que tu pareja no te puede dar, también puedes buscarlo en otras relaciones, una sola persona no nos lo puede dar todo.

SI ME QUISIERAS HARIAS TAL COSA…
Todos tenemos creencias sobre lo que es el amor y qué hacen las personas cuando quieren y para cada uno estas creencias son diferentes. Todos tenemos maneras de querer diferentes y no son unas mejores que las otras. Poder valorar la manera que tiene mi pareja de quererme, aunque sea diferente de lo que espero, ayuda a la relación de pareja.

Joan Garriga
Mayo 2007

07 enero 2019 | Artículos

Padres que quieren a sus hijos

“Hijo, tú eres mucho más importante para mí que tu papá”. “Hija, tú eres mucho más valiosa en mi corazón que tu mamá”. “Hijo/a no quieras a tu padre, desprécialo como yo y sobre todo no seas como él”. “Hijo/a, no logro entender cómo pude querer a tu madre, pero sin duda tú me importas mucho, tú eres mejor que ella”.

Aunque no se digan abiertamente en las familias, estas y otras frases parecidas a veces son verdades interiores para los padres y nutren la atmósfera familiar de dinámicas fatales en la tríada relacional más importante que vivimos a lo largo de la vida: la tríada padre, madre e hijo.

Conviene tener presente, en primer lugar, que los hijos no atienden tanto a lo que los padres dicen sino a lo que los padres sienten y hacen: los hijos se hacen sensibles a su verdad. Entre otras cosas, porque la verdad de nuestros sentimientos puede ser negada o camuflada pero no puede ser eliminada, y por tanto actúa y se manifiesta en nuestro cuerpo. Nos constituye.

Importa, por tanto, que trabajemos con nuestra verdad y la transformemos si es menester y genera sufrimiento en nosotros o en nuestros hijos. Es obvio que ayuda el abstenerse de expresiones hirientes para con el otro progenitor delante de nuestros hijos, por muy enojados o cargados de razones que estemos. No obstante es un logro todavía mayor el trabajar en uno mismo para restaurar el amor y el respeto, y darle el mejor lugar al otro progenitor frente a nuestros hijos, incluso cuando se trata de una pareja infeliz o de una separación dolorosa y turbulenta. Recordemos que los hijos no se separan de los padres. Para ellos, los padres siguen juntos como padres. Los padres se separan como pareja (vivan juntos o no), pero no es posible separarse como padres. En segundo lugar, conviene tener conciencia de que las vivencias y posiciones que tomamos en esta tríada fundacional con nuestros padres determinarán grandes consecuencias, favorables o desfavorables, en nuestra vida y en que vislumbremos unos horizontes afectivos felices o desdichados. Es clave para el futuro de los hijos que estén bien insertados en el amor de sus padres y que éstos logren amarse, al menos como padres de sus hijos, ya que en la mayoría de casos algún día del pasado se eligieron y se quisieron como pareja. Y los hijos llegaron después como fruto y consecuencia de esa elección.

Quizás no esté diciendo nada que no se sepa y, sin embargo, estas ideas que son de sentido común sorprenden por lo poco comunes que resultan en la realidad. De hecho, escribo sobre el amor entre padres e hijos después de regresar muy conmovido de mi último taller de constelaciones familiares. Siempre es impactante para mí observar los devastadores efectos emocionales que causa la inobservancia de una regla fundamental: los padres están primero frente a los hijos, y son más importantes que ellos. Además, tiene una gran importancia amar en el hijo al otro progenitor.

Me sorprendo una y otra vez al ver como los padres se dirigen y se orientan a los hijos por encima del otro padre. Y esta actitud, que puede parecer razonable en ocasiones –la desdicha suele llegar vestida con ropajes argumentales impecables pero exentos de amor-, no ayuda al hijo. Ellos no necesitan ser los más importantes; al contrario, necesitan sentir que la pareja del padre o la madre es más importante, y que los padres están juntos como pareja dándose una recíproca primacía frente a los hijos. Cuando un hijo es más importante que nadie para uno de los padres, no se le hace un regalo, sino que se le da una carga y sacrificio; no es abono, sino sequedad disfrazada de encantamiento. Los hijos no necesitan sentirse especiales ni tienen que ser el todo para los padres. Eso es demasiado.

Es frecuente que aquello que a un padre le falta de su pareja, o de sus propios padres, o aquello que le faltó en su familia de origen, o aquel sueño que no pudo cumplir, lo lleve a su hijo. Y que éste, por amor, acepte el reto. Al precio, claro está, de su libertad y de la plena fuerza para seguir su propio camino a su propia manera. Los hijos necesitan sentirse libres para cumplir su cometido en la vida. Y les va mejor cuando tienen el apoyo de sus padres y sus anteriores, y cuando se encuentran en orden con ellos. En cambio, sufren cuando uno de los padres desprecia al otro o ambos se desprecian mutuamente. Si los padres se desprecian, el hijo encuentra dificultades para no despreciarse a sí mismo y no parecerse a la peor versión diseñada por el padre o la madre sobre el otro progenitor.

Pensemos en hijos que casi tuvieron la función de pareja invisible de uno de los padres, o que significaron el todo para la madre o el padre, o que sintieron la prohibición de amar a un padre que cometió algún tipo de violencia o traición con la madre o viceversa… Tristemente, en constelaciones familiares es habitual identificar dinámicas y resultados fatales como enfermedades, delincuencia, violencia, pasotismo, dificultades en la pareja y mucho sufrimiento emocional. Pues, en lo profundo, un hijo no puede prescindir de amar a ambos padres y no deja de hacer acrobacias emocionales para ser leal a ambos, incluso imitando su mal comportamiento, o su alcoholismo, o sus fracasos y desatinos, etc.

“Hijo, en ti sigo queriendo a tu padre/madre, en ti sigo viéndolo y respetándolo a él”. “Hija tú eres el fruto de mi amor y mi historia con tu padre/madre y lo vivo como regalo y bendición”. “Hijo, respeto lo que vives y como es con tu otro padre/madre”. “Hija, yo solo soy el padre/madre, más es demasiado”. Estas son frases que apuntan al bienestar y el regocijo en los hijos. ¿Qué ayuda, pues? Que los hijos reciban uno de los mayores regalos posibles en su corazón: ser queridos tal como son y muy especialmente que en ellos se quiera a su otro progenitor, porque así se sienten completamente amados, ya que en fondo el hijo no deja de sentir que de alguna forma también es sus padres. Ambos.

Joan Garriga
8 noviembre 2011

07 enero 2019 | Artículos

Constelaciones familiares: El Arte del Buen Amor en las Familias

En tiempos en los que las coordenadas sociales y religiosas no definen claramente como debemos vivir, nos sentimos más libres, y por tanto podemos escribir el guión de nuestros pasos con la pluma soberana, pero también inestable, de nuestra propia mano. Gozamos de muchas opciones pero esto también nos causa mayor inseguridad. Ante este panorama, somos muchos los que buscamos alforjas, mentores, apoyos, vislumbres y, en fin, sabiduría para encarar las angustias e incertidumbres del vivir y, con suerte, acertar en el blanco de nuestra realización personal y de una vida que nos sea digna de ser vivida. Puesto que no elegimos las cartas que nos tocan, sí podremos al menos jugarlas a nuestra creativa manera.

Es en este contexto donde encuentran espacio y sentido las terapias y enfoques profesionales de ayuda, métodos de asesoramiento filosófico o existencial capaces de reconectarnos con un centro interior, a menudo olvidado por la espesura de nuestra cotidianidad. Es decir, técnicas que satisfacen la necesidad de sentirnos centrados, congruentes, reales, dignos, respetuosos con nosotros y con los demás y con la vida, orientados y con sentido, en lugar de perdidos en la velocidad y lo volátil de la modernidad, con su sequedad afectiva. Son técnicas también eficaces a la hora de desmadejar las enredadas tramas de nuestros afectos —el nudo gordiano de nuestras vidas— para que nos volvamos más alegres, más amorosos, más humanos y más íntegros, lo que no significa volvernos más débiles. Nietzsche, que fue un gran defensor de lo dionisiaco, habló de liberarnos del estadio del camello, con su joroba llena de obligaciones impuestas por valores ajenos, ya sean sociales o familiares, para pasar al estadio del león, en el cual podemos comenzar a hablar con nuestra verdadera voz y afirmar nuestra genuina voluntad, para desembocar luego en el bienaventurado estadio de niños, en el que recuperamos por fin la inocencia y la dulzura del corazón, y nos reencontramos con el placer de cooperar —nuestro verdadero paraíso perdido—.

Entre estas técnicas, las Constelaciones Familiares han destacado e impactado fuertemente en la cultura y la praxis de la ayuda terapéutica, en esta última década, por su misterio, intensidad y eficacia. Como abordaje se enmarca en principios sistémicos, transgeneracionales y existenciales.

Bert Hellinger
Filósofo, teólogo y terapeuta alemán nacido en 1925, Hellinger es el creador de las Constelaciones Familiares. En el año 1999 llegó a Barcelona, invitado por el Institut Gestalt, para enseñar su trabajo y prender desde aquí el intenso desarrollo que las Constelaciones Familiares habrían de tener en todo el mundo hispanoparlante. Hellinger fue religioso católico y misionero en Sudáfrica entre los zulúes, donde dirigía un colegio cuando, alrededor de sus 45 años, un terapeuta especialista en dinámica de grupos lo confrontó con una pregunta certera que le agrietó sus creencias y le llevó a transformar su vida: “¿Le interesan más las personas o las ideas? Si se diera el caso, ¿a quién sacrificaría en primer lugar?” Cuestión nada desdeñable, pues casi todos en algún momento, nos hemos visto obligados a elegir entre preservar nuestros puntos de vista personales, a menudo muy limitantes, o conservar buenos amigos y buenas relaciones. Algunos flexibilizan sus marcos de creencias y abren el corazón a lo diferente y dan prioridad a las personas, otros optan por rechazar y sacrificar a las personas que no encajan en sus códigos de vida. Algunos viven en el paradigma al uso de buenos y malos; otros, más comprometidos con su crecimiento, van más allá de este paradigma tan estrecho, y aprenden a amar lo real de la vida y de los demás.

Sea como sea, tal como explica el propio Bert Hellinger, este fue el germen de su salida como sacerdote y el inicio de su interés en la psicología. A partir de este momento, estudió Dinámica de grupos, Psicoanálisis, Análisis Transaccional, Terapia Gestalt, Grito Primal, Programación Neuro Lingüística, Hipnosis y Terapias familiares y sistémicas. Fruto de todo ello, más un fuerte componente de psicoespiritualidad entendida como asentimiento a la voluntad soberana de la vida (o amor fatti, en el sentido nietzscheano), resulta el enfoque de las Constelaciones Familiares y Sistémicas según Bert Hellinger. Es claro que Hellinger bebió de muchas fuentes, tanto filosóficas como teóricas, pero conviene al menos resaltar a dos de sus grandes precursores metodológicos. El primero, Jacob Moreno, creador del psicodrama, en el cual se buscan, con una praxis pseudoteatral, soluciones nuevas y creativas para viejas escenas limitantes que nos hicieron sufrir en el pasado y no hemos logrado soltar ni resolver. Y en segundo lugar, pero aún más determinante, Virginia Satir, una de las pioneras en el trabajo terapéutico familiar, la cual ideó la técnica de la escultura familiar, para comprender los roles incongruentes y las danzas de comunicación y relación disfuncionales en las familias, evidenciando la implicación compartida de todos sus miembros, que intentan desesperadamente preservar su dignidad.

Las Constelaciones Familiares
A través de una constelación, una persona, una pareja o una familia que plantea problemas de relación, de comunicación, de conducta, de personalidad, de salud, de sufrimiento en su trabajo u organización, etcétera, logra comprender en un tiempo breve las dinámicas e implicaciones desfavorables que operan en su sistema alimentando lo problemático, y cambiarlas. La metodología, que habitualmente se practica en grupo, es asombrosamente simple y escénica. Se eligen representantes para las personas involucradas en el asunto, las necesarias para su comprensión y solución, ya sean de la familia actual o de la familia de origen, parejas anteriores, personas de nuestro sistema laboral, etcétera, y luego se posicionan en el espacio, de manera que el “cliente” exterioriza la imagen interior que tiene acerca de sus vínculos y su red de relaciones. Se plasma así una geometría que expresa como se perciben las conexiones y el lugar que ocupa cada quien en el sistema. A continuación, afloran las dinámicas que mantienen los problemas, generalmente muy sutiles, casi invisibles, y se generan imágenes alternativas de solución a través, por ejemplo, de la integración de excluidos, o reparaciones entre las personas, o se completan movimientos emocionales pendientes, o se expresan frases rituales que ordenan, estructuran y alivian a todos los miembros del sistema. El cliente o clientes suelen tener la sensación de haber liberado viejos pesos, culpas o destinos difíciles, y de orientarse mejor hacia lo bueno y hacia sus propios objetivos.

Personas que repetían patrones o destinos desdichados (suicidios, adicciones, fracasos, luchas, depresiones, traiciones, etcétera) de otras personas en las familias, siguiendo amorosas lealtades invisibles, quedan liberadas. Hijos que aman ciegamente a sus padres, y navegan en la sintonía de su sistema, asumiendo dinámicas terribles como seguir a la muerte a otras personas cuyo duelo no ha sido completado, o enfermar o asumir sacrificios o culpas o venganzas por otros, o tomar a su cargo esfuerzos y lugares que no corresponden (como ser la pareja invisible de uno de los padres, por ejemplo), se muestran por fin disponibles para estar más felices en su vida o en su pareja o su trabajo, etcétera. El efecto de una constelación suele ser el de una magna liberación porque lo meramente intuido es desvelado y enfrentado, y porque lo no resuelto es encarado por fin, a menudo acompañado de una fuerte emocionalidad que es catárticamente descomprimida. De modo que las Constelaciones actúan a la profundidad de los misterios sutiles de nuestro grupo familiar y de los requerimientos de su Alma colectiva. Pues las Constelaciones trabajan con esta Alma común, un ente gregario y colectivo al que pertenecemos y de cuyo orden y salud depende nuestro bienestar personal. Es equivalente a Mente Sistémica o Red de Vínculos y se asemeja de algún modo a la idea del Inconsciente colectivo de Jung. Es decir, pertenecemos a un Alma colectiva familiar que nos envuelve y nos acoge al mismo tiempo, dándonos identidad y satisfaciendo nuestra sed de pertenencia, que es el instinto más poderoso del ser humano, al tiempo que nos ata a lealtades y exigencias sacrificadas, que pueden y deben ser superadas para que la orientación a la vida y la felicidad triunfe sobre sus contrarios de muerte y desdicha.

El Alma Familiar. Sexualidad y Muerte.
Esta Alma o Mente común es, según Hellinger, una fuerza que une y dirige a quienes le pertenecen, y lo hace siguiendo ciertas leyes a las que llamó Órdenes del Amor (una expresión original de San Agustín), que explicaremos a continuación, cuyo respeto y cumplimiento favorece que el nexo y el amor, generalmente presente entre los miembros del grupo o familia, fermente en su bienestar y dicha, y cuya transgresión suele acarrear sufrimientos y sacrificios que muchas veces parecen ilógicos, a juzgar por el amor que sienten los unos por los otros. Esta Alma colectiva a la que pertenecemos ha sido impactada por dones y por heridas, por vida y por muerte, por risas y por lágrimas, por avances y retrocesos. El colectivo como tal es retado a asumir e integrar todos los hechos que la existencia, regida por los dos grandes poderes del vivir que son la sexualidad y la muerte, les regala. La Sexualidad abre las puertas de la vida y la hace avanzar y prosperar, teniendo como aliados al amor, la alegría de vivir, la fortaleza, y la esperanza. Por el contrario, la Muerte cierra las puertas de la vida y nos obliga a crecer a través del dolor, que nos traen sus poderosos aliados como la enfermedad, los abortos, la autodestrucción, la violencia, las adversidades accidentales, etc. En los sistemas familiares hay hechos que duelen, debilitan, avergüenzan o lastiman, y el sistema trata de protegerse de ellos a veces con el silencio, encerrándolos en el olvido, sin advertir que los silencios son sonoros y tienen consecuencias, e impiden la fortaleza y la salud del grupo, y a menudo conllevan implicaciones y sacrificios. Se requiere integrar lo que dolió o devasto para que pierda su poder y quede como pasado. Como reza un pequeño fragmento de Yerma, de García Lorca: “Algunas cosas no cambian. Hay cosas encerradas detrás de los muros que no pueden cambiar porque nadie las oye”.

Por tanto, vivimos no sólo en nuestra mente individual sino perteneciendo a redes de vínculos, almas colectivas, cada una con su propia mente arcaica e imperiosa, que nos influyen e incluso gobiernan, aunque no las comprendamos (especialmente la familiar). En estas redes, el amor no es suficiente para asegurar el bienestar; requiere de un orden. A algunas personas les parece ilógico el sufrimiento si el amor está presente. Sin embargo, la evidencia muestra que muchas personas sufren a pesar de la presencia del amor. El amor no basta, pues se requiere Buen amor o Amor ordenado. El buen amor se reconoce porque nos conduce hacia el bienestar, la vida, el provecho y la realización. El buen amor supone que hemos avanzado emocionalmente para respetar y asentir al pasado y a los dones y las heridas de nuestros anteriores, en lugar de involucrarnos en éstas, repitiéndolas, o mostrándoles una fidelidad mal entendida a nuestros anteriores con nuestra infelicidad. Así, el buen amor logra que vayamos un poco más allá en más vida, tanto en bienestar como en felicidad.

Guiándonos por la intensidad de los vínculos como destino común y por su capacidad para plasmar grandes dones o graves implicaciones, pertenecen a esta red, en la que muchos estamos en resonancia con muchos, los siguientes: El hijo, con sus hermanos, incluyendo los que no llegaron a nacer o murieron pronto; los padres y sus hermanos, incluyendo también los que no llegaron a nacer o murieron pronto; los abuelos y sus hermanos, también los bisabuelos y aun otros anteriores si tuvieron destinos muy marcados; también pertenecen aquellos que hicieron espacio para otros, por ejemplo, parejas anteriores por cuya desaparición las posteriores obtuvieron el lugar, y también aquellos que tuvieron pérdidas a costa de que otros tuvieron ganancias (como víctimas de guerra o de asesinatos), o al revés, algunos que tuvieron ganancias o hicieron daño a costa de la pérdida de otros (asesinos, dañadores, estafadores), etc.

Los Órdenes del Amor
El primer orden del amor nos dice que, en esta red de vínculos, todos sin excepción, con independencia de si se les juzga positiva o negativamente, tienen el mismo derecho a pertenecer y a ser incluidos y dignificados, permitiendo y exigiendo que asuman su destino y sus culpas y las consecuencias de las mismas, cuando así fuera el caso. En la práctica ocurre que los sistemas familiares excluyen o apartan a algunos de sus miembros porque condenan su comportamiento, o porque su recuerdo es demasiado hiriente, vergonzoso o doloroso. A veces, hay personas que murieron pronto, o personas que se suicidaron, y esto ocasiona dolor o vergüenza en los descendientes, o bien incluso padres a los que se juzga por no haber hecho lo adecuado o por irresponsables, malos, maltratadores, abandonadores, alcohólicos, etc. En realidad, excluir es un movimiento de la mente personal que trata de protegerse de lo que le genera dolor. Pero la Mente Colectiva, el Alma común, no entiende el lenguaje de la exclusión y sigue un principio existencial que reza que “todo lo que es tiene derecho a ser tal como ha sido, y a ser reconocido de esta manera”. Cuando este principio es respetado, como fruto de cavar en el propio proceso emocional y asentir a los asuntos familiares, el pasado queda liberado y el futuro puede ser fuerte y real. Cuando hay exclusiones, la Mente Colectiva impone la consecuencia inevitable de que lo excluido será encarnado de nuevo por personas posteriores, que no tienen nada que ver con el asunto, y que muchas veces inconscientemente, sin saberlo, siguen el destino del excluido. Es el efecto de las habitaciones prohibidas que atraen inevitablemente a algunos en un intento fallido de elaborar y cerrar capítulos dolorosos de los sistemas. ¿Cuántos se hacen alcohólicos siguiendo a un padre despreciado por su alcoholismo? ¿Cuántos padecen un apego frágil a la vida cuando en el corazón de la familia se les vive como miembros que reemplazaron a alguien perdido por muerte temprana, por ejemplo, o se sienten atados a la persona que falleció, y con dificultades para tomar la vida en plenitud? ¿Cuántos sienten impulsos suicidas cuando otros, anteriores, también se quitaron la vida o bien se hicieron culpables de la muerte o la desgracia de otras personas?

El segundo orden del amor es de una simplicidad extraordinaria: las personas están mejor cuando ocupan el lugar que les corresponde y no otro, lo que, traducido a los sistemas familiares, significa que los hijos sean hijos y los padres sean padres, y que en la pareja ambos sean adultos, iguales en rango, y caminen lado a lado. Si enunciarlo es fácil, que se cumpla no lo es tanto. ¿Cuántos hijos no se ven llevados a tomar la posición invisible de padres de sus padres, especialmente cuando éstos los perdieron pronto o los rechazaron (y entonces, sin darse cuenta, buscan en los hijos lo que les falto de sus padres), y los hijos lo asumen por amor, al precio a veces de llevar mochilas y fardos que dificultan su propia vida y expansión? ¿Cuántos hijos se encuentran implicados con uno de sus padres en contra del otro, o se sienten la pareja invisible de uno de ellos, o están demasiado cerca de uno de sus progenitores y en contra del otro, o hacen malabarismos emocionales y enferman en un intento heroico de preservar un buen lugar a sus padres en su corazón? No debemos olvidar que el anhelo genuino de los hijos es aunar a ambos padres en su interior, con independencia de lo que pase o haya pasado entre ellos. Demasiados padres se comportan como pequeños y demasiados hijos se comportan como grandes y especiales, transgrediendo la regla del bienestar en las familias: cada quien en el lugar que le corresponde. Y esto significa también que los posteriores se apoyan en los anteriores y orientan su mirada hacia el futuro. Es lo que en sociedades más tribales se vive como apoyo en los ancestros, a los cuales se honra y venera.

El tercer orden del amor refiere reglas de intercambio entre el dar y el recibir, lo cual riega y sostiene la vida de todos. En lo que respecta al vínculo con los padres, por ejemplo, no podemos devolver lo mucho recibido y lo compensamos y equilibramos dando a nuestros hijos o sirviendo y cuidando a la vida con nuestros dones. El mandamiento bíblico reza: “honrarás a tu padre y a tu madre y de este modo tendrás una larga y buena vida sobre la tierra”, lo cual significa que hacemos justicia a lo recibido logrando una vida buena y, a ser posible, larga. También compensamos cuidándolos dentro de nuestras posibilidades cuando lo necesitan en el declive de su vida.

Al trabajar con los problemas de las personas, encontramos que muchas no están asentadas en lo que viene de los padres (que simbolizan la vida) y más bien se niegan a tomar lo que recibieron, para preservarse de lo negativo. Sin embargo, de este modo raramente se ponen en paz con ellos mismos y con la vida, entregándole lo que tienen para darle. Más bien se empobrecen y se escatiman, posicionándose en el victimismo o el resentimiento u otros lugares de sufrimiento. Tomar lo que viene de los padres, aunque incluya heridas dolorosas, y trabajar emocionalmente en ello parece ser una suerte de salvoconducto para el buen amor y un antídoto contra muchos males, que nos induce a tomar responsabilidad por la propia vida y la renuncia a jugar juegos psicológicos invalidantes, llenos de sufrimiento, por ejemplo con la pareja o con los hijos o en entornos profesionales.

Respecto a los iguales, la regla del intercambio es mantenerlo equilibrado, para asegurar la paridad y la igualdad de rango. Damos, tomamos, compensamos, equilibramos, y estamos libres, y si seguimos juntos es usando nuestra libertad, no por sentido de deuda o de ser acreedores. Es un clásico en conflictos de pareja que suela haber desequilibrios en este intercambio de manera tal que uno se siente deudor y acreedor y ya no son capaces de mirarse a los ojos con confianza y apertura de corazón.

En resumen, ayuda en mucho a las personas y las familias que haya un orden, ordenar el amor, plasmarlo en una buena geometría de las relaciones humanas, en la que estén todos sin excepciones e igualmente dignos de respeto y de consideración, cada uno en el lugar exacto que le corresponde y nutriéndose los unos a los otros de manera tal que logren crecer en lugar de padecer. He aquí, pues, el buen amor.

Quién mejor que un poeta podría explicar ideas tan evasivas para la mente y tan certeras para el corazón. Miguel Hernández, en un fragmento del poema “Hijo de la luz y de la sombra”, escribió:
No te quiero en ti sola, te quiero en tu ascendencia
Y en cuanto de tu vientre descenderá mañana.
Porque la especie humana me han dado por herencia,
La familia del hijo será la especie humana.
Con el amor a cuestas, dormidos y despiertos,
Seguiremos besándonos en el hijo profundo.
Besándonos tú y yo, se besan nuestros muertos,
Se besan los primeros pobladores del mundo.

Algunos postulados de las Constelaciones Familiares como enfoque sistémico transgeneracional.
Al menos cuatro postulados psicológicos que, en nuestra cultura actual, muchas personas darían intuitivamente por ciertos, más por sentido común y experiencia de vida, que por otras razones empíricas estrictas, constituyen los pilares de las Constelaciones Familiares.

El primero: en la vida y en el cuerpo de cada persona se encuentra presente la huella, el eco y la resonancia de muchos otros, presentes o pasados, vivos o muertos, que nos conciernen o nos concernieron afectivamente: padres, abuelos, hermanos, tíos, hijos, parejas, exparejas, etc. Estamos unidos a ellos con una profundidad, un anillamiento y una sutileza más terca de lo que a veces desearíamos. Nos conviene experimentar nuestras raíces, y ser leales a ellas a través de nuestros desarrollos y nuestra alegría de vivir.

El segundo: somos mamíferos y, en consecuencia, nuestros afectos, nuestras buenas o malas relaciones, el lugar que tenemos respecto a los demás, y las vivencias expansivas de nuestro corazón en nuestros vínculos o sus contrarias de retracción, son determinantes en la trama de nuestra vida, en los guiones que nos dirigen, en la fuerza o debilidad para nuestra camino y en como construimos nuestro destino alegre o triste, feliz o desdichado. Tercero: vivimos en familias y sistemas que nos contagian con ideas, creencias y tareas que podemos aceptar o rechazar, pero que no podemos obviar. Bailamos las danzas de comunicación que conocen aquellos con los que nos criamos, y ahí hacemos aprendizajes afectivos y conductuales relevantes, que nos acompañarán el resto de nuestras vidas, si no trabajamos con ahínco y profundidad para transformarlos. Pertenecemos a estos sistemas, especialmente el familiar, y nuestra pretendida libertad individual se revela, demasiado a menudo, como ficción. Aunque no estemos dispensados de tomar responsabilidad por nuestra vida, inconscientemente algunas de nuestras cartas están marcadas por el sello de nuestra historia.

Cuarto: la matriz familiar de la que venimos es una historia de fuerza y de dolor, surcada por hechos que hicieron prosperar la vida como uniones, nacimientos, riquezas, superación de adversidades, talentos, etcétera, y otros que la lastimaron, como muertes tempranas, violencias, desamores, traiciones, secretos, etcétera.

Conviene que todos los hechos de esta matriz hayan sido reconocidos e integrados para que las potencialidades de sus miembros se desplieguen en la dirección del futuro y de la vida, y no queden pegadas al pasado y a los sucesos y sombras que no quedaron superados, en forma de implicaciones fatales y lealtades desdichadas.

A través de estos enunciados nos adentramos en el pensamiento sistémico, en primer lugar, según el cual las personas somos seres contextuales: vivimos en sistemas y cada miembro de un sistema afecta y es afectado por los otros, y si uno cambia invita a los otros a cambiar. Traducido a las familias y a sus modelos de comunicación, diremos que no hay personas tristes, o malvadas, o timoratas, o buenas o malas, etc., sino que les toca este rol en la danza común que ejecutan entre todos, al son de la música de su dolor y de sus necesidades de amor y de dignidad. En segundo lugar, nos adentraremos también en una vertiente del pensamiento sistémico denominada transgeneracional, según la cual no sólo estamos afectados por nuestros experiencias biográficas, sino por los hechos y experiencias de vida de muchos que ni siquiera conocimos y que siguen presentes en nosotros en forma de ecos y resonancias que se manifiestan tanto en negativo (por ejemplo, en repeticiones inconscientes de destinos calamitosos, o atracciones por ciertos temas no resueltos, enfermedades físicas o psíquicas, impulsos de muerte o expiación de culpas, seguir a la muerte o enfermar en lugar de, etcétera), como en positivo (legados de talentos y dones, intentos de reconciliar y reparar viejas heridas, etc.).

Sujetarse a la vida (ejemplo)
“Te sigo a la muerte querido hijo”, expresa el quebrado corazón de una madre que perdió a su hijo al nacer. O, “ya voy/muero/enfermo yo en tu lugar, porque te quiero tanto, querida mama”, resuena en el corazón del hijo que percibe, de algún modo osmótico, que la madre no está completamente sujeta a la vida. Y de ahí devienen comportamientos destructivos, adictivos, problemáticos, desesperados, de fracaso o escaso cuidado de uno mismo o de los demás. También, “ya me sacrifico, o expío, o cargo con culpas, rabias, penas, dolores, en lugar de vosotros, mis queridos padres, abuelos, tíos, hermanos, parejas, hijos, etcétera”. Son dinámicas de amor ciego o mal amor, que no llevan a la vida ni a la felicidad, pero que afectan a muchas personas en la tramoya compleja e inescrutable de los vínculos de su vida y de su familia. Y tienen consecuencias, tanto en el ámbito de la salud, como de la pareja, como de la profesión, como de un general poco respeto a la vida. Podría poner infinitos ejemplos. Pero pondré uno al que titularemos: “Esta es mi última oportunidad”.

De este modo, desesperado e imposible, comienza su presentación una mujer que padece una profunda depresión. Al investigar sobre los hechos cruciales de su vida y de su familia, aparece un suceso determinante: sobrevivió a un atentado en el que murieron muchas personas. A partir de ahí, extrañamente, sintió que ella también estaba muerta y que no le correspondía subirse de nuevo al tren de la vida. En la Constelación la representante de esta mujer se mueve hacia tres personas que, tumbadas en el suelo, representan a los que murieron, como queriendo también caer y morir con ellos. De ahí su depresión. Se siente atada a ellos, en una suerte de inquebrantable destino común, y en su corazón dice “yo también muero con vosotros”. En lugar de tomar el regalo de la vida, que se le concede como un segundo nacimiento, más bien se pregunta: ¿Por qué a ellos les tocó morir y a mi me toca vivir? Y con el peso de la muerte de los otros, no encuentra en lo más íntimo de su alma, la fuerza para abrazar de nuevo la vida. Además, en la Constelación, los representantes de los hijos de esta mujer se muestran muy violentos con ella, apretando los puños ostensiblemente. Luego, ella agregará lastimeramente que sus hijos la golpean en la vida real. Sin embargo, esta dinámica de violencia de los hijos refleja su amor desesperado: se enojan e incluso la golpean porque no logran soportar su movimiento de caer, de hundirse, de no vivir. Con sus golpes pretenden, equivocada y desesperadamente, retenerla en la vida, que parece que se le escurre de las manos.

En este caso, además de la comprensión clara de la dinámica de la depresión, lo que ayudo fue ver y notar, a través de la Constelación, que las víctimas fallecidas no desean ser perturbadas ni necesitan que los sobrevivientes vayan con ellas; más bien al contrario, les sonríen y les bendicen. Ayudo cuando la mujer pudo mirarles y decirles: “A vosotros os toco morir y a mi vivir, y trato de respetar vuestro destino de morir y el mío de vivir, y por favor mirarme con buenos ojos para que viva”. Ayudo también que, con más integridad sentida, les dijera a sus hijos: “Me quedo con fuerza en la vida y recupero mi lugar de madre y de grande, y vosotros estáis libres de tener que preocuparos por mi”.

Joan Garriga
Noviembre 2013

04 enero 2019 | Artículos

Segundas Relaciones

Son tiempos caóticos y creativos, originales e inciertos, turbulentos y esperanzados para el amor en las parejas. Algunos estudiosos han acuñado el concepto de “monogamia secuencial” que viene a anunciar lo que todos ya percibimos –unos con cierto alivio, otros con más añoranza-: el funeral de “la pareja para toda la vida”. Monogamia secuencial significa que, hoy por hoy, las personas tenemos estadísticamente muchas probabilidades de tener entre dos, tres o más parejas consecutivamente a lo largo de una vida con la consiguiente complejidad de formatos familiares y de convivencia que acarrea y, sobre todo, con un alto precio en estrés emocional, afectivo y vincular. Nunca como ahora habíamos enfrentado de forma masiva tantas exigencias emocionales y tránsitos dolorosos. Amarse, unirse, vincularse, crear, separarse, desprenderse, volver a empezar, son cualquier cosa menos trámites desde la frivolidad. Golpean las cuerdas que más intensamente vibran en nuestras almas, las del amor y el desamor.

Son tiempos presididos por la libertad individual. Una premisa discutible pero no cuestionada por la mayoría de personas es que somos dueños de nuestra vida y no al revés, que también tendría sentido, a saber, que pertenecemos a la vida y a sus propósitos. Los designios individuales priman a los comunitarios. De hecho en sociedades tecnológicas se desdibuja el sentido de lo colectivo y de lo trascendente y las personas se refugian en un rabioso norte auto referencial. En la actualidad las personas nos sentimos sin esfuerzo el centro del universo, y la presencia de las dificultades que la vida trae nos empuja a salvar el propio barco, el yo tan preciado, olvidando el marco grande del nosotros, del destino común. Así ocurre también en la pareja.

Las parejas han perdido sentido comunitario y, en general, ya no se encuentran insertadas ni apoyadas por una comunidad significativa, ya sea familiar o de convivencia. Por tanto cuando rugen los conflictos y los desacuerdos, cuando surgen las desavenencias, cuando la trama de los hijos pone a prueba la fortaleza de la pareja, cuando las inclemencias económicas o de salud golpean, cuando los estilos afectivos aprendidos en la infancia colisionan, él y ella, no encuentran espacios de apoyo, sosiego y alivio en otros y en la comunidad, y es tanto lo que esperan el uno del otro que resulta demasiado. Ante la tensión, la frustración y el dolor, giran de nuevo hacia el yo, se escoran hacia el único refugio seguro, sí mismos. Consecuencia: la separación. Siempre dolorosa, hiriente, difícil de integrar. ¿Cómo soltar donde pusimos tanto? ¿Cómo replegar el corazón cuando fue tan expansivo?

En la mayoría de las culturas el vínculo de la pareja, especialmente de la pareja convertida en progenitores, tenía un valor sagrado, reverente, de culto y servicio a la vida. La pareja vista como realización en el amor y en la sexualidad al servicio de la comunidad y de la vida.

El peligro que se cierne hoy ante la incertidumbre y el estrés de lo afectivo es la pérdida del sentido de lo sublime y lo misterioso en el vínculo de la pareja. Ante el dolor que se avizora en el horizonte, ante la inseguridad de los modelos, la tentación es ceder a una materialización de lo humano y de los vínculos, en los que el otro es visto como bien de consumo, efímero y fungible. Pero el ser humano necesita completarse a través de lo que le falta que siempre es el otro y, generalmente, para el hombre la mujer y para la mujer el hombre. La pareja nos completa pero no el sentido de media naranja que encuentra su otra media sino que a través del otro conseguimos experimentar la plenitud. Y no sólo la pareja; cuando el otro es verdaderamente un Tú surge el Yo en su grandeza. Como lo decía el filósofo y rabino Martin Buber, el verdadero encuentro humano se da en el Yo-Tú y no en el Yo-ello. El verdadero ser de cada uno se encuentra a través del reconocimiento del Tú.

La trampa fácil es la desesperanza. La salida cómoda es despojar de alma lo humano. El camino difícil es el del amor y el dolor, justo lo que nos hace fuertes y verdaderamente humanos. Una separación casi nunca es un trámite, es un desgarro en el alma y nos aboca a la proeza de transitar sus tempestades emocionales y realizar nuevos aprendizajes para salir fortalecidos en dirección a una nueva relación si es lo que deseamos.

He optado por iniciar este artículo haciendo una reflexión más sociológica que psicológica en una primera línea de abordaje, pues hemos de reconocer que para aligerar culpas y auto reproches por nuestros fracasos amorosos ayuda que nos sintamos participes de un movimiento social que trae sus propia reglas y exigencias y nos aboca al actual caos amoroso en el cual no hay más brújula para orientarse que la sumisión a los procesos sentimentales y emocionales de cada uno, desdibujados los carriles sobre lo correcto o lo incorrecto. Trataré de iluminar algunos mitos o errores comunes que desembocan en separaciones y como cada uno de ellos puede ser una oportunidad de aprendizaje y reorientación para posteriores relaciones.

Buscar la felicidad en el lugar equivocado
Es dudoso que el sentido de la pareja sea proveer de felicidad a sus miembros pero es común soñar que la felicidad llegará con la unión perfecta con el otro, como si ésta se tratara del calmante de todos los males, una suerte de elixir que nos hace invulnerables y realiza la esperanza de reposar confiados en el añorado seno materno.

Que la pareja nos dará la felicidad es una creencia tan extendida que si uno la cuestiona se arriesga a hacerse enemigo de los ilusionados. Sin embargo, si preguntamos a parejas consolidadas suelen contestar que la pareja no les ha dado estrictamente felicidad tal como la esperaban, sino una ardua, agria y dulce tarea interior y de crecimiento, y la compensación es más bien un sentimiento de dulzura, alegría, unión y compromiso en el camino común. Proporciona con suerte la alegría y la dulzura de saberse juntos y confiables en un camino común.

Sabiendo que la progresión de la pareja exige un buen número de penosos ajustes en el ego personal resulta un tanto infantil mantener intacta la creencia de que debe proporcionar la felicidad. Según palabras de San Agustín la felicidad consiste en tomar con alegría lo que la vida nos trae y en soltar con la misma alegría lo que la vida nos quita. Seguramente la felicidad tiene más que ver con una actitud ante la realidad que vivimos que con la realidad misma. Somos felices cuando conseguimos apreciar y fluir con lo que nos toca vivir en lugar de hacerlo depender del estricto cumplimiento de nuestros deseos y nuestros cambiantes pensamientos y sentimientos.

Sería un gran paso liberar a nuestras parejas del peso de tener que hacernos felices y liberarnos a nosotros mismos del peso de hacerlas felices para que paradójicamente la felicidad pueda ser mayor. Sería más prudente y sabio tener simplemente la expectativa y el ofrecimiento de un cierto bienestar y realización en el intercambio y en la relación. Una buena orientación para abordar una nueva relación es liberarla de la expectativa de que nos haga felices asumiendo la tan proclamada idea llena de sentido común de que nada ajeno nos hará felices. Que la felicidad empieza en uno mismo y entonces, como el aceite, se extiende hacia los demás.

Tolerar el bienestar y el dolor
Lo que nos lleva a la pareja y le otorga su importancia es el reconocimiento de que estamos incompletos, de que algo falta, de que sentirnos solos y únicos lastima el puzzle interior del Alma que todos necesitamos redondear. El otro, por tanto, completa nuestra sed de totalidad. El vehículo que nos lleva al otro es la sexualidad en primer lugar, junto con la ternura, el cuidado y la seguridad en segundo lugar, y la compañía y el camino común en tercer lugar. Cuando una pareja persiste en su camino común y en el intercambio y crece a través de los hijos, los proyectos compartidos, los retos y vaivenes asumidos, etc. se profundiza el vínculo de una manera necesaria y grata para el alma pero con grandes consecuencias: por un lado aumenta el bienestar de manera tal que algunas personas no lo pueden soportar y por otro lado nos hacemos candidatos al dolor ya que la traición o la pérdida de la persona amada desgarrará nuestro cuerpo, nuestro corazón y nuestra alma. Una nueva relación debe incluir la pregunta sobre cuánto bienestar seré capaz de buscar y tolerar y también de qué manera estoy listo para ser de nuevo candidato al dolor y asumirlo si es preciso. Para muchos quizá resulte incomprensible la idea de tolerar el bienestar pero mi experiencia como terapeuta me ha enseñado que muchas personas empiezan a boicotear sus relaciones amorosas “justo cuando todo va bien” lo cual me ha hecho pensar a menudo en una especie de tabú cultural sobre el bienestar, lo cual se explica por una feroz lealtad a los modelos familiares en los que crecimos cuando fueron desdichados. Ningún hijo tolera bien un cociente de bienestar mayor del que conoció en su escenario familiar primero. El reto consiste en permitirlo y transformar lealtades desdichadas en regalos de bienestar para nuestros orígenes.

Tú eres tú y yo soy yo, o tú eres yo y yo soy tú.
Cuenta una vieja historia de Oriente que cuando Dios creo al hombre y a la mujer les dio un solo cuerpo, de manera que desconocían el sentimiento de soledad y de carencia. Estaban juntos, completos, eran felices. Pero pronto surgieron dificultades, a veces el hombre quería caminar hacia el este y la mujer hacia el oeste, o uno quería tumbarse y reposar mientras el otro deseaba seguir recolectando frutos. Se dieron cuenta de que no eran libres y que el precio de estar tan juntos –de ser uno en dos o dos en uno- suponía grandes renuncias a impulsos y deseos estrictamente personales. Tanto anhelaron ser libres que solicitaron una reunión con Dios, le explicaron sus problemas y le pidieron que tuviera a bien concederles dos cuerpos. Dios, amable y generoso, no tuvo inconveniente y les concedió dos cuerpos, a él cuerpo de hombre y a ella cuerpo de mujer. Al principio rebosaban de contento, cada uno podía caminar y hacer lo que quería a cada momento con independencia del otro. El podía caminar hacia el este y ella hacia el oeste, no obstante en seguida experimentaron que si se alejaban demasiado en direcciones contrarias notaban un desagradable y angustioso sentimiento hecho de punzadas de soledad y el deseo de reencontrarse. Tratando de resolver el exceso de unión para encontrar el camino personal se encontraron con la independencia que ponía en riesgo su unión. Se dice que desde entonces las personas han tratado de vincularse sin conseguir resolver completamente este conflicto entre unión e identidad. Todas las personas experimentan ambas necesidades pero en grados y maneras diferentes. Así encontramos personas altamente orientadas a la fusión con el otro y otras a la autonomía. Cada pareja negocia la manera en que ambas necesidades se pueden satisfacer en ambos miembros respetando sus tendencias y estilos personales.

Es posible que un fracaso en la pareja se deba a una mala conjugación de estas necesidades y ayuda cuando nos dirigimos a una nueva pareja tener una mayor claridad de las propias necesidades y tendencias que nos permitan encontrar la persona con la que podamos sintonizar y calzar sin graves conflictos.

Es obvio que los extremos de la cuerda generan dificultades especiales y hay personas que se pierden a sí mismas en la fusión, temiendo encontrarse a sí mismas, y otras que se pierden a sí mismas en el exceso de independencia temiendo diluirse en el otro.

Entonces conviene que trabajen terapéuticamente para flexibilizar sus posiciones rígidas. Para que la frase ritual “una sola alma, una sola carne” tenga sentido primero es necesario un dibujo nítido de las identidades individuales.

Enamorarse y amar
Enamorarse significa: “me mueves mucho pero te veo poco” y con esta ceguera y pasión inicial muchas parejas inician su caminar. Efectivamente el otro que vemos cuando nos enamoramos no es más que el otro que imaginamos y necesitamos en nuestras fantasías y le hacemos depositario de nuestros anhelos. Se convierte en el blanco de nuestras proyecciones. Cuando la pareja se empeña y se arriesga a seguir la relación y el camino común se inicia el amor, eso es: “ahora ya voy viendo mejor quién eres pero ya no me mueves tanto, sin embargo me mueves y me tocas lo suficiente para aprender a querer y respetar quién eres, incluso lo que me resulta difícil o no me gusta y me quedo a tu lado y me comprometo en un camino común en lo alegre y en lo triste, en la salud y en la enfermedad” como a veces reza el texto ritual del matrimonio. En esta fase algunas expectativas ya han sido frustradas. Podríamos decir que el amor empieza cuando el enamoramiento remite. Paradójicamente algunas personas lo interpretan al revés. Piensan que se pierde el amor cuando el enamoramiento se desvanece, rompiendo la relación. Para las personas que inician segundas o terceras relaciones es una oportunidad para combinar enamoramiento ciego con la clara percepción de quién y cómo es el otro. Hombres y mujeres, chamuscados por relaciones que prometían la maravilla y acabaron de manera infernal, acaban por orientarse de una forma analítica según el sentido de lo conveniente, y a veces no está mal que hagan como si estuvieran un poco ciegos para activar la pasión que surge cuando inventamos al otro a la medida de nuestros anhelos más ocultos. De igual manera los que ciegamente tropiezan una y otra vez con la misma piedra, con el mismo estilo de relación fallido y trágico, en verdad, no quieren algo mejor sino seguir tropezando en su emocionada y esperanzada ceguera y les conviene abrir los ojos y ver.

Rendirse a lo que separa
Para lograr el bienestar y la estabilidad en la pareja no basta con el amor. En casi todas las parejas podemos rastrear la presencia del amor en alguna o todas sus manifestaciones: pasión, ternura, amistad, decisión, compromiso, etc. Sin embargo puede no ser suficiente y, a pesar del amor, algunas parejas no logran superar los grandes temas que los acechan y deben rendirse a la tenaza de las dificultades o buscar soluciones para ellas.

Apreciar nuestros orígenes y tomar a nuestros padres allana el camino de la pareja.
Un persona soñó una noche que se acercaban sus padres y depositaban unas monedas en sus manos, no sabemos si muchas o pocas, si de oro, de plata o de hierro. La persona durmió feliz el resto de la noche y al día siguiente fue a la casa de los padres y les dijo: – he soñado que me entregabais unas cuantas monedas y he venido a agradeceros y deciros que las tomo con gusto. Los padres que, como todos los padres, encuentran su grandeza en el reconocimiento y capacidad de recibirlos de los hijos contestaron: – como eres tan buen hijo, puedes quedarte con todas las monedas, y puedes gastarlas como quieras y no es necesario que las devuelvas. El hijo se fue de la casa de los padres y para siempre se sintió pleno y enraizado y el día que encontró una pareja podía sentir en su interior “tengo padre y madre así que me bastara con que él o ella sea mi compañero y yo el suyo”. Esta historia ilustra en el lado inverso el hecho de que a veces algunos hijos no toman sus monedas que representan la herencia de nuestros padres porque entre ellas también están envueltos las heridas y los sucesos dolorosos y prefieren decir: “no me sirven o no son suficientes o son demasiadas, etc.” y entonces, en algún nivel, caminan huérfanos sosteniéndose en los falsos poderes del resentimiento, el victimismo, la enfermedad, la iracundia, etc. en lugar del verdadero poder de tomar a los padres y su historia y su realidad. Entonces, cuando no toman a sus padres, se acercan a su pareja e incluso a sus hijos con la idea de que la pareja o sus pequeños tendrán las buenas monedas que no recibieron de sus padres, lo cual trastorna el orden entre el dar y el tomar. La pareja no es una relación materno filial sino una relación entre adultos y aunque la pareja tome el lugar materno o filial en ciertos momentos y aunque con suerte algunas parejas logran balsamizar y reparar viejas heridas con los padres, en general cuando esperamos de la pareja lo que no pudimos tomar de los padres y este se convierte en el patrón de trasfondo de la relación es demasiado y la pareja fracasa en medio de grandes dolores y desgarros emocionales. Al contrario de lo que es usual en las canciones románticas podríamos decir que funcionamos mejor en la pareja cuando somos más autónomos y reconocemos que sin él o ella también estaríamos bien, que también seríamos capaces de vivir.

Estilos afectivos en colisión.
Todos hemos crecido en un escenario familiar con reglas y modos afectivos propios. Como niños nos insertamos inocentes a la familia a la que pertenecemos y ahí hacemos los aprendizajes principales sobre los vínculos y las relaciones. En particular nuestra exposición al dolor y el intento de apartarnos de el va conformando un estilo afectivo que nos guiará en nuestras elecciones y relaciones afectivas adultas. Podríamos decir que es universal una cierta desconfianza hacia el amor ya que aquellos que amamos nos han herido y los hemos herido y como marionetas gobernadas por el dolor tratamos de protegernos tomando posiciones. Así una vez adultos se juntan Don no valgo para nada con Doña segura, o Don delicado con Doña cuidadora, o Don optimista con Doña abandonada, o Don me peleo con todo con Doña yo tengo razón, o Don agresivo con Doña resignada, y mil etcéteras. Sin duda una pareja es una segunda oportunidad para reaprender, para arriesgarse de nuevo a confiar en el amor. A veces los estilo afectivos aprendidos se complementan y la pareja avanza. Otras veces los estilos colisionan con tanta vehemencia que no es posible un mínimo de bienestar. A pesar del amor la pareja tiene entonces que enfilar caminos divergentes. Como señala Boris Cyrulnik con su teoría de la resiliencia, cada nueva pareja es otra oportunidad para rehacer un vínculo seguro e íntegro. Después de una separación el trabajo consiste en hacer una inmersión en el estilo afectivo que no resulto funcional y equiparse para realizar cambios.

Implicaciones en las familias de origen
A veces él no consigue dejar de ser el hijo de sus padres para ser el marido de su mujer, a veces ella sigue tan ocupada con el destino de un hermano que no concede la prioridad al marido y la nueva familia formada. Únicamente son ejemplos pero cuando dos personas forman una pareja y se unen, en realidad, se unen dos familias con su historia particular cimentada en hechos y vicisitudes particulares, y cada uno en la pareja conserva sus lealtades más o menos camufladas a sus orígenes. La pareja se vuelve consistente cuando, con el tiempo, logra afianzarse y sentir que como pareja y como nueva familia son fuertes y tienen prioridad a los vínculos anteriores y esto se consigue lentamente, madurando a fuego lento. Hay sagas familiares donde planean creencias que arrastran a todos sus miembros como por ejemplo “ninguna mujer será nunca feliz con un hombre” o “no se puede confiar”, etc. Beneficia preguntarse sobre estas creencias, ver como actúan como frenos, desafiarlas si es preciso. Ayuda plantearse las ataduras de amor con nuestros orígenes que nos dificultan el tránsito a la madurez y a la posibilidad de tomar el lugar al lado de un compañero.

Saber perder
El indicador de que una separación ha concluido en un sentido interior viene dado por el hecho de que, en las profundidades, logramos aceptar todo lo que ha pasado, tal como ha pasado y nos entregamos a la vivencia de la pérdida y a las punzadas de dolor que progresivamente se vuelve más sereno. Por fin podemos rendirnos a la realidad de lo vivido y lo perdido y tomarlo tal cual. Para eso abandonamos las culpas y los reproches por las heridas y las frustraciones, tanto los que dirigimos hacia nosotros mismos como hacia la ex pareja. También dejamos atrás los intentos de explicar y entender que nos han servido como consuelo y asidero para sostener las tormentas emocionales y renunciamos a la explicación correcta y soltamos. Liberamos la necesidad de tener razón y todos los argumentos que la sostienen al igual que dejamos de prestar oídos a los argumentos de nuestra ex pareja. Lo habitual es que mientras le inventamos porqués a la realidad nos negamos a rendirnos a ella y ser sus humildes discípulos. A veces ni siquiera hay porqués claros… sólo la vida generando formas cambiantes. Saber perder requiere en un última estancia la capacidad de entregarse al dolor de la pérdida sin camuflarla con otras emociones parásitas como la rabia, la lastima, la culpa, etc. Por fin, y esto es lo más importante, una separación ha concluido cuando nos retiramos de tratar de encontrar buenos y malos y dejamos que cada uno asuma su responsabilidad. Pasase lo que pasase, y sean las que sean las medidas y los límites necesarios para encauzar la relación posterior –especialmente si hay hijos- salimos íntegros si aquellos a los que amamos en su día conservan un lugar digno e íntegro en nuestro corazón; con más motivo cuando se tienen hijos en común. Es bueno para los hijos percibir que, en ellos, los padres se siguen queriendo, por la simple razón de que los hicieron en común como fruto del amor que se tuvieron en su momento. Es necesario al final que cada uno retome en sus manos el impulso de la vida y la propia responsabilidad por la vida que sigue sin el otro.

Ana está con su nueva pareja desde hace diez años. Sufre intensamente por el hecho de que, aún queriéndolo, no logra sentirse comprometida y profundamente vinculada. Más bien se siente aún vinculada con su pareja anterior con la que vivió hechos cruciales y de la que se separo sintiéndose ahogada pero de la que no logra desprenderse en un sentido interior. Los hechos cruciales consisten en que ella atravesó un peligroso cáncer durante dos años que la tuvo muy enferma y al borde de la muerte y él la cuido con total abnegación. Cuando ella superó su enfermedad una fuerza incomprensible la llevo a separarse como si tratará de escapar de una cárcel. Lo que a nivel racional es incomprensible se entiende muy bien mirando detenidamente la dinámica y los equilibrios en el intercambio en la pareja. Ella recibió tanto durante estos dos años de enfermedad que se sintió con una gran deuda y ante lo insoportable de no poder zanjarla abandono la relación. Una deuda puede compensarse de muchas maneras pero también con la gratitud y la humildad de saber recibir algo bueno y, a veces, la compensación ya se encuentra en la capacidad y belleza de saber recibir. Pero esto requiere humildad. Sea como sea lo importante es cuidar el equilibrio en el balance de cuentas. Una separación se logra cuando el saldo se acerca a cero y no hay más deudas ni obligaciones.

Volver a empezar

Como dice el protagonista de una historia que cuenta Jorge Bucay, “fui a comprar un final feliz, y busqué y busqué, pero no lo pude encontrar, y viendo que no lo podía encontrar preferí invertir en un nuevo comienzo”. Cuando un amor se va hace espacio para otro nuevo y muchas personas que quedaron heridas y vulnerables renuevan su esperanza en un camino de amor y se invierte en un nuevo comienzo, el cual aunque no se logre un final anterior feliz –y un final es más a menudo traumático, doloroso y frustrante- puede edificarse sobre el respeto y la gratitud a lo anterior, la integración de las heridas, los límites necesarios para canalizar los desacuerdos, especialmente cuando hay hijos, y la despedida en el dolor y el amor. Lo nuevo se construye sobre lo viejo cuando lo viejo no son ruinas y cadáveres sino buenos cimientos de amor, respeto y gratitud. Por tanto una relación concluye sanamente cuando, con el tiempo necesario, el amor en un sentido interior puede volver a fluir y los límites en un sentido exterior quedan nítidos.

Joan Garriga
30 abril 2005

04 enero 2019 | Artículos

Felicidad, amor y orden en la pareja

Como seres humanos estamos obligados a cuidar de nosotros mismos a lo largo de nuestra vida, a orientarnos según la dirección y el soplo de nuestros valores y nuestro espíritu y a buscar este grial anhelado al que llamamos felicidad.

Se dice que la riqueza no proporciona la felicidad pero desgraciadamente sólo los ricos lo saben. Lo mismo ocurre con el poder, con la fama, o con cualquier otro asunto al que apostamos. Por tanto es específico de lo humano buscar la felicidad y aún más específico buscarla en lugares equivocados. La sabiduría y el coraje consisten en asumir los errores en lugar de persistir en ellos, en desandar los caminos que se muestran infructuosos y reorientarse de nuevo hacia lo esencial.

La pregunta relevante es ¿la pareja es el buen lugar para buscar la felicidad? La respuesta es si y no al mismo tiempo. Si, porque se sabe que en relación y con vínculos estables, fiables y cariñosos las personas se sienten mejor e incluso viven más. No, porque el vínculo de pareja obliga a sus miembros a importantes ajustes en su ego personal, en sus lealtades familiares y en sus estilos afectivos.

Cualquier psicoterapeuta experimentado ha visto desfilar por su consulta a personas o parejas frustradas, doloridas y desorientadas por sus desafíos de pareja. Además hoy en día se habla de monogamia secuencial lo que significa que es muy probable que a lo largo de nuestra vida tengamos dos, tres o cuatro relaciones estables con un alto coste emocional por el proceso de crear vínculos y de soltarlos cuando termina el camino común.

Todo tiene un final por el simple hecho de que tuvo un inicio. La pareja también, a veces con la muerte de uno de sus miembros, a veces mucho antes. Todo está sujeto a la transitoriedad y todo lo que adquiere una forma se desvanece en algún momento. Quizá la felicidad guarde relación con la actitud de danzar alegremente con las formas que creamos o se crean en nuestra vida, con independencia de cuáles sean. Algo así como está bien si ocurre A pero también está bien si ocurre B, aunque de hecho me gustaría que ocurriera A.

La vida tiene propósitos que no siempre encajan con nuestros deseos personales. ¿Encontramos la felicidad cuando la vida encaja con nuestros deseos, o cuando nos subordinamos al proyecto de la vida, o cuando ambas cosas, lo que deseamos y lo que sucede, pueden ser aceptables para cada uno? Que cada uno se responda y asuma su respuesta.

Lo afectivo nos toca profundamente y, a menudo, nos pone más frágiles y vulnerables de lo que deseamos. Cuando trabajamos con parejas casi nunca es un problema de falta de amor sino de darle el cauce que permita crecimiento y un cierto bienestar. El método de las constelaciones familiares aplicado al ámbito de la pareja permite desvelar en forma rápida las dinámicas que mantienen las dificultades y generar los movimientos necesarios para la transformación y el cambio en la dirección que sea adecuada.

También muchas personas que no están en pareja y lo desean o se plantean preguntas al respecto pueden encontrar el buen lugar para dirigirse hacia la pareja si esto es lo que corresponde. Algunas de las ideas clave que miramos en el trabajo son las siguientes.

La pareja es una relación entre adultos y no materno o paterno filial. Cuando las demandas y expectativas hacia la pareja son enormes se hace necesario girar la mirada hacia los padres y revisar los asuntos pendientes y tomar de ellos lo que no pudo ser tomado. Las personas que consiguen restaurar el vínculo amoroso con sus orígenes y tomar lo que vivieron tal como fue se dirigen a la pareja con expectativas más razonables y adultas.

Para decirlo simplemente, ya no actúan como huérfanos. La relación materna filial se funda en la desigualdad y en el control de los impulsos sexuales; en cambio la relación de pareja se funda en la igualdad de rango y en la entrega sexual.

Todas las personas hemos crecido dentro de un marco relacional familiar en el que hemos interiorizado y desarrollado modelos y estilos afectivos que nos resultan naturales y que están al servicio de evitar el dolor de las heridas de corazón y preservar los vínculos. Tenemos estilos controladores, dependientes, seductores, lacónicos, agresivos y un largo etcétera. Cuando dos personas se juntan ponen en danza dos estilos afectivos que tienden a complementarse en beneficio del crecimiento mutuo o del mutuo empequeñecimiento, o bien que entran en colisión causando abruptos choques y malestar en la relación. Lo que ayuda es que la pareja desarrolle estilos afectivos y modos de intercambio que les hagan crecer y les proporcione un cierto bienestar.

Todos hemos visto parejas de muchos años que se maltratan y humillan constantemente y cuesta entender porque siguen juntos. La respuesta es sencilla: su vínculo y su amor son fuertes aunque no bastan para el crecimiento y el bienestar. El intercambio negativo hace fuertes los vínculos, y las personas, aunque estén expuestas al malestar o al maltrato, ven difícil encarar el terror de perder al otro.

El amor no basta para que una relación se logre. Aunque muchos piensan que el amor es una gran fuerza y que todo lo puede, en la práctica encontramos que el orden es una fuerza mayor. Cuando el orden es respetado el amor en la pareja se logra con más facilidad. El orden consiste en dar prioridad a la relación de pareja formada o la nueva familia formada frente a los sistemas anteriores o de origen.

Algunas personas permanecen tan atadas a sus familias de origen que no logran tomar verdaderamente su lugar de hombre o mujer al lado de su pareja. Entre sistemas el orden da prioridad al último formado. Entre las personas el orden se respeta cuando los posteriores no se inmiscuyen con los asuntos de los anteriores. Es común encontrar hijos que se arrogan lugares que no les corresponden y se sienten las parejas invisibles de su padre o madre, o se sienten padres de sus padres, etcétera. Lo que vemos es que los sistemas familiares se comportan como si tuvieran una mente común y las personas se implican con las cadenas de hechos fundamentales acaecidos, especialmente los derivados de la sexualidad, de la violencia o de la muerte y los duelos. Ahí donde los padres no fueron dichosos, o hubo hermanos enfermos o que murieron tempranamente, o tíos que fueron apartados o abuelos que sufrieron sucesos de guerra por ejemplo, se generan atmósferas que mantienen su influencia por varias generaciones y hace que los posteriores llegados se impliquen y asuman sacrificios y sufrimientos pensando que sirven al sistema.

El mejor regalo que las personas podemos hacer a nuestro sistema y a nuestros padres es el de tener una buena vida, provechosa y realizada. Pero demasiado a menudo nuestro corazón infantil trata de ser leal a nuestros anteriores a través de la infelicidad.

Así a veces un hombre o una mujer no aterrizan en lo profundo al lado de su pareja. No toman su lugar. Entonces es necesario revisar las imágenes y las lealtades familiares interiorizadas y honrar a las personas y los hechos tal como fueron para poderlos dejar en el pasado.

También la pareja tiene su historia y se expone a vivencias y hechos que potencialmente pueden fortalecer o debilitar. Nacimientos, enfermedades o muertes de hijos, abortos, desequilibrios en el intercambio sexual o del dar y el recibir, límites y reglas de relación con las familias de origen o familias anteriores, vaivenes económicos, muerte de los padres, etc. ponen a prueba la fortaleza y la capacidad de la pareja. Generalmente la solución consiste en saber llevar juntos los hechos difíciles en lugar de escorarse hacia la salvación y la manera personal.

La patología principal cuando trabajamos con parejas y con familias es el empeño que ponen las personas en dividir el mundo y a los miembros familiares en buenos y malos. De hecho es la semilla de todas las guerras. Algo se arregla y se reconcilia o se construye cuando todos pueden ser respetados y preservar su dignidad. Demasiadas personas sufren en su corazón por sentir que a un padre le dan el lugar del bueno y a otro el lugar del malo y así perpetúan la guerra interior.

En las parejas no hay buenos y malos y aunque cada persona pueda encontrar los argumentos para justificar su posición y prorrogar su sufrimiento nada se logra con el rechazo y la condena. Simplemente aquello que rechazamos nos persigue con más fuerza. Así que a veces necesitamos rendirnos, exponernos a los sentimientos tanto furiosos como dolorosos, o soltar, o reconocer límites, y siempre podemos hacerlo a través del amor y la responsabilidad, resistiendo la humana tentación de repartir culpas en los demás lo cual nos convierte en jueces y por tanto en víctimas de nuestra falsa superioridad, o de otorgarnos la culpa a nosotros mismos lo cual nos convierte en demasiado orgullosos e importantes, ya que sólo los que se creen importantes hacen acopio de culpas.

Son muchos los asuntos que airean y traen alivio y caminos nuevos a las personas y a las parejas. Pero nunca debemos olvidar que no los sabemos todo y que es necesario el espacio para el misterio. Como se decía en la antigua Grecia existe un proyecto mayor del que no conocemos todos lo detalles pero que nos subordina, a menudo, de una manera más sabia de lo que reconoceríamos si tuviéramos la humildad suficiente.

 

Joan Garriga
Junio 2005

10 octubre 2016 | Artículos

Dejar ir en la pareja

Publicado en REVISTA KUNDALINI

OCTUBRE 2016
Por Joan Garriga
Me piden que escriba un artículo acerca de cómo dejar ir una relación de la manera más sana posible. Lo que puedo aportar al respecto es la experiencia vivida tanto a nivel personal como a nivel terapéutico fruto de los diferentes años de experiencia en el trabajo con parejas y de lo que uno mismo va experimentando transitando por la vida.

Supongo que una de las maneras más sanas de dejar ir una relación de pareja es ver y aceptar cuanto antes que toca sufrir, que llega un momento en el que toca que las cosas no sean como uno quieren que sean, una de las claves sin duda es no oponerse demasiado a esto, seguramente lo que nos genera más dificultad a la hora de soltar algo es justamente resistirse a ello, aunque a veces las cosas se pongan inevitables principalmente porque son como son, más allá de que uno lo haya decidido o no.

Cuando uno asume que esto es así, entramos en las mismas etapas que entramos cuando vivimos un duelo, en primer lugar la negación; esto no es así o no debería de ser así, por eso el primer paso es asumir que algo ha terminado, que aquella pareja ya ha caducado y estar dispuesto a aceptar que uno pierde el status quo, y pierde un lugar por lo menos conocido, aunque no necesariamente confortable. Para ello tiene que estar disponible para abrirse a un proceso donde será visitado por múltiples sentimientos y emociones muy variados, como huéspedes que se instalan en nuestra casa por un tiempo, huéspedes como la culpa, el sentimiento de fracaso, el deseo frustrado, el enojo, la rabia, la furia, la violencia, la pena, la tristeza… y a mí me gusta decir que en definitiva el sentimiento más rentable para el viaje hacia que algo pueda quedar atrás es el dolor, aunque por desgracia en nuestra cultura tenemos una animadversión importante al dolor, y es una lástima, porque el dolor es el sentimiento más rentable para el viaje de la vida, pues se convierte en la pasarela que nos permite viajar cuando hemos perdido algo e ir atravesando el desierto hasta llegar a la otra orilla, donde la vida se pone luminosa de nuevo y vuelve la alegría.

Así que imagino que el primer paso sería lograr una cierta aceptación y el segundo paso sería estar abierto a ser visitado por estos sentimientos a veces no muy agradables, yo creo que estos dos factores actúan como una alquimia espontánea que nos acaba llevando a la otra orilla, y es cuando en el futuro se abre un espacio con más fuerza que en el pasado y cuando uno puede mirar el pasado con agradecimiento y reconocimiento. Quizás este sería el último paso de esta transición.

Cuanto más capaces seamos de estar abiertos y darle espacio a este dolor y cuanto más sepamos vivirlo con la intensidad que requiere, antes saldremos del proceso, pero debemos diferenciar el dolor del sufrimiento, el sufrimiento siempre es oposición algo, sufrimos porque nos oponemos a lo que estamos viviendo, cuando algo duele simplemente duele, pero el sufrimiento es oponernos a que duela, en definitiva el sufrimiento es todo aquello que hacemos para evitar el dolor que sentimos, por eso la mayoría de los problemas que vivimos son intentos fallidos de burlar el dolor, sin darnos cuenta de que lo convertimos en sufrimiento.

Somos mamíferos, por tanto somos seres apegados y cuando hay un cambio, como cuando se pierde una pareja, duele, aunque no se puede generalizar porque en algunas ocasiones puede ser que el dolor ya se haya vivido ya dentro de la relación y cuando llega a la separación es más bien una liberación.

La capacidad para vivir el dolor engrandece y propicia el desarrollo personal, sé que esto es complejo de entender porque el dolor tiene mala prensa, no nos gusta por una razón muy simple, porque duele, y esto no depende de nosotros sino de unos programas biológicos que están activados y en funcionamiento y que nos equipan para cuando las cosas se ponen difíciles, como en una pérdida, pero en este equipaje biológico también está la capacidad de saber rendirse y acompañar esta tristeza, y la pena de que algo ya pasó en la vida.

Justamente en este programa biológico el dolor también sirve para quemar a la parte interna que estaba apegada a algo, porque en definitiva siempre se trata de un duelo propio, hay que despedirse de alguna parte interna que es la que estaba involucrada en esta pareja, a la que le duele mucho perder. Muchas personas tendrían que preguntarse si cuando hay una pérdida esto hace mella en la diana más biológica como mamíferos o si a veces sin embargo, quien sufre o a quien le cuesta soltar es a partes internas nuestras que no son tan bonitas de reconocer. A veces le duele al orgulloso que hay en nosotros o al soberbio o al soberano o al prepotente, al débil o a la víctima, todos tenemos una galería extensa de personajes y algunos de estos personajes a veces están muy involucrados en una relación, por tanto, cuando una relación se pierde estos personajes empiezan a lamentarse, entonces el trabajo es más bien el de poder dialogar con estos personajes para desactivarlos un poquito. A veces el dolor lo que hace es rebajar la influencia de estos personajes para librarnos un poquito de ellos.

Otro punto importante en el momento de dejar ir a una pareja es estar atento a no caer ni en el culpar al otro ni caer en el victimismo, por tanto intentar actuar desde la auto responsabilidad.

Al final sería bueno poder llegar a la conclusión de que la relación ya cumplió su función y llegó la hora de agradecer y de soltarse. Aunque yo sospecho que en el equipaje biológico estamos hechos de una manera que cuando soltamos es inevitable que haya un poquito de dolor por más madurez y auto responsabilidad que haya en los miembros de la pareja.

Algunas parejas sin embargo viven su relación como si fuera una cárcel, o como si fuera un campo de batalla, un campo de concentración, un teatro o un circo, lógicamente esto no es sano y en estos casos soltar puede llevar a una liberación y a un alivio. A veces parece que el dolor sea el argumento necesario para pasar de lo conocido a lo necesario o más bien dicho para perder lo conocido, aunque lo conocido nos parezca siempre tan grato.

Existe el falso mito de que alguien muy trabajado a nivel de auto conocimiento o de evolución espiritual es más inmune al dolor, pero yo creo que es todo lo contrario, esta me parece una idea un poco pretenciosa y un poco falaz, aunque que está bastante extendida y en mi opinión encubre una idea del crecimiento que es empequeñecimiento, es como si quisiéramos vivir con la certeza y con la seguridad de que estamos exentos de la aflicción, a mi me parece que no, que las personas desarrolladas seguramente tienen más capacidad para vivir el dolor y las menos desarrolladas son las que ponen más resistencias a vivir el dolor cuando toca, si bien es cierto que si son personas más maduras y más trabajadas probablemente van a vivir una separación estando de acuerdo con que duela y no van a armar escándalos ni van a culpar a la pareja porque simplemente duele.
Si duele que duela, yo creo que este debería ser un lema que deberíamos tener todos integrados. ¿Porqué tenemos que tener la idea de que no debería de doler cuando la realidad es que algunas cosas simplemente duelen?

A día de hoy muchas de las relaciones están basadas mucho más desde la necesidad a menudo inconsciente, que desde una elección libre de estar juntos, en mi libro sobre las parejas explico que la mayoría de las parejas se establecen en base a un pacto no explicitado sino implícito que es un pacto de cuidado mútuo en el que uno cuida las sombras del otro, en realidad para muchas personas la pareja es un movimiento de protección que tiene que ver con que uno se compromete a cuidar de las sombras del otro a cambio de que el otro haga lo mismo, esto quiere decir por ejemplo que yo me comprometo a que tú no tengas que tomar responsabilidades por tu propia vida porque tienes dificultad para ello, porque te has especializado en la posición victimista, pero tú te comprometes a que yo pueda permanecer en mi posición salvadora y no tenga que enfrentar mi dependencia o mi victimismo, y desde ahí en la pareja articula una especie de danza donde a veces hay identidades estereotipadas y donde no hay flexibilidad, son roles muy fijos donde uno asume por ejemplo ser dependiente y el otro autónomo, o donde uno quiere ser cuidador y otro quiere ser cuidado, pero lo que sucede a veces cuando la pareja evoluciona o cuando uno de los dos decide crecer, es que deja de sentirse cómodo con este pacto implícito y empieza querer cambiar esta configuración bajo la que está funcionando la pareja, por ejemplo, cuando uno necesita ser necesitado y dependiente y se engarza con otra persona que tenía la necesidad de ser salvadora, pero de repente el dependiente ya no quiere ser salvado si no que quiere trabajarse su autonomía y su grandeza, en este punto es muy probable que el salvador se sienta mal, muchas veces las crisis de pareja vienen de este reposicionamiento por parte de uno de los dos miembros y de esta rotura que genera mucha frustración y mucho resentimiento, porque en definitiva se deja de cumplir estos pactos inconscientes de los que nunca se ha hablado y se deja de responder a lo que en teoría se está predestinado a ser. Algunas parejas con suerte logran cambiar estas definiciones y estos roles y evolucionan, de forma que el que era más dependiente ya no lo es tanto y el que era más independiente pasa ser un poco más dependiente, lo que les permite ir descubriendo que todos son un poquito de todo y en definitiva aprenden a ser un poco más de todo y a ser un poco más reales y menos estereotipados.

Pero en muchos otros casos las relaciones se rompen, sin darse cuenta de que al final lo que se está lastimando es una necesidad infantil del niño que en su momento no fue satisfecha y que se trasladó a la pareja.

Una separación de pareja siempre es una maravillosa oportunidad para revisar asuntos infantiles no resueltos, por lo que una separación, con suerte también puede convertirse en una oportunidad de liberación, de desarrollo, de crecimiento y de autonomía.

Al final la vida es un una oportunidad permanente para trabajar el dejar ir y la perdida siempre es un gran aprendizaje, porque llegará el momento en el que lo tendremos que dejar ir todo, no será importante si fuimos personas tristes o alegres, fuertes o débiles, optimistas o pesimistas porque son identidades que se tienen para el viaje de la vida pero que se desvanecen en el final de la misma, con suerte las habremos ido flexibilizando y dejaremos de tomarlas tan en serio, comprendemos que tan sólo fueron utensilios para el viaje. Soltar una pareja significa soltar estas identidades y hacernos un poquito más libres de nosotros mismos y al final la libertad no es otra cosa que eso librarnos de todos estos personajes.

Nos asustamos mucho ante el dolor y el sufrimiento, pero en un cierto sentido el corazón profundo tanto no sufre, sufren las pequeñas identidades que quieren algo, defender algo, reafirmar algo… en cada uno de nosotros vive un niño que en cierto modo es un profeta, porque hizo profecías inconscientes infantiles, Del tipo; cuando sea grande voy a conseguir que mi pareja me respete, y entonces el respeto se convierte en nuestro grial, o dice; voy a conseguir que mi pareja me obedezca, y entonces la obediencia se convierten el grial, o; voy a conseguir que mi pareja me sostenga y entonces el sol el ser sostenido será mi objetivo, todo esto son pequeñas profecías del lenguaje de la mente, por suerte el alma se cuida de que nuestras profecías no se cumplan tanto, porque por un lado está nuestro corazón mamífero que es apegado y al que le duele, pero por otro lado está el corazón espiritual, que está preparado para enfrentarse con todo tal y como es en cada momento. La vida por suerte nos propicia espacios y experiencias para ponernos cada vez más en contacto con este corazón espiritual.

Al final lo que podemos hacer cuando estamos viviendo un proceso de separación es saber sufrir, saber sostener el dolor, y buscar buenos amigos o un buen terapeuta que nos acompañen, que nos sostengan, que que podamos sentirlos cerca sin que nos invadan, sentir que alguien está ahí y que no estamos solos en el camino.

Muchas veces abrirse a la desesperación, aunque suene pavoroso no es tan malo, todos tenemos en nuestras vivencias el aprendizaje de que si miramos atrás en nuestra vida hemos pasado tantas cosas que nos parecieron tan terribles pero que luego miradas retrospectivamente vemos como si hubiéramos sido acompañados por algún ángel, al final no fue tan terrible. A veces nos parece que estamos perdiendo al hombre o a la mujer de nuestra vida y de lo que no nos damos cuenta es de que la vida nos está haciendo mejor regalo que podía entregarnos para nuestro proceso evolutivo.

Joan Garriga

07 marzo 2013 | Artículos

Del viejo amor al buen amor: 12 reglas de oro para vivir en pareja hoy

12 reglas de oro para vivir en pareja hoy

1. SIN TI NO PODRÍA VIVIR / SIN TI TAMBIÉN ME IRÍA BIEN.
Somos dos adultos que nos sostenemos sobre nuestros propios pies, no dos niños buscando a sus padres. Sin ti también me iría bien, pero me alegra el corazón que sea contigo y que estemos juntos.

2. TE QUIERO POR TI MISMO / TE QUIERO POR TI MISMO… BUENO, A PESAR DE TI MISMO
Es un regalo enorme amar las sombras del otro, su ego, sus dificultades, y ser compasivos con ello, porque eso significa que somos capaces de reconocer al otro miembro de la relación en su realidad más sombreada. La pareja es un campo de crecimiento en el que se van limando las asperezas del ego gracias a que el amor compartido es capaz de soportarlas.

3. HAZME FELIZ / SIENTO EL DESEO ESPONTÁNEO DE QUE SEAS FELIZ
La pareja no está pensada para darnos la felicidad, aunque si sabemos conjugar todas sus dimensiones experimentamos algo que se acerca a la dicha. Sentimos que pertenecemos a algo, que hemos creado una intimidad, un vínculo, y que construimos caminos de vida.

4. QUIERO UNA PAREJA / MEJOR ME PREPARO PARA SER PAREJA
El exceso de «yo» y de individualidad por encima del sentido del «nosotros» convierte la pareja en un campo increíble de libertad y al mismo tiempo nos expone a más y más soledad e incertidumbre. Las dos cosas al mismo tiempo. Si quieres tener pareja, trabaja en tu interior para encontrar tu propio tono y manera para ser compañero o compañera, y lo demás se te dará por añadidura.

5. TE LO DOY TODO / MEJOR TE DOY LO QUE ME MANTIENE EN EL MISMO RANGO QUE TÚ
La pareja es una relación de igualdad en la que hay que procurar que haya un intercambio de equilibro y justicia para preservar la paridad de rango. Dar mucho puede generar en el otro un sentimiento de deuda y empequeñecerlo. Mejor dar lo que el otro puede devolver de alguna manera, puesto que con el intercambio fértil crece la felicidad.

6. DÁMELO TODO / DAME LO QUE TIENES Y ERES Y YO PUEDO COMPENSAR, PARA MANTENERME EN MI DIGNIDAD
Cuando alguien en una relación lo pide todo del otro, debemos sospechar dos cosas: la primera, que esa persona es un niño y la segunda, que esa persona sin duda no va a tomar y apreciar lo que se le da, porque está anclada en un guión de insatisfacción que se nutre de demanda, la cual, aunque sea atendida, no se satisface. Mejor el intercambio positivo y gratificante al negativo e hiriente.

7. OJALÁ SEA INTENSO Y EMOCIONAL / OJALÁ SEA FÁCIL
Algunas relaciones discurren con fluidez y facilidad, no chirrían. Son el resultado del encuentro de dos naturalezas que armonizan sin grandes desencajes. Otras veces, todo es difícil, a pesar del amor. Cuando una relación es intensa y emocional, a menudo llega a ser desvitalizante. De hecho las grandes turbulencias emocionales y los juegos psicológicos desgastantes y fatales tienen que ver con reminiscencias de heridas infantiles y viejos anhelos no colmados.

8. LUCHO POR EL PODER / COOPERAMOS
Demasiados siglos de lucha y sufrimiento entre hombres y mujeres nos convocan a una reconciliación. Es maravilloso cuando en la pareja ambos sienten adentro, de verdad, de corazón, que no hay mejor ni peor, y que caminan juntos. No uno por arriba y otro por abajo, no uno por delante y otro por detrás. Cooperan. Son compañeros y amigos y hermanos y amantes y socios. Uno y uno son más que dos. En lo más profundo las mujeres se suelen sentir mejores que los hombres —según mis estadísticas— pero las más inteligentes se encargan de que sus parejas no lo noten.

9. YO PIENSO, TÚ SIENTES Y ANTE LO DIFÍCIL SÁLVESE QUIEN PUEDA / REÍMOS Y LLORAMOS JUNTOS Y JUNTOS NOS ABRIMOS A LA ALEGRÍA Y AL DOLOR
Las parejas enfrentan en su proceso vital asuntos que en algún momento duelen: hijos que no vienen, abortos, muertes o enfermedades de seres queridos, vaivenes económicos y existenciales. Son asuntos que ponen a prueba la capacidad de aguante de la pareja, y que la fortalecen o la derrumban y ponen en ella resentimientos y millas de distancia.

10. QUE SEA PARA SIEMPRE / QUE DURE LO QUE DURE
Entrar en el amor de pareja significa también hacerse candidato al dolor de un posible final. Hoy en día se habla de monogamia secuencial, esto es de que, estadísticamente, cabe esperar que tengamos entre tres y cuatro parejas a lo largo de nuestra vida, con el consiguiente estrés y tránsitos emocionales complejos que ello conlleva. Cuando no hay un contrato institucional de por medio, tenemos una oportunidad de crear la pareja cada día, a nuestra manera y de vivir lo que nos permite. Si llega el final, aprendemos el lenguaje del dolor, la ligereza y el desapego, para luego volver de nuevo al carril del amor y de la vida.

11. PRIMERO MIS PADRES O NUESTROS HIJOS Y LUEGO TÚ / PRIMERO NOSOTROS, ANTES QUE NUESTRAS FAMILIAS DE ORIGEN Y QUE NUESTROS HIJOS EN COMÚN
Conviene saber que el amor se desarrolla mejor en universos de relación ordenados: que los padres sean padres y que los hijos sean hijos, que la pareja que se ha creado (que puede incluir a hijos de anteriores relaciones) tenga prioridad frente a parejas anteriores o frente a las familias de origen. Algunas personas dan más importancia a los hijos en común que a la pareja, lo cual acaba creando malestar en todos. Ayuda que el pasado sea honrado y labre un buen presente y un buen futuro. Una pareja posterior debe saber que tiene más posibilidades de ocupar un buen lugar si asume que los hijos de su pareja estaban antes y respeta su prioridad.

12. TE CONOZCO / CADA DÍA TE VEO Y TE RECONOZCO DE NUEVO
Algunas parejas no se relacionan con la persona que tienen al lado, sino con las imágenes interiores que se han ido formando de esa persona a lo largo del tiempo. Viven en el pasado y se olvidan de actualizarse cada día. Para evitarlo, ayuda, y mucho, abrir la percepción a cada instante nuevo y no dar a la otra persona por supuesta. El otro se ilumina cuando le reconocemos y le descubrimos como nuevo, y de este modo también nosotros nos volvemos nuevos y jóvenes.


Joan Garriga
Marzo 2013